Sábado, 16 de diciembre de 2017

De grandes cenas están las tumbas llenas (en especial las de aquellos que no cenan)

Empezó ayer el Ramadán, mes el ayuno musulmán, y presenté una postal razonada sobre el tema. Hoy retomo ese motivo desde un punto de vista más cristiano, en plano personal y social:

Si nosotros, los más ricos, no ayunamos, es decir, si no nos privamos por justicia de algo que podríamos gastar y consumir, si no lo hacemos por solidaridad con los demás (para que ellos coman), miles y miles morirán de ayuno impuesto, es decir de hambre, cada día.

No hablo aquí del ayuno dietético, muy importante... Ni del ayuno para cuidar la salud (y adelgazar...). Hablo del ayuno personal y, sobre todo, social, reinterpretando el refrán que dice:

De grandes cenas están las sepulturas llenas....

Pueden estar llenas cenas las sepulturas de algunos ricos gargantúas, como el la imagen, pero en especial están llenas, rebosantes, las de aquellos que no cenen. Desde ese fondo quiero decir que el ayuno, entendido en forma social(bíblica) forma parte de la justicia triple, tal como ha sido definida por el evangelio de Mateo 6, 1-18:

‒ Justicia es ante todo la misericordia, entendida en el sentido bíblico de solidaridad o hesed (Mt 6, 2-4). No es una simple limosna privada, pequeña “caridad” (para que te vean y aparezcas como bueno ante los otros), sino solidaridad activa, con exigencia de comunión de bienes. Esta misericordia o limosna vital, practicada en forma de participación económica, no puede quizá imponerse por ley, pero forma parte de la experiencia y tarea más honda de la humanidad.

‒ En esa línea, la justicia se expresa en segundo lugar como oración (cf. Mt 6, 5-15), esto es, como descubrimiento del Dios que es comunicación de vida, Aquel de que gratuitamente provenimos, aquel en que somos, nos movemos y existimos. En esa línea, por encima de la justicia legal (como algo libre, que no puede imponerse con ningún mandamiento), la oración es justicia: una forma de vincularnos con Dios (esto es, con la gracia vida) y de responder y de responderle, de un modo agradecido.

‒ El tercer pilar o momento de la justicia es el ayuno (Mt 6, 16-18), que no es imposición ni sacrificio, sino descubrimiento del valor de la vida que es nuestra (nos ha sido regalada), y que así podemos regalarla. Ayuno es saber que tenemos la vida (los dones de la tierra, los bienes materiales y sociales) para darlos y compartirlos, como sabe desde antiguo la profecía israelita: “Éste es el ayuno que quiero: alimentar a los hambrientos, abrir las cárceles injustas…” (cf. Is 58, 5-10).

Este es un ayuno de justicia, en el sentido bíblico, es decir, de solidaridad con los que pasan hambre, y de ayuda dirigida a ellos. Éste es el ayuno que está esencialmente vinculado a la oración (la vida es gratuidad) y a la limosna (la vida es para darla, compartirlo), pues sólo aquello que se da y comparte se tiene de verdad.
(Esta postal está tomada de Las obras de Misericordia, Verbo Divino, Estella 2016).

1. Un tipo de ayuno concreto, Judaísmo

La religión ha estado vinculada en casi todas las culturas con la comida y, también, en momentos especiales, con un tipo de abstinencia de comida, sobre todo como preparación para determinadas celebraciones o ritos. En la actualidad, el ayuno ha perdido en occidente gran parte de su sentido sacral antiguo, pero está tomando nueva importancia, desde la perspectiva de la salud (dietética) y, sobre todo, desde la problemática de la justicia social (es necesaria una renuncia del mundo rico, para que los pobres puedan compartir la comida).

