Martes, 12 de diciembre de 2017

Echegaray o la acidez de un Nobel

En este año de centenarios en el que está inmerso el mundo literario, aniversarios del nacimiento de Cervantes, Cela, Buero-Vallejo... o del fallecimiento de Rubén Darío, entre otros, muy pocos serán los que desenvainen la pluma para recordar que en el presente año se conmemora el centenario de la muerte de nuestro primer Nobel, el malquerido don José Echegaray.

     Los Premios Nobel se comenzaron a otorgar en 1901 y el de nuestro autor madrileño fue el cuarto que se concedía... Sin embargo, nunca un Nobel fue tan triste... No nos quedará otro remedio que hacer un relato de las muchas plumas que, como espadas, se desenvainaron contra él en aquellos años, después... el silencio. Aunque no fue don José Echegaray culpable de su intrusismo. ¿Quién le mandó a la Academia sueca sacar a nuestro anciano dramaturgo –contaba con 72 años en 1904– del éxito de su complaciente público y situarlo en el pedestal de los grandes de la Literatura?

No le hicieron ningún bien si renunciamos al ingente soplo de vanidad o a la nunca despreciable satisfacción pecuniaria, que en aquellos tiempos ascendía a la “módica” cifra de treinta mil duros, todo un capital, además de que su nombre ha quedado “nobilizado” para siempre. Pero ¡ojo!, esto será un infierno que le acompañe toda la eternidad. Siempre habrá alguien que pregunte por su obra. Y siempre, siempre, si no se reniega de él con argumentos, se dará la callada por respuesta.

En nuestro caso, quien les hace este relato, no puede tener más que agradecimiento a la insigne figura de aquel simpático viejo de elegante perilla que siempre aparecía en los libros de Literatura, aunque igual que aparecía, también desaparecía. Era uno de esos autores que nunca se estudiaban. Llegados al Realismo, se hablaba de la Pardo Bazán, Valera, Galdós, Clarín y poco más, si acaso Pereda y Blasco Ibáñez, todos de la novela, pero nada del teatro. El profesor decía: “A Echegaray lo saltáis, pasamos directamente a la Generación del 98”. ¡Qué alegría, uno menos! Eran esas cosas de la edad, de las tardes de calor, donde la pereza toma asiento y también, que me disculpen aquellos excelentes maestros de los sesenta del siglo XX, de una praxis errónea, pues aunque sólo fuera de pasada, nunca debieron dejarnos “colgados” de ese porqué.

¿Qué pasaba con don José Echegaray? Recupero dos ejemplos diferentes de lo que decían los libros de texto sobre don José Echegaray. Uno de ellos, de la época franquista, reseñaba:  “Don José Echegaray fue una figura notable en la política por sus ideas avanzadas, matemático ilustre y hombre de ciencia, dióse a conocer por su abundante producción dramática de altura pasional y efectiva [...] y, de sus libros, el que más fama le granjeó fue ‘El gran Galeoto’, apellidado “el drama monstruo”, que, como ninguno, valió al autor, de genio excepcional, la concesión del Nobel”. Otro libro de texto, este del año en que murió Franco, señalaba:  “Don José Echegaray fue ingeniero, político y un extraño fabricante de dramas neorrománticos. Los grandes éxitos que alcanzó con obras como ‘Mancha que limpia’ y, sobre todo, ‘El gran Galeoto’, sólo se explica por la existencia de un público adormecido que buscaba ‘emociones fuertes’. Hoy, su patetismo efectista no nos produce sino hilaridad”.

Esta última palabra, hilaridad, fue la que produjo sobre los jóvenes integrantes de la “Generación del 98” y entre algunos modernistas e intelectuales de distinto signo, quienes expresaron su descontento por la concesión del Nobel a don José Echegaray con un Manifiesto del que extractamos estas palabras: “Parte de la prensa inicia la idea de un homenaje a don José Echegaray, y se abroga la representación de toda la intelectualidad española. Nosotros (con derecho a ser comprendidos en ella y sin discutir ahora la personalidad de don José Echegaray), hacemos constar que nuestras ideas estéticas son otras y nuestras admiraciones muy distintas”. Lo firmaban entre otros, Unamuno, Azorín, Baroja, Rubén Darío, los Machado y Valle-Inclán.

