Domingo, 17 de diciembre de 2017

“¿Acaso éstos no son hombres?”

La fructífera presencia de los Dominicos en la selva amazónica, analizada por el misionero Roberto Ábalos, co-fundador de la comunidad de Dominicos de Babilafuente: “Si de algo se nos puede acusar es de haber atendido antes la tierra, la salud y la educación, que la catequesis. Y no podía ser de otro modo, pues no se puede conocer a Dios con hambre y con ignorancia

Comunidades indígenas arropadas por los Dominicos | Fotografías: Roberto Ábalos

Juan Bautista,  precursor del Evangelio de Jesús, proclamaba: “Yo soy la voz que clama en el desierto: preparad el camino al Señor”. Esa misma voz se escuchó 1.500 años más tarde con la conquista española en tierra y pueblos americanos, encarnada por fray Antón de Montesinos y luego extendida con ardor por todo el nuevo Mundo por sus hermanos dominicos, el más célebre: fray Bartolomé de Las Casas. Ellos se proclamaron defensores de los indios con su denuncia a los españoles, desde el púlpito de La Española: “¿Acaso éstos no son hombres?”

Esta buena noticia y denuncia, ha seguido resonando en el Mundo hasta el día de hoy. Tuvo un hito en el Sur Oriente Peruano hace más de cien años, con el restablecimiento de las misiones dominicanas en el Vicariato Apostólico de Puerto Maldonado que abarca los ríos Urubamba y Madre de Dios, con una extensión de 150.000 kilómetros  cuadrados. Esta aventura comenzaba en el rìo Urubamba con el establecimiento de la primera misión dominica en Chirumbia, el año 1903.

Los misioneros se enamoraron a primera vista de las gentes matsigenkas y todas las  Tribus que iban conociendo: su extraordinaria armonía con la belleza de la selva: montañas, ríos y todas sus criaturas, su hermosa, sonora y perfecta lengua, su atractiva cultura: sus mitos, sus ritos, su folklore y, sobre todo su elegancia, su naturalidad, su ternura, como si aún estuviera fresco el molde con que Tasorintsi los creò. Por eso sufrieron y se indignaron con el trato injusto e inhumano que se les daba. Desde el primer día se convirtieron en defensores de su dignidad.

Los nativos se dieron cuenta también inmediatamente que estos hombres de blanco, no eran como los demás y fueron acercándose a ellos, confiaron en ellos,  y con ellos trabajaron las chacras, hicieron caminos, levantaron las escuelas, las postas y las capillas.

Era el tiempo del caucho; tiempo de explotación no solo del jebe, sino de los nativos matsigenkas que ocupaban sus tierras desde Echarati hasta más allá del Pongo del Mainike y que servían de mano de obra esclava en las haciendas de colonos, a lo largo de todo nuestro río. Contra esta explotación volvió a resonar la voz que clama en el desierto, encarnada en el P. Pío Aza que establecería la segunda misión en el Urubamba en el río Koribeni, el año 1918.

En este tiempo se soñaba con establecer comercio de caucho y otras  materias primas, desde Cuzco hasta el Atlántico atravesando los Andes y la inmensa selva amazónica con una línea férrea. El tren no llegó más que hasta Quillabamba nada menos que el año 1978. El resto del sueño quedó en un camino de mulas llamado camino Lámbarri que trasladó el caucho del Ticumpinìa y el Yavero.

A medida que avanzaba primero el ferrocarril y luego la carretera, iban naciendo poblados colonos donde se asentaban los mismos trabajadores de estas obras, mientras los matsigenkas iban alejándose de las riveras del Urubamba y adentrándose en los ríos y quebradas que fecundan el gran río.

Los misioneros dominicos fueron estableciendo sus misiones como hemos dicho primero en Chirumbia, luego en Koribeni y màs adelante, a lo largo de la primera mitad del siglo XX, más allá del Pongo de Mainike; en Timpía, Kirigueti y Sepahua.

Otro tanto sucedía simultáneamente en el río Madre de Dios. Allá los dominicos establecieron las misiones de Maldonado, Shintuya, Lago Valencia, El Pilar, Maldonadillo, Colorado, Quincemil…

Lo primero que hacían los misioneros era explorar el territorio donde habitaban los nativos, muy dispersos, viviendo en grandes familias a lo largo de los ríos. Luego se esforzaron por atraerlos hacia el puesto de misión, donde les enseñaron a cultivar la tierra con diversos y nuevos productos y a cuidar animales, sobre todo vacas que garantizaran la alimentación de toda la misión. Luego acogieron niños y niñas abandonados, fruto de las correrías que establecían caucheros y hacendados; y establecieron internados. Inmediatamente organizaron la enseñanza de estos niños y nacieron las primeras escuelas. Atendían también la salud de los nativos estableciendo primero botiquines y luego postas médicas. Finalmente levantaron las capillas y enseñaron la bondad de Dios para con los hijos de la selva, manifestada en Jesús, que enseñaba el amor y la liberación como principios universales de la sociedad nueva: justa y pacífica.

No es cierto lo que algunos que desconocen la historia y la realidad de estos pueblos y acusan a los misioneros de no tener otra intención que el adoctrinamiento en la religión católica a los nativos amazónicos. Si de algo se nos puede acusar es de haber atendido antes la tierra, la salud y la educación, que la catequesis. Y no podía ser de otro modo, pues no se puede conocer a Dios con hambre y con ignorancia.

A los puestos de misión, acudieron también desde los primeros años, las misioneras dominicas del Rosario, fundamento de la salud y educación de las comunidades, colegios e internados.

Para facilitar precisamente la educación de los niños y niñas  que se iban acercando a los puestos de misión, establecieron en Quillabamba dos grandes obras sociales: la granja de misiones para los muchachos y el colegio La Inmaculada para las niñas y jóvenes. La tercera gran obra, para evitar la terrible mortandad por malaria  y otras  epidemias, fue levantar el hospital del que se hicieron cargo las misioneras dominicas.

Los misioneros y misioneras dominicos, desde el comienzo, fueron pioneros en la utilización de los medios técnicos de educación: murales, fotografía, diapositivas, incluso películas. Tuvieron el primer cinematógrafo de la Provincia de La Convención y fueron los productores,  protagonistas y realizadores de la  primera película filmada en la historia del Sur Oriente Peruano.

Hoy los dominicos continuamos presentes entre los pueblos nativos y asistimos a toda una revolución en su cultura   y estilo de vida, sobre todo con la explotación del gas en Kamisea; y en otras comunidades del oro y la madera también en el Madre de Dios. En la selva ya no están solo nativos y misioneros. Han entrado otros muchos personajes e instituciones con muy diversas intenciones. Los nativos han despertado, luchan  y se dan cuenta de los pros y  contras de la explotación de sus recursos. Como ayer, hoy siguen teniendo en nosotros sus más desinteresados y enérgicos defensores, porque desde hace cien años que nos comprometimos con ellos, en la defensa de su tierra, su cultura y  su dignidad.

Roberto Ábalos

Misionero dominico en la Amazonía peruana