En principio, dentro del judaísmo antiguo, el ayuno ocupa un lugar muy parecido al que tenía en las religiones y pueblos del entorno. La mayoría de las cosas que se dicen del ayuno podrían encontrarse en otras religiones: Saúl ayuna antes de luchar contra los filisteos (1 Sam 28, 20-22); Moisés ayuna antes de entrar en contacto sagrado con Dios (Ex 34, 28)… El ayuno de arrepentimiento se encuentra lo mismo en Israel (cf. Joel 2, 12; Est 4, 16) que en los paganos de Nínive (cf. Jon 3, 4-7). Quizá la mayor novedad del judaísmo ha sido la vinculación del ayuno con la justicia, pasando así del campo sacral al social:

«¿Acaso es éste el ayuno que yo quiero el día en que se humilla el hombre? ¿Había que doblegar como junco la cabeza, en sayal y ceniza estarse echado? ¿A eso llamáis ayuno y día grato a Yahvé? ¿No será más bien este otro el ayuno que yo quiero: desatar los lazos de maldad, deshacer las coyundas del yugo, dar la libertad a los quebrantados, y arrancar todo yugo? ¿No será partir al hambriento tu pan, y a los pobres sin hogar recibir en casa? ¿Que cuando veas a un desnudo le cubras, y de tu semejante no te apartes? Entonces brotará tu luz como la aurora, y tu herida se curará rápidamente. Te precederá tu justicia, la gloria de Yahvé te seguirá. Entonces clamarás, y Yahvé te responderá, pedirás socorro, y dirá: Aquí estoy. Si apartas de ti todo yugo, no apuntas con el dedo y no hablas maldad, repartes al hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía» (Is 58, 5-10).

2. Evangelio

Para Jesús, el ayuno en sí (como simple renuncia a la comida o como abstinencia sexual) resulta secundario, pues lo que de verdad importa es la llegada del Reino de Dios y el servicio a los pobres (en la línea de Is 58). En ese contexto, de un modo provocador, el evangelio de Marcos puede recordar que los primeros seguidores de Jesús no ayunaban.

«Los discípulos de Juan y los fariseos estaban ayunando. Fueron a Jesús y le dijeron: ¿Por qué ayunan los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos, pero tus discípulos no ayunan? Jesús les dijo: ¿Acaso pueden ayunar los que están de bodas mientras el novio está con ellos? Mientras tienen al novio con ellos, no pueden ayunar» (Mc 2, 18-19).

Lo que importa no es al ayuno en sí (la renuncia como renuncia, el sacrificio por el sacrificio), sino la comunicación de vida, que se expresa en la experiencia de amistad y fiesta simbolizada por las bodas. Pero en ese contexto de gozo y de bodas añadido el evangelio una palabra muy significativa

Pero vendrán días en que el novio les será arrebatado.
Entonces, en aquel día, ayunarán» (Mc 2, 20).

De esa forma se alude a la muerte de Jesús… y al descubrimiento del dolor y la necesidad de los demás. El día en que eso se descubra será necesario el ayuno:

‒ Es ayuno para acompañar a los que mueren, para solidarizarse con los hambrientos y sedientos, para liberar a los esclavizados… Por ellos hay que ayunar, para que todos puedan tener pan y libertad (cf. Lc 4, 18-18; Mt 25, 31-46).

‒ Ése ha de ser un ayuno por gozo y solidaridad, no por masoquismo. Por eso dice Jesús: «Cuando ayunéis, no andéis cabizbajos, como los hipócritas, que desfiguran su rostro para mostrar a los hombres que ayunan. En verdad os digo que ya tienen su recompensa. Pero tú, cuando ayunes, unge tu cabeza y lávate la cara, de modo que no muestres a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto. Y tu Padre que ve en secreto te recompensará» (Mt 16, 16-18).

