Luego sonríe, pone esa mirada, te ablanda y se te pasa. Pero cuando abre el cajón de la mesilla, coge el silbato rojo e inicia la serenata… Toma uno de ellos, o dos a un tiempo, porque conservo varios. El caso es que ya solamente los usa Elena.
Aquella vez también fuimos en autobús, pero lo pagamos de nuestro bolsillo. Aquella vez también fue en Valladolid, delante de la consejería del ramo. Aquella vez también era por la sanidad, porque las reivindicaciones de los médicos y enfermeros de área en Castilla y León eran desoídas y aparcadas tanto por los gestores como por los representantes de los trabajadores. Y aquella vez, también, los sindicatos terminaron parasitando la protesta, la especialidad de la casa. 13 de diciembre de 2018.
En la segunda ocasión volvimos a acercarnos hasta la sede del Paseo de Zorrilla, aunque éramos poquísimos, un número ínfimo, tocábamos a tres periodistas por manifestante, incluidos cónyuges y vástagos que se sumaron para hacer lo que no llegó a bulto. Aún así, salimos en los telediarios del mediodía del sábado. La fecha lo explica: 4 de julio de 2020. Estábamos de moda. A los médicos parecía que se nos escuchaba. Y que esa convocatoria, apenas levantado el primer estado de alarma, hubiera surgido de un foro de médicos ajeno al control de las siglas tradicionales nos libró de la presencia de una sola banderola sindical.
Del silbato también nos defendió aquel día la socorrida mascarilla, que ya no se verá esta mañana cuando sean otros, muchos seguramente, los que caminen hacia la misma Consejería de Sanidad, convocados principalmente por la Unión General de Trabajadores y las Comisiones Obreras, que bajo esas banderas van a marchar, y a silbar, me imagino. Después de abrir su manifiesto acusando de genocida al gobierno del Estado de Israel albergaba la esperanza de que, en un raro alarde de coherencia, renegaran de otros crímenes que se cometen en España dentro de la cartera de servicios sanitarios, pero no.
Tras el alegato pro-palestino, inventariar sus logros, señalar a la sanidad privada como perversa (no lo sé, nunca he trabajado para ella) y provocarme la risa al hablar de puertas giratorias, me han hecho detenerme en la frase que se ha convertido ya en un clásico de estos manifiestos: “los consultorios abandonados”. Como mis silbatos hasta que los saca Elena.
Camino de esos consultorios, de los que me ocupo en varios pueblos que no superan el centenar de habitantes, remotos para mí además de muy queridos, a menudo me pregunto hasta qué punto “el sistema” es capaz de paliar esa sensación de abandono, comprensible a veces, victimista en otras. Siempre me respondo que la clave no está tanto en la estructura como en la persona, en quien de verdad pasa consulta, en quien encuentra sentido a un trabajo, el del médico rural, puesto a menudo bajo sospecha en cuantos planes de reforma sanitaria se han insinuado, redactado o amagado con poner en práctica.
En manifiestos como el de este 15 de marzo en Valladolid siempre terminarán resumiendo el asunto en la dicotomía izquierda/derecha. En otras convocatorias, como la de médicos el 22 de marzo en Madrid, se centrarán las reclamaciones en lo que algunos entienden como desarrollo profesional. Sin embargo, desde algún consultorio “abandonado”, valgan como ejemplo alguno de los míos, se percibe que detrás de tanta aparente defensa de la Sanidad se esconden muchos ataques a la Medicina, y que detrás de tanta aparente defensa de los médicos no ha habido un mínimo de aplomo para defender las bases deontológicas de nuestra profesión. Pues que con sus silbatos se lo silben.
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