Lunes, 11 de diciembre de 2017

Poema sobre el Puente de Enrique Estevan

Desde Alicante, en ese descanso de reflexión, que también es vacacional, al que nos invita la Semana Santa, pienso en algo ocurrido en Salamanca que sea reciente y reseñable para el presente artículo y recuerdo que aún no nos hemos felicitado lo suficiente por el nombramiento como “Bien de Interés Cultural” del Puente de Enrique Estevan.

 

    Este merecimiento ha coincidido con la puesta a punto de su estructura, tan necesaria después de impagables servicios cuando la ciudad, dividida por el Tormes, sólo tenía la alternativa del Puente Romano. Fue a finales del siglo pasado y principios del presente siglo cuando el Enrique Estevan se vio desahogado por otros tres puentes, y ahora le ha llegado el momento de su remozamiento.

 

PUENTE DE ENRIQUE ESTEVAN

 

Ortodoxia o no ortodoxia

debiera a muchos pensar

que Enrique Estevan con uve

pudiera ser medieval.

 

Apellido a un puente asido

en honor de un concejal

el año trece del veinte,

 

sólo cien años atrás.

 

Dios quiera y no tenga el puente

neumonía  residual

por pilares bajo el agua

y su salud sea inmortal.

 

Qué orgullo, don Enrique,

qué arte tan encomiable,

don Saturnino Zufiarre,

¡ingeniero del metal!

 

¡Que Salamanca os lo pague

aunque pasen dos milenios,

que vuestros nombres se saben

y el del romano es incierto.

 

Pero no hay que compararlos.

Hoy nos toca hablar del vuestro.

 

Que los siglos nos lo amparen,

que en limpio Tormes refleje,

que corteje catedrales,

que magnetice al foráneo,

que reciba exclamaciones,

que le dibujen de día,

que le retraten de noche,

que le lleven para China,

que acoja a todo el que pase,

que le den antioxidante

         [como suero reparable

y que el puente siempre ensueñe

        [¡una postal memorable!