Domingo, 17 de diciembre de 2017

Hablemos de lo único

Hubo un tiempo en nuestra España en el que un caudillo, para algunos un apóstol, interpretó que su venida fue un designio de Dios para poblar a España de españoles (quizá algún problema de conciencia), con lo que paradójicamente impuso el palo y tiente tieso y la tomó con el sexo, ese sentido que no sabemos por qué razón nunca aparece entre los cinco clásicos, pero basta que lo estigmatizaran como pecado, para que nuestra patria, que casi siempre gozó del encanto de lo prohibido, se convirtiera en un lupanar de pensamientos pecaminosos.​

Así, el sexo ocupó ese lugar pseudocultural del que se hablaba en privado y del que todo el mundo entendía, aunque de ello no se escribiera, y se gozaba también de la ventaja onírica de sospechar lo que pensaban los demás, pues cuando algún individuo estaba distraído, o sea, como en éxtasis (véase a Rosy de Palma en “Mujeres al borde de un ataque de nervios”), enseguida cavilabas que aquel individuo –las chicas, a pesar de la Rosy de Palma de ficción, disfrutaban de pensamientos más líquidos y de mayor prevalencia amorosa que los hombres–, decía que aquel individuo estaba pensando en el tema, es decir, en lo único. ¡Qué tiempos! ¡Qué país!...

Hay que reconocer que la población andaba muy perjudicada. Hoy, aunque mucha gente piense en lo único, el mundo es una diáspora, se ha diversificado enormemente y si hablamos de lo único, lo único ya es otra cosa. Ahora, antes o después de cualquier telediario o de un programa de dibujos animados, puede aparecer en televisión un anuncio sobre sexualidad en el que se invita a una parejita a comprobar la suavidad de una cremita para esos momentos de intimidad, y sin vergüenza alguna, en una conversación llena de complicidad, asienten ambos que la cremita les convence.

Dirán que a cuento de qué hoy les vengo a contar una película de sexo.  Esperen que me explique. Porque no duden que en la actualidad también se habla de lo único, aunque lo único sea otra historia. Lo único, hoy, es una gran “jodienda” paradisíaca y de islas vírgenes. Una bacanal en la que el pueblo participa de forma masoquista y sin cremita. Y sepa, amigo, que si a nuestra Hacienda le levantan un duro, ese duro lo vamos a poner usted y yo. Pero servidor, hoy, se enfada y se niega a hablar de esto, aunque de ello sea de lo único que habla todo el mundo con enojo y resignación.

Por tanto, en un viaje atrás en el tiempo, les hablaré de una novatada de la que fui víctima allá en la España de los sesenta, cuando no era más que un chaval normal con cara de bueno. Mi vida entonces transcurría en un internado –sin haber hecho nada malo, ¡eh!– y era moderadamente feliz. Un colegio aquel en el que te enseñaban el dominio de las artes gráficas a la usanza de Gutenberg, pues aún no se encontraba extendido el offset y de los ordenadores les puedo decir que los padres de Bill Gates ni siquiera se habían enamorado. 

En aquel colegio de frailes, en Madrid, las enseñanzas prácticas eran impartidas por oficiales impresores que asistían a su puesto de trabajo como si fueran a una imprenta cualquiera, esto sin acritud. Ellos intentaban pasar su jornada lo mejor que podían y san Se Acabó. Y es parte de lo que quiero contarles: su pensamiento no estaba en la línea de lo religioso y su preparación pedagógica era muy justita, por tanto, sólo pensaban en lo único. Y no es un orgullo contarlo, pero yo desde muy corta edad, por la universidad de la calle, como todos los chavales de la época, sabía que existían condones o preservativos y que tales condones estaban prohibidos, pero desconocía que a éstos también se les llamaba profilácticos. Y ahí caí, pues aquellos individuos, señores casados, de cierta edad y con la seriedad debida, me mandaron a la farmacia a comprar una caja de profilácticos.

Cuando miré la cara del farmacéutico, enseguida adiviné que de algo bueno no se trataba. Con voz iracunda me preguntó para qué quería yo aquello. “No señor, es un recado para los oficiales de mi colegio”. “Ah, ¿sí?, pues dígales que sean ellos los que vengan a buscarlos”. No me dijo más, pero fue suficiente para que entendiera lo que me habían pedido. De vuelta al colegio, les veo que me esperan con la sonrisa a flor de piel preguntándome por la reacción del farmacéutico...

Bueno… yo era un recién llegado y no iba a estropear la broma. No pasaba nada. Sin embargo, en todo ello, ocurrido en el tardofranquismo, subyacía lo que supuso la represión para un par de generaciones. No era extraño que sólo se pensara en lo único.