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El otoño alrededor de La Fábrica de Harinas
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Itinerarios Salmantinos

El otoño alrededor de La Fábrica de Harinas

CULTURA
Actualizado 13/11/2023 11:35
Charo Alonso

"Agua que corre al ritmo de la modernidad llevando la riqueza de sus arenales, de sus pescadores, barqueros y hombres de huerta que poblaban el río"

En la industriosa ribera del río que nos lleva se posaban, a finales del siglo XIX y principios del XX, las lavanderas, las tenerías que hicieron rico a Miguel de Lis, el constructor de una casa de hierro y cristal, balcón de la ciudad sobre el agua que corre y mueve la muela del molino, tan cerca de donde Carlos Luna instaló su primera fábrica de la luz para iluminar a la ciudad letrada, lenta y sumida en el paso del agua. Agua que corre al ritmo de la modernidad llevando la riqueza de sus arenales, de sus pescadores, barqueros y hombres de huerta que poblaban el río. Ese río donde en los años sesenta se represaba el agua, aceña del Muradal y nadaban los muchachos como mi padre y Dato Moro, quien rompía el hielo cuando los otros no se atrevían.

Hasta su llegada a las aguas del Duero, llevaba el curso del Tormes su rosario de pequeños molinos para moler el trigo de los campos, precarias estaciones de luz para iluminar los primeros tiempos de una electricidad que revolucionó el trabajo de nuestros días. Porque al principio era el agua la que hacia girar el torno del alimento, la que molía el fruto de los campos que atravesaba el río. Agua para hacer funcionar la turbina del corazón, poleas y transmisiones dentadas para convertir el grano en harina que se hace hogaza nuestra de cada día. Agua que acaricia este edificio donde habita el polvo de la molienda, ladrillo rojo de la harinera “El Sur”, instalada a la vera del río con su maquinaria suiza precisa como reloj.

Guarda el edificio sobre el Tormes su secreto dulce que recorremos en la pasarela feliz adentrada en el otoño de los árboles que moran en el río, raíz de agua, agua que cierra la esclusa enclavada al lado de la fábrica que ojalá podamos pronto visitar de nuevo. Pero cuán hermoso, a través de la lente de José Amador Martín, el otoño abrazando el reborde del edificio donde El Hotel Casino tiene en sus bajos un comedor delicioso en el que ver pasar el agua, asomados a los árboles de la ribera sintiendo que la fuerza de la corriente nos muele el corazón al ritmo del torrente que corre por debajo de nuestros pies, turbina como bomba que late y acaricia el cuerpo de ladrillo, piedra, madera y hierro de la antigua harinera.

Recorre Amador el hermoso exterior de este edificio para el pan nuestro de cada día, envuelto en los ocres de un otoño que merece la oda de Keats, verdad y belleza a cada hoja que acaricia la mirada, luz tras la lluvia, río que nos lleva junto a la muralla de la ciudad letrada, bajo el puente romano, bajo el puente de hierro que peina las aguas. Tiene la ribera del Tormes un otoño exquisito de gama dorada, confundida con la piedra de los monumentos que se miran en sus aguas, molienda de la belleza que es nuestro pan de cada día de las orillas industriosas, ahora ocupadas por el paso del paseo. Riberas bordadas de ramas de oro, tiempo de hojas que acarician la lente enamorada.

Sobre el río, nave asentada en el agua, barco quieto, la fábrica de harina se deja mecer por el agua que pasa bajo su quilla y la acaricia y se represa entre los árboles por donde los patos, las pollas de agua, los visones llegados de no se sabe dónde, viven su orilla de sorpresa. Rincón que recorre el fotógrafo, embriagado de otoño, ebrio de ocres que acarician la silueta de una ciudad tendida sobre las ramas doradas. Sobre el río que nos lleva, navega la fábrica quieta, y nos permite recorrer, en su orilla de hierro, la vereda otoñal que suena a agua. Agua que corre, agua que muele la mirada dorada.

Amador Martín, Charo Alonso.