Azorín y Valle fueron los más iracundos en contra del homenajeado. (Entre paréntesis, diremos que este último, muy molesto, le llamó “viejo idiota”, un insulto que se hizo popular y cuentan que Valle se jactaba de que con sólo las dos palabras, sin la dirección, pero con la guasa de los carteros y “Madrid”, sus cartas le llegaban a Echegaray). Sin embargo, el homenaje se celebró en 1905, presidido por Su Majestad Alfonso XIII. También asistió una comisión de la Embajada sueca, quien le hizo entrega a don José del diploma que no pudo recoger en Estocolmo. En la crónica del homenaje, aparecida al día siguiente en el diario “Nuevo Mundo”, se destacaba que la calle estaba con el dramaturgo: “La columna tardó más de una hora en pasar por delante de la Cibeles... [...]. Concurrieron al acto popular, con sus respectivos estandartes y banderas, los centros docentes, los gremios, etc.  [...]. José Canalejas pronunció, en nombre de los manifestantes, un elocuente discurso, al que Echegaray contestó emocionadísimo, con sentidas frases, que arrancaron nutridas salvas de aplausos y aclamaciones”.

Esto se explica porque en aquellos tiempos –la intelectualidad aparte– la gente era incondicional de todo lo español y don José Echegaray, nuevamente ministro de Hacienda, premiado fuera de nuestras fronteras, era “un grande” en todo. Físico y Matemático de gran prestigio, había sido diputado en las Cortes Constituyentes, director de Obras Públicas, ministro de Fomento, ministro de Hacienda, fiel a sus ideas republicanas, senador vitalicio, ministro de Economía, y gozaba de un inmenso prestigio en la vida social y cultural de la época como presidente del Ateneo, director de la Real Academia Española, presidente de la Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, además de participar en la fundación del Partido Radical y ser fundador, junto a Salmerón, del Partido Republicano Progresista. (O sea, todo menos un “idiota”). Si se equivocaron en Suecia, fue por darle el premio a su prestigio político y científico –considerado como el mejor matemático español del siglo XIX–, no a su dramaturgia. Y no ha sido caso único: Bertrand Russell, un gran matemático, también fue Premio Nobel de Literatura.

Azorín, sobre el homenaje a Echegaray, de manera airada, llegó a decir en un periódico de poco recorrido, como fue el diario “España”, un rotativo ‘maurista’, aunque enmascarado de independiente, que “el laureado y anciano dramaturgo simbolizaba a los muchos que en la literatura, en el arte, en la política, representaban una España pasada, muerta, corroída por los prejuicios y por las supercherías, salteada por caciques, explotada por una burocracia concusionaria, embaucada por falsas reputaciones literarias, traída y llevada falazmente de un lado a otro con artículos de periódico”. Pocos días después, con Azorín fuera del periódico, este medio publicó un artículo en desagravio de don José.

Azorín, con treinta años en 1905, dejándose llevar por la pasión, cometió un exceso simbolizando todos aquellos agravios en una sola persona, pero nadie puede dudar que si no le hubieran concedido el Nobel a Echegaray, los días del dramaturgo, hasta su muerte en 1916, a la edad de 84 años, hubieran sido menos amargos....

El mismo José Echegaray, poco antes de morir hizo esta confesión en “Recuerdos”: “Las Matemáticas fueron y son una de las grandes preocupaciones de mi vida; y si yo hubiera sido rico, o lo fuera hoy, si no tuviera que ganar el pan de cada día con el trabajo diario, probablemente me hubiera marchado a una casa de campo muy alegre y confortable y me hubiera dedicado exclusivamente al cultivo de las Ciencias Matemáticas. Ni más dramas, ni más argumentos terribles, ni más adulterios, ni más suicidios, ni más pasiones desencadenadas, ni, sobre todo, más críticos. Otras incógnitas y otras ecuaciones me hubieran preocupado”.

Fernando Robustillo Rodela