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Pentecostés
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Pentecostés

Actualizado 15/05/2024 07:52
Juan Antonio Mateos Pérez

Según los relatos pascuales, al encontrarse con el Resucitado sus discípulos experimentaron el perdón. Así lo proclama Pedro el día de Pentecostés.

JESÚS ESPEJA

En las primeras comunidades está muy presente el espíritu profético. Los profetas contribuyen, junto a otros carismas, a “edificar el cuerpo de Cristo”

J.A. PAGOLA

La fiesta de Pentecostés o epifanía del Espíritu Santo, junto con la Pascua y la Navidad, son las tres celebraciones más importantes del año litúrgico. Los textos de este domingo nos ponen ante la manifestación del Espíritu Santo sobre todos los creyentes que formamos la comunidad de Jesucristo o pueblo de Dios, bien sean sacerdotes, religiosos o laicos. "Pentecostés", en griego, significa "día quincuagésimo", cincuenta días después de la Pascua. Para el pueblo de Israel comenzó siendo la fiesta de la recolección, para luego convertirse en la fiesta de las semanas, donde se recordaba la promulgación de la ley sobre el Sinaí.

Los cristianos celebramos en este día la efusión del Espíritu Santo, donde la ley ya no se pone en tablas de piedra, sino es una carta escrita en el corazón de cada creyente. La comunidad de los discípulos es presentada como el nuevo pueblo de Dios lleno de Espíritu que da testimonio de Jesús, el Mesías. De ahí que Pentecostés sea también la fiesta del nacimiento de la Iglesia.

El libro de los Hechos nos presenta una gran escenografía del acontecimiento de Pentecostés, nos lo muestra como un nuevo Sinaí, con los dos elementos característicos de las teofanías de Dios: el fuego y el viento. El fuego (lenguas de fuego), simboliza la fuerza transformadora del Espíritu que pone en marcha a cada creyente y a la propia Iglesia hacia la misión. Porque la misión de Jesús está sin terminar, ya que ha puesto en nuestras manos su mensaje de liberación a todos los seres humanos en todos los rincones del mundo, sobre todo a los que más sufren y necesitan.

El viento evoca el gesto con que Dios infunde su aliento en el primer hombre en el Génesis, es descrito en Pentecostés como “una ráfaga impetuosa” que no se puede domar y sopla donde quiere. Pentecostés contrasta con la torre de Babel, la pretensión de “ser igual a Dios” que deshumaniza y divide a los hombres. En Pentecostés, diferentes personas de distintas regiones y pueblos se entienden hablando cada una en su propia lengua y desde su propia cultura. Porque uno se entiende con todos en el lenguaje del amor, la solidaridad, la justicia y la liberación de todo aquello que oprime al ser humano. ¿Realmente los creyentes y la propia Iglesia somos personas del Espíritu? O ¿barro sin vida incapaces de prender los corazones y llevar esperanza en esa lengua liberadora del Espíritu?

La sociedad busca a Jesús, no a la Iglesia. De ahí el fariseísmo de muchos dentro de la institución al faltarle un verdadero encuentro con Jesús que ha generado en formulismos, cumplimientos y legalismos, no tanto el encuentro con el hombre actual y sus problemas, con los jóvenes, con la mujer que pide su espacio en la sociedad y en la Iglesia, con los laicos. Las estructuras eclesiales son necesarias, pero deben estar al servicio de la vida y al servicio del crecimiento de la fe, no al mantenimiento de una jerarquía caduca que no quiere mancharse las manos.

Todos constatamos una fuerte crisis dentro de la Iglesia que nos aleja del ímpetu del Espíritu que tuvo en su nacimiento y en ciertos momentos de la historia: la realidad de los abusos de conciencia, de poder y sexuales por una parte de sacerdotes y consagrados; un deficiente liderazgo de la jerarquía más centrada en sí misma que en la persona y en los que sufren; el elevado clericalismo en la vida de la Iglesia colocando al pastor en una posición de exacerbada preminencia sobre la comunidad; el excesivo individualismo parroquial dispersando recursos y estrategias; un fuerte debilitamiento de la fe; una fuerte separación y desencuentro entre la cultura y el Evangelio y sobre todo, el no haber sabido interpretar “los signos de los tiempos” en los últimos años.

No sólo es la fiesta de la Iglesia, también del laicado. Pero muchos laicos comprometidos siguen generando malestar, por esas viejas y nuevas formas de clericalismo, que a pesar del Concilio Vaticano II, se sigue manifestando dentro del clero (cada vez menos) una tutela paternalista y vertical sobre el laicado, exigiendo la obediencia como criterio básico de eclesialidad y no tanto la vivencia de ser pueblo de Dios en comunión. También dentro del laicado, con posturas muy infantiles, exigiendo al clero resolverlo todo, evadiendo responsabilidades y siendo meros ejecutores de sus indicaciones con sus mismas formas autoritarias.

Una jerarquía de la Iglesia más preocupada de mantener las tradiciones se está encontrando con una realidad que ya no dominan. Ahí están la crisis de vocaciones, la necesaria reforma de los seminarios, el envejecimiento del clero y sus obligaciones parroquiales cotidianas dejando de lado la creatividad en el anuncio liberador de Jesús. El estatuto ambiguo de los laicos que ejercen una responsabilidad limitada, la situación de la mujer en la Iglesia con muy pocos cargos de responsabilidad y descartada de responsabilidades ministeriales, el silencio ante los escándalos; se percibe una clara ruptura entre la fe de muchos creyentes y la sacramentalidad de la Iglesia por el alejamiento de su verdadera naturaleza.

No se ven tampoco muchos cambios en las Parroquias, ni siquiera los Consejos Pastorales, meros elementos consultivos, donde la decisión última siempre es del párroco o los sacerdotes. En muchas ni siquiera están constituidos y, si lo están, no se convocan. Por todo esto, se está viviendo un invierno eclesial. En el lenguaje evangélico se vive al “anochecer”, llenos de miedo y con las “puertas cerradas”, al mundo, a los medios de comunicación, a la cultura. Como si no tuvieran alegría, amor, solidaridad, paz, perdón, fraternidad que transmitir. Siguen aferrados a lo viejo y no al aire del Espíritu, siempre nuevo y creador. Muchos viven como piedras en el agua, inmersos en el Espíritu, pero por dentro secos. Debemos todos, la jerarquía, el clero y los laicos, dejar que el amor de Dios nos empape por dentro, aunque a veces tengamos el corazón como piedras duras.

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