Viernes, 15 de diciembre de 2017

Obra maestra

(Todo lo escrito a continuación pasa por ser un supuesto confirmado –o no– por la victoria de los Golden State Warriors sobre los Memphis Grizzlies en la pasada madrugada. Si no ocurrió así, igualmente tiene vigencia)

¿Cómo se ganan 73 (72) partidos en una temporada? ¿Cómo es posible perder solo uno de cada diez jugando cada dos noches ante varios de los mejores equipos del planeta, muchas veces tras haber sobrevolado un país que es más bien un continente? ¿Cómo alcanzar un registro tan importante siendo el equipo más estudiado de la liga y sobre el que todos los focos están puestos a diario? ¿Cómo mantener el nivel de los tanques de la ambición por encima de los del hastío o la autocomplacencia? ¿Cómo se soportan, u obvian, durante ocho meses, las manías del otro para poder trabajar codo con codo con él en la pista, sin que importe que deje la ropa interior tirada por el suelo de la habitación o que mire con lascivia las piernas de tu mujer?

(Las respuestas pasarán por ser una mera intuición, las reflexiones de un observador en la distancia que solo ha visto la puesta en escena de la obra y que desconoce los entresijos que se urden en el “backstage” o las conversaciones de que se alimentan los viajes en avión o autobús de “arena” en “arena”, de teatro en teatro)

Cabe pensar que les ayudó la familiaridad, ser casi los mismos que el año pasado ganaron el anillo; el poder comprender, sin necesidad de pensar, el sistema implantado por el entrenador, los movimientos favoritos y el ángulo concreto del escenario donde prefieren lucir sus compañeros de reparto. Les ayudó saber del otro, ver más allá de su dorsal y de sus habilidades en la pista; entenderlo y, en cierta manera quererlo, con independencia de su rendimiento en el parqué, acierte o yerre con el balón en las manos. Solo de esta manera, ese otro que son todos ellos, puede actuar guiado por la motivación del logro y no desde el temor que provoca el fallo en un entorno desprotegido.

Y les guió el azar, con milagros puntuales sacados de manuales de religiosidad medieval. Y les amparó el talento individual, ese que no es otra cosa, como diría Thomas Alva Edison a propósito del genio, que un uno por ciento de inspiración y un noventa y nueve por ciento de transpiración.

(Me tienta, pero no voy a dar los nombres de los personajes que aparecen como protagonistas en el libreto. Y es que este logro fue el tour de force de todo un equipo y así debe ser recordado cuando pase el tiempo y se alejen los focos, cuando solo queden textos maltratados narrando aquella gesta, o incluso cuando estos ya no importen y esta sea solo un número)

Honestamente, creo que esta temporada debe residir en ese museo no visitable que será la memoria del último hombre o mujer que, dentro de varias generaciones, posea un recuerdo, por distante y alejado de la “realidad” que este sea, de la que ha sido, hasta la fecha, la mejor obra de teatro inspirada en baloncesto que el mundo haya podido contemplar. Qué suerte la nuestra.