Lunes, 18 de diciembre de 2017

Las palabras que me habitan

El escritor y dominico Quintín García, en la presentación de su último poemario
Quintín García en la presentación de su obra en la Feria del Libro

Todavía me asaltan las dudas de si acerté o no al elegir la fotografía que va en la portada de entre las que Aníbal me fue ofreciendo, todas ellas de David Arranz. La duda mayor la tuve entre una fotografía que plasmaba el grito amarillo de la colza contrastado con el verdor aún virgen de los trigos y las cebadas, un campo que me echo a los ojos todos los días por estas fechas cuando salgo a andar, o a leer y a escribir un rato desde los alcores del balneario de Babilafuente. Era una fotografía que impactaba por el fulgor y la brillantez de los colores. Y hubiera encendido e incendiado la portada. Pero al final me decidí por la portada actual, más sobria, menos cromática, menos fulgurante, pero más significativa, más en consonancia con los contenidos del libro.

Resumo, si soy capaz, las razones de esa coherencia. Y al hilo de esas razones explico lo que es y supone para mí, lo que significa esta antología de mi obra poética publicada. Obra corta porque empecé muy tarde a aprender el oficio de la creación poética. Y además la he compaginado con la creación literaria en prosa. Y con otras tareas.

Elementos destacables de la fotografía que va en la portada y que podéis ver en la pantalla, relacionados con los contenidos de mi libro:

1º elemento: Esa cina elevada de alpacas de paja que sobresale a la derecha de la senda es el símbolo de la cosecha ya realizada, paja que ha quedado en la tierra a la espera de que se la lleven para consumo o cama de animales. Una antología quiere ser eso también: recoger y exponer lo hecho hasta ese momento; bueno, más bien lo publicado porque al  menos en mi caso tengo otros cuatro o cinco libros hechos, aunque no rematados todos.

2º elemento: El montoncito de basura que está delante de la paja. La basura es la paja de cosechas anteriores que la lluvia y el paso del tiempo, o los excrementos de animales han convertido en eso: en basura. Pero aquí, para mí, con un doble significado: basura como ceniza de las cosas que se deterioran, que se pudren, basura como proceso de destrucción y muerte. Y basura también como abono que ayuda a  germinar nuevas plantas. Los que hemos nacido y crecido y seguimos en contacto con los procesos agrícolas sabemos que abonar las tierras con basuras naturales –aunque tengamos que aguantar, a veces olores repugnantes- favorecen el enriquecimiento de la tierra más que los abonos artificiales. Todo poeta trabaja con muchos elementos de su propia vida que se han ido sedimentando, y muchas veces pudriendo, dentro de él con el paso del tiempo. Y le han fecundado. Escribir es sacar al exterior en forma de palabras –el pintor lo hace con los colores de su paleta- ese mundo interior del poeta. De ahí el título que he elegido: Las palabras que me habitan.

3º elemento: Esos verdes claros, primerizos, de la izquierda del camino muestra la nueva semilla recientemente germinada. Es decir, simboliza lo que está gestando ahora mismo el escritor, y por ello no está en la antología. Pero es, en gran medida, fruto de los balbuceos y primeros pasos poéticos recogidos en la antología. Por eso estoy muy agradecdido a los responsables de haberla editado –técnicos y diputado- porque el libro me permite tener a mano, recogida, buena parte de mis cosas poéticas y poder fecundarme con su lectura para las nuevas creaciones poéticas.

 4º elemento: Un pueblo en lontananza, como trelón de fondo, que evoca una forma de vida rural, una cultura o seno donde me muevo y vivo. Y comparto la vida diaria y la amistad con sus gentes. Antes con trabajos y actividades hacia fuera, ahora desde la soledad de mi habitación y la creación literaria

5º elemento. Y el más decisivo en la  elección de la fotografía: es la presencia en primer plano y ese protagonismo visual tan fuerte de la senda de tierra dura, áspera, que viene y va al mismo tiempo, que nos trae y nos lleva como la vida misma. Esa senda significa –yo lo ví  así desde el primera momento, lo siento así- el camino de la vida, el río del poema de Jorge Manrique que aprendimos en la escuela:  “nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir…”- Y en esta antología simboliza el camino o trayectoria de mi vida reflejada primero en los poemas que hablan de los momentos y paisajes de mi infancia, y la cantan y celebran, ese territorio del origen o las raíces del árbol  que dice José Luis Puerto en el estudio introducción del libro, muy bien explicado porque él es además de un buen poeta, estudioso y profesor de las artes literarias –gracias, maestro-.

