Lunes, 18 de diciembre de 2017

Leyendo en San Esteban

El poeta Alfredo Pérez Alencart recuerda su primera etapa salmantina, acogido en la residencia de los Dominicos
Alfredo Pérez Alencart durante su lectura

Cuando Margarita Ruiz Maldonado, coordinadora del acto que celebraba otro aniversario de la designación de Salamanca como Ciudad Europea de la Cultura, me escribió invitándome a participar en esta nueva edición del libro “El cielo de Salamanca”, acepté de buen grado por dos motivos: los dominicos han formado del paisaje de mi infancia, en la Amazonía peruana y, principalmente, porque así volvería a mi primera “casa” salmantina, entre los hermanos dominicos, donde hace treinta años leía, en mi fría habitación, los quemantes versos de León Felipe, contenidos en su memorable “Español del éxodo y del llanto”.

 

La tarde-noche del pasado 27 de mayo, mientras esperaba -entre las sombras- el turno para leer un poema dedicado a la Orden de Predicadores (Dominicos), por el VIII Centenario de su Fundación, no pude menos que recordar cómo, un 13 de octubre de hace treinta años, yo había llegado allí para instalarme. Y es que mi primera noche en Salamanca la dormí en uno de los edificios que integran el hermoso convento de San Esteban.  Y así, todas  las noches y los días de mi primer año salmantino estuve acogido por los frailes dominicos, en la Residencia Sotomayor, que otrora albergaba el seminario de Teología, pero que ya por entonces, debido a las escasas vocaciones sacerdotales, hospedaba en sus dos primeros pisos a estudiantes universitarios de muchas regiones de España. Sólo dos residentes éramos de la otra orilla del idioma: un colombiano y yo, llegado desde Perú.

 

Tres décadas después estaba por allí, de nuevo. Debajo, entre el numeroso público que había asistido convocado por la Fundación Salamanca Ciudad de Cultura y Saberes, probablemente estaba el fraile José Ramón Enjamio, quien en 1985 me recibió en la residencia, pues la tenía a su cargo, mientras que ahora entiendo anda ocupado con las publicaciones de Editorial San Esteban.

 

Quien sí no estaba, al menos con su altísima figura, era el padre Maximiliano García Cordero, el sabio y políglota catedrático de lenguas como el arameo o el asirio-babilónico. Don Maximiliano, como yo le decía, era asturiano como mi abuelo y mucho me apreciaba por ser un nativo de Madre de Dios, la región amazónica donde los dominicos llegaron hace más de una centuria. Alguien me comentó de su muerte, acaecida hace algunos meses en una residencia navarra, pero no estaba muy seguro. Después de mi lectura, pasó por mi lado fray Bernardo Fueyo, hablándome del pintor José Carralero, pues los dos son bercianos, y me confirmó la muerte de García Cordero. Don Maximiliano me hizo conocer todos los recovecos de San Esteban y, cuando venían escritores latinoamericanos, éramos privilegiados teniéndolo como nuestro guía por tan histórico recinto.

 

Con él hablábamos extensamente sobre su primo Silverio Fernández, también asturiano y dominico dejando su vida en Perú. Silverio, al segundo año de estar en Salamanca, se me apareció tocando la puerta del piso de estudiantes donde me había mudado. Una inmensa alegría de verlo y abrazarlo, pues era muy amigo de nuestra familia y había conocido hasta a mi bisabuela Encarnación Mendoza, a quien humildemente le lavaba los pies.

 

Silverio había venido a España por última vez: nadie sabía de su grave enfermedad y moriría en Perú al poco tiempo de haber estado por su España. Por él escribí entonces el poema  “Retorno del dominico Silverio Fernández, después de cuarenta años en territorio de misiones”. Este texto, más narrativo, también se publicó en el libro “La Voluntad enhechizada” (2000): “Al fondo, la piedra tallada en filigrana.// Desde la hilera de cipreses alzados al cielo, cual verdes lanzas imponentes, el visitante aún temblaba. No podía domar su ansiedad. Tomó asiento y un nuevo quejido dio un íntimo revolcón a sus entrañas.// Sólo la fe duele tan profundamente, demandando obediencia para combatir el pudridero.// Le invadió el panorama y el murmullo de los ritos que se oficiaban tras la piedra inolvidable.// ¡Otra vez tan nueva y tercamente iluminada!/ ¡Otra vez la pasión por la indesmayable Teología!// Aquí había aprendido a predicar la palabra de Dios y aquí volvía para orar, sabía que por última vez, en el sosiego del Salón de Profundis.// ¡Tantos acontecimientos desde entonces, mientras él cumplía su oficio en los lindes de la tierra!// Años atrás no existía esa estatua de Vitoria: la contempló durante media hora. Luego cogió su pequeña maleta y volvió sus pasos buscando una pensión en la calle San Pablo.// La noche invernal le traería calma y, a la mañana siguiente —cuando entrara en San Esteban—, no sentiría paralizarse su frágil corazón.// Las grietas del adoquinado se alisaban al paso de aquel anciano, quien desde muy joven lavaba los pies de sus fieles, allá en los confines”.

 

También en ese mi primer año salmantino escribí el poema “Sobre la lápida de Vitoria (Panteón de los Teólogos)”, que años después publiqué en el poemario ya citado. Fue el que leí en el Patio de la Enfermería de San Esteban.

 

SOBRE LA LÁPIDA DE VITORIA

(Panteón de los Teólogos)

 

Indi barbari, antequan hispani ad illos

venissent, erant domini et publice et privatim

 

 

También existe una gratitud eternizable,

decidida a garantizar el imposible olvido.

De aquí salió una voz para clamar

contra el abuso hacia otros semejantes.

 

De aquí salió una idea que comprendió

la índole del quebranto; una idea

que creció ante la exactitud de la barbarie.

 

Ningún ser con los ojos puestos en el Supremo

debe hacerse cómplice de torpes abusos.

Vitoria amansó el infortunio y elevó su parecer

sin fisuras, irrebatible en una sabia certeza.

 

¿Cómo hacerle saber que vengo de América,

empapado de su aliento? ¿Bastará esta silente

visita al lugar austero donde reposan sus huesos?

 

Llamo plenitud de vida al soplo que grita,

padece, tose, escucha y parece decirme tantas

cosas desde la grieta próxima a mis zapatos.

Al terminar el acto saludé Ricardo de Luis Carballada, quien ahora oficia de prior, pero que años atrás vivió en Alemania y conoció a mis amigos y traductores Herbert y Sigrid Becher.  Y claro, di el mejor de los abrazos a dos dominicos-poetas, Emilio Rodríguez y Quintín García, con quien trocamos libros y afectos.

 

Fotografías de Jacqueline Alencar