Lunes, 18 de diciembre de 2017

Envidias y envidias

Creo que nunca seré como ellos, pero qué envidia, tú. Pintados de rojo, blanco, azul; borrachos hasta las cejas y embebidos de patriotismo los veo arrearse hostias y me digo: ¿por qué no seré yo uno de ellos? ¿Por qué no habré perdido definitivamente el juicio y me habré gastado miles de euros en viajar a Francia a zurrarme con eslavos, nórdicos, sajones, burgundios, borgoñeses, bohemios u otomanos? Porque así, a discreción, con la excusa de un mapa que desconocen, en base a cuestiones políticas heredadas del Medievo y transmitidas por vía oral, o a otras más recientes relacionadas con la troika o la prima de riesgo, lanzan patadas y puñetazos, liberan testosterona y se sienten reyes del mundo por un día los unos y los otros. Los mismos gilipollas.

 

Esta vez no culpo al fútbol, que ya tiene bastante con lo suyo, ya saben: bolas calientes, apuestas ilegales, vinculaciones con tramas de tráfico y explotación sexual de personas, desfalcos, comisiones ilegales,… No es culpa del fútbol que unos cuantos energúmenos se citen en el entorno de un estadio para comunicarse de la única forma que saben. Precisamente en la Edad Media, era necesario organizar torneos o montar cruzadas para que los mercenarios se entretuvieran y causaran estragos cuanto más lejos de casa mejor. Quizá, me cuestiono, no sean otra cosa, estos eventos, que un poco de opio para el pueblo y un terreno de batalla propicio para que las huestes exaltadas vomiten todo lo que llevan dentro lejos de las plazas de cada nación.

 

Tampoco seré como ellos. Es más, ni siquiera me despiertan envidia, los voceros y correveidiles que de azul, rojo, naranja o morado inundan nuestras calles estos días. Hace meses les hablé de los pocos puntos en los que el deporte aparece en sus programas. Ahora, directamente, les digo que no cambiará nada que gane uno u otro. Seguirán campando a sus anchas los grandes clubes, los que dicen representarnos en las citas internacionales, con deudas millonarias y balances opacos (aunque a veces la justicia se revuelva). Seguirán sobreviviendo los demás, si son de fútbol, a base de préstamos sobre el préstamo, juntas gestoras y algún vistazo para otro lado. Morirán el resto, como morirían si no fuera porque les mantiene con vida un amor irracional por su deporte, los profesionales que se levantan temprano, entrenan ocho o diez horas diarias y miman al gramo sus dietas. Estos acudirán a Río con becas miseria a sentir el orgullo de desfilar bajo una bandera que, si en algún tiempo pudo lucir orgullosa, hoy ondea al viento para tapar las vergüenzas de muchos directivos tragones.

 

Envidio, esta vez de verdad, el modelo anglosajón, con fuertes vínculos entre deporte y universidad, con facilidades para conciliar lo académico y lo atlético sin necesidad de bilocarse o renunciar a una u otra faceta de desarrollo personal. Envidio, de verdad, a aquellos países en los que lo deportivo es una cuestión transversal, que se introduce desde los jardines de infancia como uno de los núcleos sobre los que construir una educación en valores. Porque detrás del “citius, altius, fortius” que proclamara el Barón de Coubertin está la incesante búsqueda de nuevos listones, la eterna necesidad que tiene el ser humano de buscar nuevas metas para no detenerse y hundirse, de esa manera, en el foso del escepticismo o la desilusión.