Martes, 12 de diciembre de 2017

La llaga del costado

Los soldados fueron y quebraron las piernas a los dos que habían sido crucificados con Jesús.  Cuando llegaron a él, al ver que ya estaba muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con la lanza, y en seguida brotó sangre y agua. (Jn. 19, 32 – 34)

Comenta el evangelio de Juan que Jesús ya está muerto, por seguridad o por crueldad inútil, un soldado le traspasa el costado, la ruptura del pericardio hace salir sangre y agua, signos de vida y fecundidad. Lo que intenta subrayar el evangelista no es algo de carácter fisiológico o físico, sino teológico, como dice al final del relato “para que también vosotros creáis”. Testimonia que Jesús en la cruz es el verdadero cordero sacrificado, la fuente limpia de agua viva, que lava el pecado y la impureza.

La muerte de Jesús no fue un error, fue el precio de su innovación, de su rebeldía, de su disidencia y sobre todo de su amor y misericordia sin límites. Nadie apuesta en este mundo impunemente por los vencidos, los desheredados, los crucificados y traspasados, no sorprende acabara en la peor de las muertes. Nuestro mundo está lleno de crucificados y traspasados, ahí están en nuestras fronteras llamando a la puerta miles de refugiados, cientos de personas que huyen de la guerra, que sufren, que viven a la intemperie en un lugar de nadie, dirigiéndose hacia una realidad desconocida y difícil. Tienen en contra todo,  no interesan a nadie, no interesan al poder, ni los partidos, ni las multinacionales, ni los gobiernos, ni las organizaciones internacionalesNo podemos olvidar tampoco aquellos enfermos privados de cuidados, mujeres maltratadas, ancianos abandonados, niños y niñas violadas, cientos de personas hundidas en el hambre y la necesidad. ¡Cómo no gritar el dolor de la miseria humana y la desesperación! ¡Cuántos traspasados Señor, cuántas gentes de la Pasión, cuantas cruces y dolores para sacar a las calles y plazas de nuestras ciudades!

Vivimos en una sociedad donde los desheredados y crucificados no cuentan, una sociedad del cansancio y de la indiferencia, donde es más fácil mirar para otro lado, es más fácil el descarte que el abrazo al prójimo. Una ceguera del corazón nos oscurece la realidad y nos hace insolidarios, egoístas y faltos de hondura para la misericordia. Disponemos de medios para saciar a tantos hambrientos, para incluir en un mundo habitable a tantos excluidos y desplazados, a tantos abandonados al borde del camino. Debemos empezar por abrirnos a la misericordia, esa  capacidad de identificarnos con el otro y a la vez poder liberar su sufrimiento.

Quisiera recordar ahora, aquellos versos don Miguel que tal vez pensara por estos claustros de San Esteban:

¿En qué piensas Tú, muerto, Cristo mío?

Tú que callas, ¡oh Cristo!, para oírnos,

oye de nuestros pechos los sollozos,

acoge nuestras quejas, los gemidos….

(El Cristo de Velázquez)

 

La muerte de Jesús es el éxodo definitivo que nos libera de la esclavitud del pecado y de la muerte. Revela quién es Dios y hasta dónde puede llegar en la búsqueda ser humano. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna. Su carne y su sangre, es la verdadera comida para permanecer en él. Pero es necesario nacer de nuevo, nacer del agua y del Espíritu para poder entrar en la fiesta del Reino. La sangre y el agua simbolizan esa fuerza salvadora de Dios, esa fuerza de su amor y misericordia que manifestamos en los sacramentos del bautismo y la eucaristía.

El mensaje más contundente de Jesús es la misericordia. Somos muy dados a juzgar y a condenar, es necesario reconocerse pecadores y necesitados de misericordia, y así poder ver desde el corazón de Dios. Desde aquí nuestro corazón y nuestros ojos se abrirán a todos los olvidados y crucificados del mundo, con los ojos abiertos podremos ayudar a transformar esa realidad. Nos se trata sólo de hacer obras de misericordia, sino ante todo de ser misericordiosos. Uno conoce la intensidad de su vida por la profundidad de su mirada, “Al final de la vida nos preguntarán: ¿has vivido?, ¿has amado?...¡ojalá podamos enseñar nuestro corazón lleno de nombres!”.