Jueves, 20 de junio de 2019

Harina de otro costal

"El pan de entonces estaba hecho con harina de otro costal. El del alma, el del cariño, el de la amistad. El del pueblo", escribe Gago, natural de la localidad zamorana de Cañizo

En Cañizo (Zamora) había dos panaderías, dos hornos de pan, el del Fifín y el de Melitón.  Unas veces mi madre me mandaba a comprar el pan a un sitio y otras a otro. Con las dos panaderías nos llevábamos bien. Y digo esto porque lo peor de Cañizo, como en casi todos los pueblos, es que por unos motivos u otros, muchas familias no tenían relaciones.

Es lo malo de los pueblos, donde el resentimiento es intrínseco a la forma de vida de  muchas personas. De niño yo no me enteraba de esas cosas y procuraba llevarme bien con todos. En la escuela nos enseñaban a ir por el camino de la amistad, aunque no siempre con los métodos más adecuados, sobre todo aquellos maestros que nos castigaban más de la cuenta, e incluso nos pegaban con la regla o una vara en los dedos de la mano juntos cuando no sabíamos la lección. Los libros tenían, en cambio, contenidos más dulces.

No siempre era fácil seguir el sendero de la bonhomía cuando ibas creciendo y, paralelamente, conocer los entresijos de las enemistades entre familias, muchas veces por cuestiones políticas, casi todas procedentes de los tiempos de la Guerra Civil, y otras por el desacuerdo en la linde de una tierra o intereses opuestos en la era, el litigio sobre un viejo pajar o el desacuerdo por un tapial.

[Img #288547]Comprar el pan era un acto diario, obligatorio y necesario, tanto como el comer. Porque ninguna comida puede resultar sin el pan, pero menos antaño. Y es que en aquellos años de mi niñez en Cañizo se hablaba del pan candeal como una bendición del mundo rural. El pan del trigo candeal era el que mejor miga hacía, el que más consistencia daba a las hogazas, el de mejor sabor. El pan candeal era media comida. Recuerdo que había otras clases de trigo, como el San Rafael o el Pané, pero la gente prefería siempre el del candeal. Los panaderos, para mi, y creo que para todos los del pueblo, eran personas importantes, dependíamos en ellos en buena medida y se notaba. Fifín, que se llamaba realmente Onesíforo, era una persona paciente, tranquila, sufrida y discreta. Y Melitón siempre me pareció una buena persona, muy entregada a su panadería.

   Las sequías en las tierras de secano solían ser frecuentes y a veces la cosecha, que allí llamábamos senara, era muy escasa. Y es que en los años cincuenta y sesenta las tierras daban peores cosechas que en años posteriores porque apenas se abonaba ante la falta de posibles, ya que el guano, o nitrato de Chile, tenía un coste a veces prohibitivo. Por si fuera poco,  además  entonces no se le echaba herbicida. Crecían más las malas hierbas, o la gatuña, o la grama, o los cardos, por lo que los trigos daban los justo para que las familias pudieran comer y pagar los gastos. Entonces a los panaderos se le pagaba con trigo. Comprabas el pan y tanto en la panadería de Fifín como en la de Melitón te anotaban en una cartilla el gasto, que se pagaba al final de mes o bien con los acuerdos que mi padre tuviera con ellos mediante determinados kilos de trigo.

   El olor de las panaderías era extraordinario, un olor a leña y harina, un olor a masa, un olor fraterno y de cariño. El pan era fundamental en la alimentación de aquellos tiempos y por eso era un rito casi religioso tanto su forma de hacerlo como su compra. En la panadería siempre se producía el intercambio de pareceres de unos clientes con otros, con los panaderos o con sus hijos. Fifín tenía dos, José Luis y Miguel, y Melitón dos chicas, Paqui y Lola. Lola me despertó a mi al amor, o algo así, al amor juvenil, etéreo y soñador, fantástico, y por eso a mi me entusiasmaba ir a comprar el pan a su panadería;  sólo por verla. Casualidades de la vida, Miguel Caldero, el hijo pequeño de Fifín, pasó a ser mi gran amigo en la juventud, paralelo al sentimiento que siempre tuve con Tarito, un amigo entrañable y único que también lo es de Miguel. Juntos, pasados los años, con otros, como Manolín y Blasito, le damos al pan con chorizo, a los callos con patatas, al pollo en pepitoria o a las chuletillas a la brasa. Siempre con abundante pan, porque seguimos siendo paniegos, y regado con vinos de José Luis y Miguel y otros que tampoco faltan llegados de otras tierras.

    A Lola el tiempo la llevó a otros lares, como a mi, lejos de Cañizo, y nunca más la volví a ver. Pero el sabor del pan que hacía su padre y su madre, y ella misma amasó, siempre lo llevo conmigo. Y es que el pan es el alimento por excelencia, una religión pegada a nuestro cuerpo.  Sin duda, el pan de entonces estaba hecho con harina de otro costal. El del alma, el del cariño, el de la amistad. El del pueblo.   

Aniano Gago

Periodista y escritor

Fotografías: Hipólito Martín