Miércoles, 26 de febrero de 2020

Hojas sueltas de Teresa

"No tengas pena, que yo te daré libro vivo." Esto es lo que cuenta en su "Libro de la Vida" Teresa Sánchez de Cepeda y de Ahumada, que le dijo El Señor cuando le impidieron que leyese los textos que le eran queridos.

 

Recientemente se inauguró en Ávila, y en Alba de Tormes, la edición conjunta de la vigésima edición de las meritoria muestras de "Las Edades del Hombre" con el que comienza el Año Teresiano que celebra los 500 años del nacimiento de la santa Teresa de Jesús.

 

Fue Teresa gran mujer en tiempos de hombres grandes, y donde abundaban los chicos; de carnes en constante flaqueza de salud, y de espíritu huidizo y muy recadero. Nació un 28 de marzo de 1515,  miércoles de pasión, en tierras de Ávila, tal vez en la capital de la provincia, o puede que en la localidad de Gotarrendura, donde su padre tenía casa, hacienda y un palonar donde la niña empezaría a levantar el vuelo. Y se le fue la vida en el afán de fundar conventos como quien siembra por la tierra nidales para los voladores del espíritu, y en la mucha pasión terrena que en todo ponía lo lunes, los martes, y demás días de la semana.

 

Es una reina de las letras castellanas, y su lectura resulta próxima y cercana, acaso por aquella "gracia descuidada" que dijo que tenían sus textos Fray Luis de León, quien no en vano fuera editor e introductor de la primera edición de el " Libro de la vida" ( Salamanca, imprenta de Gillermo Foquel, 1588).
 

Así, por ejemplo,les decía a sus hermanas que no pretendieran alcanzar a Dios a través de grandes andamiajes místicos, pues a éste se le podía encontrar trajinando en los fogones, atendiendo el bullir de los pucheros.

 

Y sin embargo, en qué alturas tan insondables lo encontraba a veces ella.

 

Y no de forma muy diferente ocurre en estos tiempos de tantos gastronómicos y gástricos dioses de la cocina; y de fusiones, decostrucciones,espumas y nitrógenos varios con que nos mistifican los recetarios estos masters chefs de muchas estrellas, y algún que otro michelín. 

 

Y es que hasta unas lentejas con chorizo se nos quieren volver hoy etéreas.

 

La mujer viva, la de letra vivificadora, la de no poco astucia y mucho coraje, la que andaba los caminos y se llenaba las sandalias de polvo, es la que me interesa a mí, y no la de las reliquias en cajitas de plata.

 

Y qué cosa no será eso de los milagros, que en estos tiempos de tan generalizada podredumbre, es el contenido de los relicarios de lo poco incorruptible que queda por el suelo patrio.

 

En fin, amigos, os recomiendo la muestra de Alba de Tormes y Ávila, ciudades que por lo demás bien merecen una visita. La muestra no nos muestre acaso el arte de Teresa, pero sí  el arte de varia sacrilidad que hizo brotar en los siglos en torno a su figura. Y si no os es posible acercaros, pues nada, recordad que ella nos dijo que hay un gran bibliotecario por el mundo dándonos constante lectura viva que atender.

 

Y que os deis un paseo por sus letras,también, que no os resultarán fatigosos los afanes diarios que nos cuenta la monja, y sí cercanos, mundanos, como vueltos a caminar por estos tiempos. Será porque los trajines de alguien con el mundo, consigo mismo y con sus dioses altos o pequeños, no mudan  de naturaleza  con los siglos.

 

Acaso Teresa quiso que su prosa fuese llana aunque no prosáica, pues para mí tengo que ella mísma les dio cilicio a sus letras. Sospecho que el desgarbo que se atribuye a su escritura odedece a la intención de salvar sus hojas, pues con el ayuno de expresión y la abundante poda de  los ramajes de sus párrafos, la santa se hacía tolerar sus textos por parte de los inquisitorios. Todo fuera por evitar la disciplina de rueda que vio le daban los calzados a aquel frailecillo coetáneo suyo, Juan de Yepes, que por vuelos tan subidos hubo de pagar largas agonías, sí, pero que llegó a alturas verbales tales, que aún hoy pocos han escalado. Sobre este amigo de la monja que nos ocupa, san Juan de la Cruz, y que fuera quien primero clamara por la publicación de su libro vital, os recomiendo el mágico librillo del maestro de la prosa castellana José Jiménez Lozano "El mudejarillo" ( Ed. Anthropos, 1992).

 

Ay, a uno le da por pensar, qué no hubiera alcanzado Teresa también de haber podido volar a sus anchas.

 

Y es que aquellos varones rebstidos con su brea intransigente, no entendían las glorias que que aquella mujer iba diciendo por los campos.

 

Pero esto quién puede saberlo.

 

Acaso sólo las palomas que zurean en esas pagodas de la distancia, en esas ermitas donde rezan los vientos transehuntes, en esas fondas donde reposar los vuelos  que siempre han sido los palomares de Castilla.

Fotografía: página viva en Alba de Tormes, domingo 22 de marzo de 2015.