Sábado, 16 de diciembre de 2017

Luto virtual

Pocas horas después del luto que guardábamos por los estudiantes muertos en el accidente de Tarragona, los atentados de Bruselas nos colocan de nuevo ante el dolor, la muerte de inocentes y el viejo luto del terrorismo más cruel. Además de los correspondientes comunicados, las condolencias y las banderas a media asta en los edificios oficiales, el luto después de un atentado se transmite instantánea y globalmente por las redes. Algo está sucediendo cuando transformamos el luto reflexivo en un luto virtual.

Mientras que el primero es reflexivo, crítico, basado en la memoria y expresado en cierto cambio de hábitos o costumbres; el segundo es indoloro, amnésico y epidérmico. En los atentados de Paris del 2015 y especialmente en estos últimos de Bruselas hemos comprobado una nueva forma de condolencia instrumental, simple, indolora, breve y vinculada a una sensibilidad peligrosamente epidérmica. Comenzamos reduciendo los tiempos de silencio y reflexión para terminar reenviando emotivas fotografías con interminables cadenas de whatsap.
 
Este luto virtual no sólo expresa la fuerza de las redes sociales y el poder de las nuevas tecnologías de la información, sino cierta banalidad ante el dolor, el sufrimiento y la memoria. Esta vez, este luto ha forzado cierta irresponsabilidad de algunos políticos como los alcaldes de Valencia y Zaragoza cuando afirman que estos atentados terroristas son producto de agresiones que nosotros mismos hemos hecho, cuando mantienen que se trata de una violencia que vuelve porque nosotros la hemos provocado. Remitiéndose a la guerra de Irak, Joan Ribó y Pedro Santisteve atribuyen este terrorismo a cierto efecto boomerang, como si estos atentados yihadistas estuvieran causados por la foto de las Azores.
 
En lugar de estar callados, conocer con mayor profundidad el Islam y delimitar con precisión el significado de una Yihad muy anterior a la existencia de Blair, Bush y Aznar, estos líderes se suman a la corrección política, a cierto relativismo moral y, sin lugar a dudas, a cierto “pensamiento débil”. Reproducen la misma forma de pensar de quienes justificaban los atentados de ETA diciendo que algo malo habrían hecho Miguel Ángel Blanco, Tomás Zamarreño y el resto de víctimas. Como ya hicieron sus correligionarios de Podemos cuando Otegui salió de prisión, cualquier día nos sorprenden estos alcaldes diciendo que el Abu Bakr al Bagdadi, líder del estado islámico, o Salah Abdeslam, detenido por los atentados de Paris, son “hombres de paz”.
 
Deberíamos prestar más atención a los efectos que este luto virtual está provocando en la deliberación pública y no caer en la adolescentización de los argumentos. Tendríamos que comenzar resistiéndonos a la hipnosis colectiva que se produce cuando la condolencia se reduce al indoloro y gregario gesto de hacer un clik en Facebook.