Robo el título de la serie de Netflix. Cuatro capítulos un tanto angustiosos que reflejan contradicciones de un niño de trece años que mata a una compañera de clase.
Comentarios en instagram cifrados de corazones y colores que los adultos no entendemos. La policía que hace su trabajo dando palos de ciego cuando se trata de buscar una explicación porque aquí el suceso estaba grabado.
La psicóloga se ve afectada y parece perdida a la hora de redefinir los pensamientos del asesino.
El capítulo en el que se muestra la desesperación de los padres incrédulos en un principio y el intento de rehacer su vida con la hermana mayor.
Hace dudar a los que somos padres sobre cómo influimos en la vida de nuestras hijas.
Nada pretenciosa hace reflexionar sobre el descontrol peligroso que puede llevar a una desgracia. El sentirse rechazado cuando las hormonas, tanto testosterona como estrógenos están segregando a tope, puede ser imprevisible hasta para el propio sujeto. Mete miedo a padres, profesores y educadores. Cómo encontrar la mejor manera de acompañarlos en sus riesgos.
Es evidente que escuchar sin juzgar es una buena herramienta. Los padres deben priorizar los hijos ante el trabajo o su propio cuidado. Decir un te quiero y validarlos.
Pero eso no es garantía de felicidad porque pesan mucho las redes y los grupos de iguales. Los conceptos románticos y sexuales a los que tienen acceso condicionan su desarrollo psicológico.
Las leyes van detrás de las conductas y de las desgracias. La escuela tiene también un considerable descontrol para educar en la tolerancia. Los protocolos se quedan en formas y sin contenido que realmente ayude a prevenir.
Los ataques de ira no se deben dejar pasar en la adolescencia sin intervención educativa y psicológica.
Es la época donde más importante es la socialización y la configuración de los recursos para las relaciones amorosas y de amistad.
Las generaciones que vivimos los cincuentones y sobretodo en los pueblos parecían más naturales y sencillas. Había normas sociales y religiosas más influyentes y con códigos más sencillos de interpretar para el adolescente. Ahora los algoritmos parecen no tener límite, ni ética.
Lo curioso es que en este caso no había exclusión social, ni drogas de por medio.
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