Lunes, 18 de diciembre de 2017

Política de amor y servicios no secretos

Últimamente, sobre todo en las filas de Podemos, se habla mucho de amor, tanto que no sé si de esta manera invocan nuestra conversión para el partido. Por asociación de ideas, en “Sueños de un seductor” asistimos con Woody Allen a la siguiente conversación: “No, por favor, ni me beses; soy creyente”, dice ella. “No importa, me convertiré”, dice él. Esto no es literal, sino algo parecido. Aunque la vida es así cuando mandan los deseos.

Pablo Iglesias, tan aficionado a leer el Diario de Sesiones del Congreso, del que nos ha desempolvado y aireado alguna que otra anécdota, quizá esté pensando en enriquecer dicho Libro con alguna intriga que deje su sello para la posteridad. Y como los temas de amor dan mucho juego no es malo el camino elegido por el líder de Podemos.

De momento, abusando de las prerrogativas de los ciudadanos, puesto que el país está en funciones y no para farolillos con la investidura aún coleando, Pablo, como es de conocimiento general, agotó su última réplica a Pedro Sánchez para contar cómo una diputada del PP bebía los vientos por un diputado de su partido. Él ofreció su despacho para las negociaciones y quién duda que con ello no acabó de “celestino” destacado y en negritas en el Diario de Sesiones. Por supuesto que sí. A mayores, como dicen en nuestra tierra, si también registramos ese efusivo beso con el que Pablo liberó tensiones junto al señor Doménech, ya sería la segunda vez que entraría en dicho Libro. [No se me moleste el señor Iglesias, pero parecía la toma buena con bajada de claqueta de un beso ensayado]. Pero dejemos al señor Iglesias, de quien este humilde columnista aún espera jogo bonito e  limpo por la izquierda y lo demás sean sólo cariñosos gestos de  reafirmación con los iguales, tal como si fuera un “momento Calixto”: “Melibeo soy”.

El amor, cuando no lo queremos llamar sexo, que también, se convierte en el recurso más socorrido para hallar pistas en multitud de campos de la vida. Y como de ahí al espionaje –ya sea en el terreno de la Política o de la Justicia– el camino ha sido muy estrecho, recomendamos, si no la han visto, aquella gran película, “Veredicto final” (no desvelamos el final), en el que el “abogado” Paul Newman es acorralado en un litigio a causa de sus descuidos amorosos. Pero no sólo en esta película, sino que habrá cientos donde las redes del amor dan tema para grandes acontecimientos. Además, quizá por no salir de la senda de aquella Eva bíblica, en no pocos filmes de espías la mala haya sido siempre una mujer. Seguros estamos que en la vida real el número de espías masculinos han ganado por goleada, pero si en una pregunta de urgencia tenemos que hacernos eco de un/una espía de carne y hueso siempre saldrá Mata-Hari. Lo sentimos y no queremos pensar que salga a la palestra sólo por haber sido mujer, sino por bailarina, bella y “pendona”, sobre todo en una  época, la de la primera gran guerra, en la que ser artista estaba muy mal visto.

No obstante, hay para todos, y durante la “Guerra Fría” en la URSS imperó un tipo de espionaje del que fueron víctimas y verdugos no pocos homosexuales, que no por ello queremos referirnos a un tercer sexo, pues la persona gay, indistintamente de su tendencia, también es hombre o mujer. Pero vayamos al hecho en sí, a las trampas en las que cayeron varios norteamericanos en la Embajada rusa víctimas de los encantos de un muchachito adiestrado por el KGB. Así, tras algún tiempo de relación, un empleado del Gobierno se presentaba al diplomático estadounidense y le pedía cortésmente que le facilitara secretos oficiales de su país. Cuando el otro, indignado, le señalaba la puerta, el soviético le mostraba un buen manojo de fotografías de sus escarceos con el “yogurín”. Ante la posibilidad de que esas imágenes fueran enviadas a Washington, que significaría el fin de su vida profesional y familiar modélica, el norteamericano empezaba a colaborar con el régimen comunista, y esto ocurría tantas veces, que la Casa Blanca acabó tomando la única solución posible: una ley, según la cual, la homosexualidad de los funcionarios no sería obstáculo para su carrera en el Servicio Exterior. Bastó esa promulgación para que el chantaje perdiera toda su fuerza.