Italia no es una bota, es una bicicleta

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“Todo es dulce y suave... Y tiene el color de las cosas de Italia”

 

                                                                                                                   (Henry James)

 

Si me tuviera que quedar con una sola imagen de Italia o con una sola obra de arte de tantas como nos ha legado el país transalpino en sus diferentes manifestaciones; si por una fatalidad del destino no pudiera elegir más que uno de sus paisajes y se me exigiera decantarme por los olivos de esa Sicilia amable que al mismo tiempo ruge a través de sus volcanes o por la isla de Capri o el encanto marinero de Amalfi; si debiera elegir uno solo de los mares que circundan la península o entre Alpes, Dolomitas y Apeninos; si en pleno estallido de la primavera solo se me autorizara a cortar un manojo de violetas, gladiolos o buganvillas; si en uno de sus restaurantes se me diera a escoger entre comer y beber debiendo optar, de esta manera, entre su gastronomía y sus vinos; o si, por escasez de combustible, solo pudiera visitar Rávena, Roma, Siena, Pisa, Florencia, Bolonia, Ferrara, Milán, Verona o Venecia, pero ninguna otra, ¿cómo quedarme con una sola? Y, peor aún, si por el obrar de un Mefistófeles solo me fuera concedido amar a una sola de entre todas sus Julietas, lo reconozco, moriría de celos al no poder tomar al resto. Por eso, para evitar estas elecciones condenatorias, de entre todas las Italias que conozco, me quedo con el Giro.

 

El Giro de Italia, nacido en 1909 del vientre de la Gazzetta Dello Sport, lleva ciento seis años –con las interrupciones lógicas, y absurdas, que conllevaron las dos guerras mundiales–, fotografiando los avances y retrocesos de un país que, como todos, viene definido tanto por su geografía como por su historia. Qué curioso; tiene el pedalear fatigado de los ciclistas, el avance sinuoso de ese pelotón golpeado por las inclemencias del tiempo, la capacidad de arrastrar mareas de población a las cunetas, aun en tiempos de hambre, y de mostrarnos, a través de los rostros ilusionados de los lugareños, todos esos espacios rurales que no le interesan a la globalización, esos pequeños nidos de almas cuya suma de votos no alcanza para lograr un escaño y que, quizá, por ello, se encuentran del lado no visible de la Luna.

 

Pero además de un espejo en el que se mira una patria, el Giro, a través de las gestas de sus héroes, es también la proyección de lo que el hombre corriente no es capaz de soñar, siquiera, en una noche de fiebre. En el dominio de Binda durante los años veinte, en los duelos a cara de perro –aunque no exentos de honor y de compasión– entre Bartali y Coppi, así como en el pedaleo celestial de Anquetil o en el hambre voraz de Mercx, veían, igual el campesino de los Abruzzos que el marinero de la Calabria o el ganadero del Piamonte, a seres uncidos por un aceite sagrado. Eso mismo les ocurría a los sastres venecianos o a los ingenieros de la Fiat en Turín cuando, pasmados, observaban cómo Hinault o Indurain extendían el dominio que venían ejerciendo en el Tour a este otro lado de la gran cordillera. Por no hablar del malogrado Pantani y de su prodigioso balanceo hacia las cimas del Mortirolo, el Stelvio o el Pordoi antes de que un positivo por hematocrito alto le envolviera en una espiral de drogas y autodestrucción que le conduciría al suicidio.

 

La historia del Giro, más allá de ser también la de la Italia contemporánea, viene a resumirse en la ascensión que Andy Hampsten realizara al Gavia (2621 m) en la decimocuarta etapa de la edición de 1988, en medio de una tempestad de nieve, (ver fotografía abajo) en la jornada que las crónicas del día siguiente definirían como “la etapa en la que los grandes hombres lloraron”. Aquella tarde, el ciclista norteamericano sentenció la victoria en una carrera a la que, cuesta creerlo viendo las condiciones en que la terminó, volvería el año siguiente. Sucumbió Hampsten, como lo haríamos todos, o quizá no, a ese ardid propio del Giro que pasa por esconder la crueldad de sus cuestas tras la belleza de sus recorridos y sus gentes. Y es que está en el código genético de la prueba disimular el patetismo del máximo esfuerzo tras la armonía de colores y formas que articulan sus paisajes. Así es el Giro, una disputa entre lo terreno y lo ideal, entre lo crudo y lo excelso. Así es también Italia en sus contradicciones y, por favor, se lo ruego, no me hagan elegir. Déjenme tomarla por completo, aunque solo sea durante las tres próximas semanas.  

 

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