Sábado, 16 de diciembre de 2017

Con Hillary Clinton, sí se puede

Mientras nuestro país está en “impasse” con unas elecciones en ciernes y la esperanza puesta en lograr un Gobierno que ilusione a la mayoría, en el país más influyente de la tierra, EEUU, también se lleva a cabo una contienda política, ésta entre republicanos y demócratas, que querámoslo o no, porque allí no votamos, también nos afectará sin remisión alguna.

  Sin embargo, por la diferente idiosincrasia que caracteriza de manera individual y social a los norteamericanos de los españoles, estamos completamente seguros que lo tendríamos mucho más claro a la hora de votar si lo hiciéramos en Estados Unidos. Es más, ya podemos dar el resultado: la señora Hillary Clinton ganaría por abrumadora mayoría. Un voto que no es tan claro entre los estadounidenses, pues a pesar de las estrambóticas perlas de odio lanzadas por el señor Trump en contra de los inmigrantes o minorías, su carisma de conservador radical ha vaporizado en primarias a todos los adversarios de su partido, con lo que será por derecho el candidato republicano en las elecciones de noviembre.

Para entonces, las encuestas dan ganadora a la señora Clinton, pero el margen no es tan amplio como para que el mundo descanse tranquilo. Nosotros nos preguntamos: “¿Qué pasa en Estados Unidos?”. En una repuesta de urgencia a esta pregunta, ya que no vamos a extendernos en estudios profundos, lo primero que se manifiesta en ese éxito partidista del señor Trump es la victoria de lo superficial. En un mundo como el actual, reducido a platós de televisión y a 140 caracteres, donde el humor pérfido enmascara el populismo, la xenofobia o el machismo, es fácil que se esté abriendo paso ese ciudadano insensible y ambicioso cuyo pensamiento único no vaya más allá del alzamiento de la banderita.

Un ejemplo de lo anterior lo pudimos ver en un reportaje televisivo entre los partidarios del señor Trump. Un periodista les fue señalando, individualmente a cada uno, no en grupo, una serie de frases del político para que reafirmaran o no su conformidad. A todos, absolutamente a todos los entrevistados, les parecía bien lo dicho por el candidato republicano. Después, en un alarde de ingenio periodístico, en ese mismo reportaje se recogían las opiniones de los consultados una vez les aclaraban que las frases no habían sido dichas por el señor Trump, sino que era parte del ideario de Adolf Hitler. ¿La sorpresa? No hubo sorpresa: crean ustedes que nadie veía nada extraño, su única respuesta fue que a ellos les parecía bien todo lo que el señor Trump decía, y si aquellas frases hubieran sido palabras del señor Trump, bien dichas estaban. ¡Insólito! Pero no tan insólito en la incondicional política norteamericana. No obstante, no perdamos las esperanzas y pasemos a hablar de la señora Hillary Clinton.

Como veinte años no son nada, no hace tanto tiempo llegó una señora a la Casa Blanca que nos dejó fascinados por sus modales, inquietudes e ideario. Y lo primero que sentimos fue asombro: No podía ser que una feminista hubiera llegado a primera dama en el país más poderoso del mundo. Esta etiqueta, con suma inteligencia, no tardó la dama en desmentirla, pues aparte de matizar que por supuesto estaba de acuerdo en que hombre y mujer deberían tener los mismos derechos, el feminismo radical consideraba al hombre como un enemigo y, sin embargo, ella llegaba a la Casa Blanca para apoyar a Bill todo lo que pudiera. Así, el desmentido quedaba a medio camino, pues a pesar de haber tenido una educación conservadora, ella apostaba por una sociedad en la cual la mujer fuera dueña de su propio destino.

Desconfiada de las entrevistas, en un relato autobiográfico decía: “Emplearse a fondo en el trabajo y a la vez seguir desempeñando en casa el papel de madres y esposas cuidadoras, comprensivas y compasivas es difícil. Los hombres también sienten gran confusión porque ahora deben definirse a sí mismos ante el nuevo orden mundial que se impone entre los sexos” [...]. “Tengo amigas que han tomado la decisión de quedarse solteras; otras, que se han casado, han optado por no tener hijos; otras se han divorciado, y otras que han tenido hijos sin contraer matrimonio. Me parece muy bien, han ejercido su derecho. Yo he hecho lo mismo. Me he definido como persona. Mi vida es estar junto a Bill y Chelsea”. Hasta aquí la valiente definición, no sabemos si de feminismo, realizada por Hillary Clinton que no gustaba a todo el mundo y menos aún a la oposición conservadora. Pat Buchanan, candidato republicano, hizo el siguiente comentario: “Ha llegado una peligrosa feminista a la Casa Blanca”.

De todos modos, adulándola o criticándola, pronto se convirtió en el  paragolpes de Bill Clinton. Las hemerotecas están llenas y no existe biografía donde no se haga notar que cuando Clinton estaba de gobernador en Arkansas, con un sueldo de 38.000 euros, ella le quintuplicaba en ganancias, aparte de ser considerada uno/una de los cien abogados más prestigiosos del país. Y en ese país, en el que el éxito se estima por el dinero que se gana y las inversiones que se realizan, tuvo que escuchar no pocas “maldades” sobre informaciones privilegiadas en pos de favorecer su propio enriquecimiento. Nixon dijo de ella: “Hillary toca el piano tan alto que Bill no puede ser oído. Uno quiere una mujer que sea inteligente, pero no tanto”. Y no eran pocos los que animaban a Hillary a dar un paso a la primera línea de la política, pero con idéntica respuesta: “Por mi parte, prefiero seguir siendo abogada. Algo que ahora no puedo hacer porque daría pie a posibles conflictos de intereses. Mi objetivo es llevar a la práctica la política social de mi esposo, sobre todo lo que concierne a la protección de los niños, lo que me brinda la oportunidad de dedicarme a los asuntos en los que he estado trabajando durante los últimos veinte años”.

No sabemos qué quedará hoy, en el año 2016, de la mujer que llegó a la Casa Blanca como primera dama aquel 3 de noviembre de 1992, pero si algo ha demostrado es la de ser una superviviente contumaz. A nadie le puede pasar por alto el “caso Lewinsky” ni tampoco su coherencia personal, pues años antes de aquel escándalo hizo unas declaraciones que parecían premonitorias: “Bill es una persona muy especial; me trasladé al sur para estar a su lado. Siempre nos hemos amado mucho. No hay matrimonio perfecto, pero el hecho de que la perfección no exista no significa que la única solución a los problemas consista en la ruptura total”.

Hoy está con Bill y él la está ayudando. Además, somos muchos los que la creímos cuando dijo: “Aunque a la gente le cueste creerlo, soy quizá demasiado sentimental. No tengo ningún plan secreto o maniobra política que ocultar. Sólo quiero contribuir al bienestar de la sociedad”.

Ojalá sea la próxima presidenta de Norteamérica y si al final de su mandato es Nobel de la Paz por su sensibilidad ante los conflictos, por los niños refugiados y la infancia en general, habrá sido una digna sucesora de Barack Obama.