Avanza luego la antología con poemas y palabras que reflejan paisajes y preocupaciones de adulto: Palabras y preocupaciones de contenido social –hay varios poemas y el librito Elegías para un tiempo de víctimas- ; de homenaje póstumo -a uno se le van muriendo amigos y seres queridos-; de contenidos religiosos también, quizás más conocidos por publicación reciente de los dos libros de conversaciones con Teresa de Jesús-.

Finalmente palabras y preocupaciones digamos más existenciales como son los poemas Noche de laberínticos vuelos de murciélagos y Redoble de la luz arrancada a la noche, que han sido premiados en concurso literario de tema obligado. Poemas de acentos pesimistas, sí, de acentos demasiado negros, según algunos. Pero que tienen su explicación:

Voy a detenerme en uno de los dos –Noche de laberínticos vuelos de murciélagos-, que considero representativo de una etapa penúltima de mi poesía. Le he pedido a Aníbal que lo lea, aunque es un poco largo, mientras nos ponen en la pantalla el cuadro de El grito, pintado por el noruego Eduard Munch en 1893, cuadro que evoco en este poema y en otros como expresión plástica de la angustia extrema del ser humano en muchos momentos de su existencia.

Unas palabras de introducción y leemos la parte 1ª:

El tema obligado del certamen donde se premió era la soledad. Y yo me propuse pintar un paisaje de experiencias de soledad entendida como desamparo, como impotencia del ser humano ante asuntos que se le imponen como la enfermedad, el dolor físico y  el moral, la muerte dolorosa de otros o la propia, las angustias mil, los miedos y zozobras que sufrimos por unas cosas o por otras, cuando niños por niños y cuando mayores por mayores; los desencantos y decepciones personales, sociales, políticos, religiosos; la oscuridad de las respuestas ante los eternos interrogantes que nos asaltan y devoran. Hoy, además, en esta humanidad nuestra, esa soledad vista como situación continuada de abandono y desamparo de millones y millones de personas arrojadas a la miseria por los mecanismos económicos impuestos: esas imágenes terribles de seres humanos colgados como pingajos, crucificados como Cristos actuales de unas vallas asesinas que separan la parte privilegiada de la humanidad de los otras tres cuartas partes sumidas en la geografía del hambre. Imágenes de niños y mayores asesinados todos los días por los que gobiernan hasta las olas del mar. Y aún en nuestro primer mundo, en las clases populares a las que pertenezco, la soledad, el desamparo y las angustias que sienten y padecen, por poner sólo un aspecto globalizador, todos esos millones de parados, recortados en sus derechos y en su dignidad de personas.

Pasan los años, los siglos, las instituciones y reuniones internacionales, los políticos de unos y otros signos, vienen y van unas y otras doctrinas filosóficas, económicas y sociales, unas y otras doctrinas y  maquinarias religiosas; llegan más y más avances científicos y tecnológicos, y sin embargo no se solucionan estos dramas humanos. Y aún en nuestro primer mundo, en las clases populares a las que pertenezco, la soledad, el desamparo y las angustias que sienten y padecen, por poner sólo un aspecto globalizador, todos esos millones de parados, recortados en sus derechos y en su dignidad de personas.

¿A quién acudir entonces los azotados por la vida en las mil formas de azotes?, ¿de quièn esperar algo, si ya les han dado con tantas puertas en el rostro y experimentado tantos fracasos?

Desde ahí, desde todas esas esas situaciones de necesidad extrema que he ido citando, está construido mi poema.

