Martes, 12 de diciembre de 2017

Ruanda, contra el olvido

La mística que Jesús vivió y enseñó, más que una mística de ojos cerrados, era una mística de ojos abiertos, comprometida en la percepción intensificada del sufrimiento ajeno.

Johann Baptist Metz, Memoria Passionis

El día 7 de abril, no sólo se conmemora el día internacional de la salud, sino el horrible genocidio en Ruanda. A partir de ese día del año 1994, comenzó el horror y la tragedia, 800.000 ruandeses fueron asesinados, en la mayoría de los casos por pertenecer a un grupo étnico determinado. Es uno de los episodios más aberrantes de nuestra historia reciente, en el siglo de los derechos humanos y con el consentimiento internacional, el 85% de la población hutu exterminó al otro 15% tutsi. La matanza comenzó un día después de que un avión en que viajaban los Presidentes de Ruanda y Burundi fuera derribado por un misil cuando se disponía a aterrizar en Kigali. Este genocidio, fue detalladamente organizado, entre otros, por altos funcionarios del gobierno y dirigentes del partido en el poder, participando no sólo las fuerzas armadas, también civiles que se ensañaron con otros civiles.

Las causas políticas y la falta de reacción internacional han sido presentadas por los medios con todo detalle, no tanto así las causas económicas y sociales que llevaron a la masacre. Las brutales matanzas y la guerra civil estuvieron precedidas por una profunda crisis económica, con la restructuración del sistema agrícola de Ruanda, con la supervisión del FMI y el Banco Mundial, que fue lo que precipitó a la población a la pobreza y al desamparo. En 1987, el sistema de cuotas establecido en el Convenio Internacional del Café empezó a hundirse, los precios mundiales se desplomaron. El fondo estatal del café compraba a los agricultores ruandeses a un precio fijo, pero las presiones políticas de Washington en beneficio de los grandes comerciantes de café de Estados Unidos, precipitó que la economía de Ruanda se desplomara. La bajada del precio del café fue catastrófica no sólo para Ruanda, también para otros países africanos, pero no se comenta que los países compradores hicieron una fortuna inmensa.

Pero no sólo subrayamos este neocolonialismo económico de Occidente sobre los países más pobres de África. Es importante subrayar que colonialismo del siglo XX, permaneció inalterado hasta la tragedia, donde la administración colonial belga, utilizaba los conflictos dinásticos para reforzar el control territorial. El objetivo era alimentar las rivalidades étnicas para obtener el control político e impedir el desarrollo de la solidaridad y unión entre los diferentes grupos étnicos contra el dominador. El cobro de impuestos por las aristocracias locales, debilitaron la economía tradicional en base al cultivo en tierras comunales, estableciéndose lotes individuales con cultivos comerciales como el café. Los colonizadores impusieron divisiones étnicas, emitiendo tarjetas de identidad en las que se indicaba el origen étnico, identificando a la monarquía colaboracionista de los belgas con los hutus (dueños de los ganados) y la clase dominada tutsis (agricultores). Con la independencia en 1962, las relaciones con los antiguos colonizadores se volvieron más complejas, pero se heredará casi intacto las divisiones impuestas por la administración belga.

El mismo objetivo de empujar a un grupo contra otro, “divide y vencerás” se continuará al inicio de la guerra, con diversas intervenciones militares de Occidente en defensa de los “derechos humanos”. La concesión de créditos estaba condicionada por supuesta democratización del país, supervisado por la comunidad de donadores, pero con la caída de los precios del café, la economía del país estaba en manos de los donadores de créditos. Esto provocara un terrible empobrecimiento de la población, no sólo debido a la guerra civil, sino a las reformas introducidas por el FMI, intentando realizar una reforma macroeconómica y una transición al libre mercado. Una devaluación del franco ruandés al 50%, pretendía impulsar las exportaciones de café, pero se obtuvieron resultados opuestos, exacerbando la crisis de la guerra civil. Se deterioró la balanza de pagos, la salud y la educación quedaron en mínimos con las medidas de austeridad, acusándose la desnutrición infantil, aumento de la malaria, etc. El Banco Mundial alegó que las cosas hubieran sido mucho peores si no se hubieran adoptado las medidas, pero no se mostró ninguna sensibilidad, ni preocupación respecto a las repercusiones políticas y sociales en un país al borde de la guerra civil.

Los representantes de la ONU, veinte años después en 2014, reconocieron su fracaso al no frenar el genocidio. En diciembre de 2015 el tribunal internacional del genocidio concluyó su misión con 61 condenas, militares, políticos y religiosos por el asesinato de 800.000 personas. Unas 10.000 personas han sido juzgadas por delitos relativos al genocidio en las cortes nacionales, pero ¿están aquí todos los responsables, no lo sé?

A pocas horas de avión, en cualquier parte del mundo está muriendo gente, como pasó hace 22 años en Ruanda, ¿Cómo es posible que vivamos ajenos y que lo que pasa en Siria, en África, o en otros lugares donde se reproducen los horrores cotidianos? ¿Cómo podemos silenciar que el mundo funcione así? El sufrimiento de tantos inocentes, de antes o de ahora, desafía a cualquier economía, política, filosofía y religión que no tome en serio esta realidad. No podemos trivializar el sufrimiento de las víctimas, ellas son normativas, son los que nos juzgan. Un cristiano de nuestro mundo deberá compartir su pasión con Dios con la compasión por el que sufre, ponerse en su lugar, ser misericordioso. Es tan importante escuchar al que sufre como al que razona, no se puede olvidar el sufrimiento, ya que la humanidad corre peligro. Cualquier sistema de pensamiento o cualquier religión que viva de espaldas al sufrimiento, se deshumaniza y se aleja del crucificado. Debemos hacer como nos propone J. B. Mezt una “Memoria passionis”, hacer presente en nuestras sociedades, cultura, política o religión el recuerdo de las víctimas, el recuerdo del sufrimiento, luchar contra el olvido del hambriento, del perseguido, del torturado, del asesinado. La lucha y la defensa por el que sufre nos hace más humanos y revela nuestra verdad por la defensa del hombre.