Sábado, 16 de diciembre de 2017

55 años scout

Hay un proverbio scout francés que reza: “scout un día, scout siempre”, que quiere señalar la capacidad de enganche del Movimiento scout en las mentes, en los corazones, en las manos y en los pies de los que han sido scouts. El sábado pasado, 7 de mayo, se celebró en Guadarrama (Madrid) la 55 Asamblea del Movimiento Scout Católico (MSC), pero de esa experiencia vivida el sábado, que en muchos sentidos resume gran parte de mi vida, no quiero ni debo hablar ahora, sino de otra experiencia anterior, de 1963. “El Escultismo se aprende por los pies” es otro refrán scout que oí a un sabio scout italiano, Gualtiero Zanolini, aunque en una versión mucho más “intelectual”: el Escultismo se aprende por experiencia. ¿Puede una experiencia quedar grabada en el corazón de un adolescente y permanecer allí, fresca y lozana, durante más de cincuenta años? Sí, puede. Una experiencia que, profundizada sucesivamente, a medida que iba cumpliendo etapas, ha dado sentido a toda mi vida. Se trata de la “Vela de armas” de mi Promesa Scout y del recuerdo indeleble que ha dejado en mí.

 

“La Legoriza”, un paraje de la Sierra de Francia en la provincia de Salamanca, donde ahora hay una instalación fija de la Junta de Castilla y León: cocina, comedores, almacenes, dormitorios, servicios, piscina, luz eléctrica, cemento, han modificado un tanto el entorno natural. Pero la potencia de la Naturaleza es tan grande allí  que las cumbres cercanas, las masas de granito, los robles, la verde hierba y los helechos se imponen a la “fábrica” humana.

 

En todo caso aún siguen frescas en mi memoria las sensaciones: julio de 1963, después de la cena, Paco, nuestro responsable, nos ha dirigido una breve charla, nos entrega un pequeño texto con unas preguntas para ayudar a la reflexión y nos pide que busquemos cada uno un lugar solitario. Debemos llevar linterna, Nuevo Testamento y cuaderno y boli para dejar por escrito el compromiso que queremos asumir, si es que estamos dispuestos a hacer la Promesa Scout. La brisa ha refrescado –se nota la altitud-, me siento en una roca de granito –conserva el calor del sol acumulado durante la tarde y se agradece-y apoyo la espalda en la rugosa corteza de un joven roble –aún siguen allí, aunque ha crecido y, robusteciéndose, ha desplazado ligeramente la roca, que ya no resulta tan cómoda para sentarse.

 

No abro el Nuevo Testamento, tenemos poco tiempo y repaso de memoria algunas frases y escenas. Y, de repente, el calor de la roca sube hasta mi estómago, se acelera la respiración y el caos adolescente de mi cabeza encaja por fin: hemos mamado la Ley Scout a lo largo de reuniones de Patrulla y de Tropa, hemos leído un trocito del Evangelio en cada sesión, aplicándolo a la vida de Patrulla y a las nuestras propias y hemos aprendido que Jesús es nuestro amigo y que ser scout es “estar preparado para servir”. “¿Qué servicio me pides ahora, Jesús amigo?” Estoy decidido a hacer la Promesa. El compromiso de mi Promesa será ingresar en el Seminario, esa será mi forma de servir. Tomada la decisión, dedico el poco tiempo que resta -hasta que suene el silbato- a contemplar las constelaciones contra el negro cielo sin contaminación lumínica y le doy gracias al Creador por ser mi Padre, por darme como hermano y amigo a Jesucristo y por la Naturaleza que me rodea, descubierta en común con la Patrulla y el Grupo.

 

Cierto es que luego vino “el tío Paco con la rebaja” y me dijo: bueno, bueno, haz la Promesa, pero lo del Seminario hay que pensarlo más. De momento, sigue progresando y ayudando a tus compañeros en el Grupo y en el Colegio, tienes que seguir profundizando en el Evangelio, reza más y mejor. Haz todo eso y luego ya veremos. Y ya está visto, llevo cuarenta años de cura, mejor o peor Dios y los feligreses dirán, y la experiencia de la Vela de Armas de mi Promesa sigue aflorando a mi conciencia en los momentos malos para agarrarme a ella y en los buenos para dar gracias a Dios y continuar “sacándole punta”. ¿Seguirá tan viva en el futuro?