Leer la primera parte: números 1,2,3,4… …

 

noche de laberínticos
vuelos de murciélagos

1   

 ¿De dónde cuelgo yo mis ojos vulnerados, estas casas vacías

que me habitan, el frío invierno de mis huesos y silencios? ¿De dónde

la herida soledumbre de mis noches siguiendo y siguiendo, una

hora tras otra, este laberíntico vuelo de murciélagos, el sordo

reptar de las serpientes? ¿Acaso de estos brazos ya muñones y baldíos? 

¿Del quicio de mi puerta removido por tantas tormentas y derrotas?

¿O de las diademas y tiaras que adornan las cabezas de los dioses al uso?

 

2

Colgaré -me dije- esta historia mía de hombre, desolada, de los hombros

patronales de tronos, dominaciones y potestades ( la Bestia, la Gran

Ballena Blanca, las Torres de Babel –torres KIO, torres Petronas, torres

Gemelas redivivas-, la Gloria de Bernini hipostasiada, el Mercado, las Patrias)

que me susurran paraísos a la carta: nuestros vigías salvarán tu nave.

 

O de la bífida lengua de la serpiente, siempre enhiesta y en ascuas,

siempre viva, que me ofrece en sus escaparates flambeados refulgentes

frutas prohibidas, adagios de violines de marfil, mientras subo la senda.

 

Quizás  te convenga colgarla –insistí- de los dulces augures (diosecillos

virtuales, el Gran Hermano catódico e icónico, la Wikipedia…), tan solícitos,

que te gritan desde el ágora: siempre que llueve escampa y ya verás

cómo mañana sale el sol.   

 

3                                       

Pero siguió lloviendo tanto, tanto, que cuando por fin escampaba

estaba ya calado hasta los huesos, a puntito de ahogarme, la cara

entumecida, amarga de cenizas la lengua y los andares, derrotado

(Laoconte dolido de serpientes). Y además había siempre alguien

que robaba el sol por muchos días y soltaba de la madriguera

del Averno a los cuatro jinetes –rojo, negro, verdeamarillo y blanco-

de El Apocalipsis aprovechando sin duda la complicidad obscena

y bastarda de la noche: mi boca solo acertaba a imitar, torpe,

en sorda bocina, el grito de El Grito de Munch: la ceguera

y el frío se me hicieron persistentes.

(En fin, tampoco allí había percha

donde asir mis soledades y cobijar estos ojos heridos de zozobras,

menesterosos de luz y paraísos: Creció mi sed)  

 

4

 Así que prescindí de los dulces augures, tan solícitos, y de los cantos

de sirena del Becerro de Oro y de los buitres –el Ángel Exterminador,

el filicida dios Cronos y sus devastaciones, la Gran Crisis deicida, Wall

Street- que día y noche me asaltaban con sus altavoces desde los altos,

turbadores cascabeles de La Farsa. Ya puestos me atreví incluso

a prescindir de mis castillos en el aire, tan carne de mi carne

aunque sin carne y huesos, fantasmas áureos que me han acompañado

desde la larga orilla de la infancia. Me quedé desnudo.

       (Alguien

me había borrado, inmisericorde, del número

de los 144.000 salvados, escritos en el Libro)

 

Estas son algunas de las noches oscuras, de los laberintos y encrucijadas de muchos, de los asquerosos y repugnantes murciélagos de los que habla mi poema. Estas son algunas de mis propias soledades y desamparos. Y las soledades, angustias y desamparos de muchos de los seres humanos que me rodean y a los que miro con ojos de misericordia. Y en cuyo nombre hablo en el poema. Con mucha rabia, con mucha desolación e impotencia, atemperadas o remarcadas, no lo sé, por el lenguaje de imágenes, símbolos y metáforas de las formas poéticas.

¿No habrá nada positivo, alguna tarea digna que dignifique la vida de los azotados? Yo, en este poema, y desde la perspectiva y los ojos de los arrojados a las alcantarillas de la historia, sólo me atrevo a continuar diciendo:

leer números 5,6, y 7… …

 

5                     

Hasta de mis lamentaciones prescindí, a veces tan convincentes.