‒ Éste no es un ayuno de propaganda, sino de amor solidario, y así ha de verlo Dios… y sus beneficios han de recibirlos los pobres y excluidos de la sociedad, empezando por los más cercanos. Se trata de ayunar para que nadie tenga hambre, como persona particular y como grupo, como clase social y como parte de la humanidad…

‒ Éste ha de ser un ayuno político, en el mejor sentido de la palabra. En este plano de “ayuno” se sitúan hoy muchos proyectos políticos y sociales, propios de aquellos que quieren reducir los gastos excesivos de ciertas capas de la población mundial, para los más pobres tengan que comer… pero no todos están por la labor, de forma que hay partidos políticos y grupos sociales que quieren que aumenten los medios de consumo de los ricos, para que los pobres sigan así teniendo hambre.

Profundización: Ayuno social y religioso

‒ Un tipo de de fariseos y observantes piadosos entienden la religión como renuncia (es un modo de ayunar, es el signo de una prohibición). En contra de eso, el signo de Jesús no es el ayuno (como proponen algunos “virtuosos” de la religión), sino el amor de bodas y la mesa común; él ofrece así su evangelio como gozo y comida de Reino, tiempo de bodas perdurables. Para situar mejor el tema empezaré ofreciendo una pequeña reflexión introductoria sobre comidas y ayunos.

‒ Un ayuno impositivo en plano de religión no responde al evanelio. Fariseos y observantes podrían aceptar el camino de Jesús, pero sólo a condición de exigir penitencia a los otros, imponiéndoles un tipo de sacrificios de tipo ritual o mental… La mortificación constituye para ellos un aspecto esencial del camino de los hombres religiosos, que sólo así pueden evitar el contagio de un mundo destructor y someterse a la fuerza soberana del Dios que impone su ley para educarnos y mantenernos sumisos.

‒ En contra de eso, el centro de la religión de Jesús no es el ayuno, sino la comunión y el gozo. El ayuno no es terapia de negación, sino de bodas, de alegría, vino y ropa nueva de fiesta, pues él viene “novio”, invitando a los hombres y mujeres del camino a la fiesta de bodas (fiesta universal de Dios). Por eso, la “religión” no es resultado de un esfuerzo humano (según la ley de los ayunos), sino regalo gratuito de Dios, regalo mutuo de los hombres que ayunan para dar limosna o, mejor dicho, para hacerse ellos mismos limosna.

‒ Jesús no ha venido levantando un estandarte de leyes y vedas, sino con el vino y vestido de bodas abundantes, queriendo que todos los hombres coman y beban y se casen (=celebren al amor). Ha venido como nymphios o novio de la humanidad, ofreciendo y promoviendo así un amor universal: que todos los hombres y mujeres puedan compartir no sólo la palabra, sino el amor, y el pan, descubriendo en comunión (en forma de limosna mutua) la gracia de la vida.

‒ En esa línea, lo contrario al ayuno de bautistas y fariseos, el verdadero ayuno no es comer poco, sino comer juntos, dar de comer a los demás, que haya comida para todos: sentarse a la mesa con los marginados (publicanos), con todos los hombres y mujeres, con todos los pueblos del mundo (así lo ha ratificado Mt 25, 31-46).

El ayuno de fariseos y bautistas era de tipo sacral y corría el riesgo de volverse fin en sí, expresión de una ley que los humanos pueden y deben cumplir con su esfuerzo, como si a Dios le interesara controlarles a través de penitencias (de comida y/o sexo). Jesús lo ha superado, de tal forma que todos los intentos por recuperarlo al modo antiguo (como negación o control) significan una recaída en el judaísmo. Cuando la iglesia cristiana retorna a ese ayuno traiciona su novedad mesiánica.

El nuevo ayuno cristiano está vinculado al descubrimiento de Dios como amor mutuo, y a la experiencia y exigencia de justicia (a la solidaridad mutua, a la limosna). Ayunar es superar el egoísmo material y personal, haciéndonos capaces de regalar y compartir la vida.

De esa forma, la misma entrega de amor de Jesús supera la estructura separada (elitista) de una penitencia “sagrada” que nos aísla de los más… En contra de eso, el verdadero ayuno está vinculado al gozo y belleza de la vida: Lavarse, perfumar la cara… y compartir la vida con los otros, en concreto, de un modo personal y familiar, social y universal.