Sábado, 16 de diciembre de 2017

Los comuneros salmantinos

Carlos I de Habsburgo vino a España como rey en el año 1516. Apenas desembarcó de Flandes convocó las Cortes para que le jurasen rey y votasen nuevos impuestos que precisaba para mantener su pomposa corte a la flamenca. Los procuradores castellanos desaprobaban que la primera convocatoria de las Cortes fuese para demandar dineros. Le exigieron que antes de pedir servicios debía jurar los fueros de los reinos hispanos, comprometerse a residir en ellos y nombrar a sus naturales para ocupar los cargos políticos y eclesiásticos. No habían terminado los pulsos cuando a principios de 1519 llegó a Castilla la noticia de la muerte de su abuelo, el emperador Maximiliano. A vuelta de correo Carlos envió mensajeros con grandes cantidades de oro. Sus partidarios se lo debían hacer llegar a los príncipes electores alemanes junto con su deseo de ser emperador. En el mes de mayo los cuatro príncipes optaron por designar emperador del Sacro Imperio Romano Germánico al rey de las Españas con el nombre de Carlos V. Era necesario que el candidato marchase a Alemania para la coronación. Mas como el viaje y sus fastos precisasen de dineros que no tenía, en el año 1520 convocó Cortes en Santiago de Compostela para que los representantes de las ciudades castellanas votasen los servicios que el cargo comenzaba a demandar. Los procuradores castellanos aprobaron los subsidios y el emperador embarcó hacia Aquisgrán, dejando a Adriano de Utrecht como gobernador. 

El descontento de las ciudades castellanas por las nuevas cargas que tenían que pechar, unido a la ausencia del monarca, provocaron los primeros tumultos. Los representantes en Cortes fueron acusados de cobardes o corruptos y, en algunos lugares, los indignados vecinos los asesinaron. En nuestra ciudad expulsaron al corregidor, organizaron el gobierno en concejo abierto, eligieron nuevos cargos concejiles (regidores, alguaciles…), y junto con otras ciudades se autoproclamaron “comunidades”. El levantamiento tuvo marcado carácter político: pretendía expulsar a los consejeros flamencos que ocupaban altos puestos en la administración castellana; exigía que el rey permaneciese en estos reinos, aprendiese el castellano y acatase sus leyes y fueros; reclamaba respeto a la voluntad de las ciudades en Cortes y a sus representantes; pedía disminución de impuestos; rogaba que se pusiese freno al creciente poder de la nobleza; y ordenaba limitar la exportación de lana para proteger los telares castellanos.

La respuesta de los imperiales fue atacar y arrasar con fuego Medina del Campo. El jefe de los comuneros salmantinos, un pellejero llamado Juan de Villoria, reclutó 200 hombres a caballo y 6.000 peones para ir a detener  al gobernador Adriano y al pesquisidor Ronquillo. Villoria designó como capitán a Pedro Maldonado Pimentel, señor de Babilafuente, y a su primo Francisco Maldonado, señor de El Maderal y regidor de la ciudad, como lugarteniente. Ambos eran nietos del doctor Talavera, del que aún se conserva una capilla en la Catedral Vieja, donde se custodia el conocido como “Pendón de los Comuneros”.

Carlos I, informado de las dimensiones que estaba tomando la galerna comunera, envió cartas selladas indicando que respetaba la voluntad de las Cortes, al tiempo que nombró a miembros de la alta nobleza castellana como cogobernadores junto a Adriano. Los comuneros no se dieron por enterados. Convirtieron la revuelta en una revolución y atacaron algunos señoríos. Esto terminó de decidir a los aristócratas que cerraron filas junto a la divisa del emperador y se presentaron unidos frente a los sublevados.

Algunas ciudades se retiraron de las “comunidades” –Burgos-, otras fueron tomadas por los imperiales –Tordesillas- lo que incrementó las dudas y discrepancias entre los líderes comuneros que, entorpecidos por las interminables discusiones y vigilias, fueron obligados a presentar batalla el 23 de abril de 1521 en Villalar, y las tropas comuneras fueron derrotadas por los ejércitos imperiales y señoriales. Castilla se quedó inerte, fría, como desarropada.

Después de la derrota fueron ajusticiados los salmantinos Francisco Maldonado, Diego Guzmán y Alonso de Zúñiga, que eran miembros de la Junta. Pedro Maldonado, como era pariente del conde de Benavente, consiguió quedar vivo, aunque preso. No le valió de mucho porque a los pocos meses lo ajusticiaron. Al regresar de Alemania Carlos I convertido en emperador publicó el “Edicto del Perdón”, del que excluyeron a los 17 famosos, entre los que se encontraban Villoria, Diego Almaraz, Pedro Sánchez, Pedro Bonal… A todos ellos les confiscaron sus bienes y tuvieron que huir.

Francisco Maldonado estaba casado con Ana de Abarca, hija del que fue médico de Isabel la Católica. El suegro de Francisco hizo todo lo posible para recuperar el cadáver decapitado de su yerno. Lo consiguió y lo enterraron en la iglesia de San Agustín (que volaron los franceses en 1812). Después logró que devolvieran a sus nietos el patrimonio confiscado.

La monarquía y la aristocracia salieron fortalecidas de la revuelta comunera. En Castilla las Cortes se convirtieron en una institución sumisa y con protagonismo menguante, al punto que fueron convocadas en raras ocasiones. Retornó el corregidor a nuestra ciudad, y los nobles -ante el temor de nuevos levantamientos-, buscaron el apoyo de la corona, se atrincheraron en la espesura de sus privilegios y se convirtieron en fieles aliados del rey.

Tanto Carlos I como más tarde Felipe II, un rey sedentario, reflexivo, burócrata, receloso, obsesivo y autoritario, convirtieron Castilla, que se soñaba rica y se descubrió infinita, en centro y eje de su gobierno. Y conservaron las delegaciones del poder en manos de virreyes en Aragón, América e Italia y de gobernadores en los Países Bajos.

También continuó el gobierno y la administración en los niveles inferiores. Las chancillerías y audiencias siguieron repartiendo escarmientos e impunidades; los corregidores nombrados por el rey impusieron sus caprichos y amarguras; los regidores glorificaban al corregidor que los elegía entre los oligarcas locales; los recaudadores de impuestos vigilaban las horas perdidas; los alguaciles cuidaban de las brumas y custodiaban las mareas y el pueblo llano, sin proyección alguna en el entramado, soportaba el declive lento de un tiempo grande.

A principios del siglo XX los regidores salmantinos decidieron, con demasiadas urgencias, erigir un busto al comunero Francisco Maldonado en el cuarto centenario de la batalla de Villalar -1921-. Una delegación se acercó al taller del escultor Juan Cristóbal y, dada la premura de que hacían gala los señores delegados, el escultor les ofreció un busto en piedra que ya tenía esculpido. Parece que representaba a un médico cordobés. Los munícipes aceptaron, se lo llevaron y lo colocaron en la Plaza de los Bandos. Ahora se encuentra en el Alto del Rollo, al final de la Avenida de los Comuneros.