Y una vez purificado del exangüe fulgor de los líquenes

adheridos a mis pies, me puse, como Sísifo, a subir por mi cuenta la piedra

acodada a los ijares. Me puse a aprender que nunca se hace cumbre

sino con la muerte; que detrás de una cima viene otra, y otra, y otra; que

la piedra se cae; que la vida es sólo tener las manos llenas de tejer

día a día la choza de espadañas, la choza, ay, donde guarecernos

de la lluvia, la que hemos de dejar en herencia a los vientos

y a los hijos.

                        Aprender

que sólo nos corresponde un trocito de sol. Y de tierra –la justa

para asentar los pies-. Y de fuego. Y saber que es bastante. Por lo menos

hasta la partida final contra la muerte. (Solo nos examinarán

del dolor de las manos)

 

6         

Desde entonces  he perdido esa obsesión por encontrar perchas ajenas

donde colgar  mi ropa y mi condena. O quizás me he acostumbrado

a que sólo es posible esperanzarse en la sola andadura de mis pies. ¡Miento!:

hay calor y luz en las manos tendidas de cuantos menesterosos

arroja La Bestia contra los acantilados. Y de los ciegos y mudos

a los que el miedo arrancó los ojos y la boca y claman señales

para ascender la senda. Con ellos subiré la piedra. Y tejeré 

la choza de espadañas. Con ellos beberé del fuego y de la miel

que logremos robar a los salteadores. De ellos seré testigo, enmudecido

centinela en esta larga noche de huerto de los olivos, antihéroe

melancólico alimentado de las brumas inocentes de la Arcadia

o del núbil asteroide de El Principito.

 

7                     

De ahora en adelante me pasaré las noches vigilando la oculta

andadura del sol, tan lenta, tan oscura, por esos mundos ignotos

que le ocultan hasta su exacta cita con el alba. No vaya a ser

que algún día alguien vuelva a robar el sol –tronos, dominaciones,

el Hongo nuclear, los Agujeros Negros, el Lehman Brothers-

y no haya luz con que lavarme y renacer, prístino, al flujo

verdadero de las cosas.

     Ni fuego en los abrazos de los náufragos

con que consolar esta carne dolida y fría, esta historia de hombre

tan crecida de soledumbres y de laberínticos

vuelos de murciélago.

 

Nos queda el consuelo de acompañarnos unos a otros, de vigilar y luchar juntos para que no nos roben otros la felicidad posible (el sol), concluye el poema; de lavar con vino las heridas de los que son desvalijados en los caminos, como en la parábola bíblica de El Buen Samaritano. Nos queda la solidaridad practicada frente a las adversidades y limitaciones de nuestra propia naturaleza, como en la novela La Peste de Albert Camus. En fin, el poema tiene muchas más cosas, claro. Y en el libro hay otros muchos poemas escritos desde otros ojos, desde otras perspectivas vitales. Pero me habré alargado ya, disculpad.

Así que gracias rápidas a los representantes de la Diputación: A Juli, el señor Diputado, que se va a acabar cansando de verme en varios de estos saraos. A Aníbal, tan dispuesto y entusiasta con mi poesía. A David Arranz, el fotógrafo solícito y fiel. Y a Lope, el impresor, que anda últimamente en todos mis jolgorios literarios. Y a José Luis Puerto y a Luis Frayle que me han puesto delante de los ojos un espejo donde mirar y enjuiciar mi poesía. Sé que lo han hecho desde la  amistad entrañable.

Y gracias a todos los amigos que habéis venido a pesar de que se trataba de un libro de poesía. Es un drama con el que tendré que cargar: que la gran mayoría de mis amigos no lean poesía. Pero no os preocupéis que la amistad está muy por encima de la poesía. Bien es verdad que para muchos poetas la amistad es la forma más excelsa de cualquier poesía. Al menos para mí. Un abrazo a todos.

                                                                                                                      Quintín García