¿Por qué correr?

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No sé cómo se llama, ni si tiene familia. Sólo sé que lleva gorra, cuando el sol calienta, y guantes, cuando hace frío, como complementos estacionales de sus innegociables mallas y de su camiseta transpirable. Su piel evidencia cierta senectud, aunque nadie osaría llamarlo “¡viejo!” para interpelarlo. No, al menos, después de verlo correr. Él y yo nos encontramos siempre que consigo vencer la pereza y enfundarme las zapatillas, lo que sucede en torno a las ocho de la mañana tres o cuatro días al mes, tal vez cinco. Siempre lo adelanto por la izquierda, siguiendo las normas de circulación, y nunca me atrevo a saludarlo para no alterar la soledad del corredor de fondo (novela de Alan Sillitoe llevada al cine por Tony Richardson). Sospecho que si no nos vemos más es por mi falta de constancia e intuyo, también, que mis cinco kilómetros de rigor son solo un calentamiento para él.

 

Aunque no haya caducado aún el uso de la expresión “poner pies en polvorosa”, hace mucho tiempo que correr dejó de ser un acto de supervivencia. Con el nacimiento del estado moderno nos dotamos de cuerpos de seguridad a los que concedimos el monopolio de ejercer la fuerza en el nombre de todos. Los servicios de mensajería, por su parte, enviaron al paro a los Filípides de turno y los sustituyeron por animales de monta, carruajes, trenes correo a vapor y así hasta llegar a los actuales medios de transporte y comunicación. Y para cazar, por supuesto, ideamos proyectiles que nos permitieron alcanzar el objetivo sin tener que jugarnos el pellejo. ¿Por qué correr entonces? Esa es la pregunta que lanza al aire el que asiste desde fuera, como un espectador resabiado, al patético espectáculo que ofrecen, a sus ojos no enseñados, los corredores de larga distancia. Después de unos minutos observando a seres jadeantes, y con los ojos desorbitados, que tratan de mover una pierna delante de la otra, y a la inversa, resulta lógico que surjan dudas sobre la conveniencia, la utilidad y el sentido último de tan agónico esfuerzo.

 

Deseoso de aportar una respuesta e incapaz, como soy, de articularla en base a mi corta experiencia, (en tiempo y distancia) acudí a uno de mis escritores fetiche, Haruki Murakami, y a su obra De qué hablo cuando hablo de correr, más que un ensayo –puede que un avance de sus memorias–, sobre su trayectoria como corredor de fondo, como “corredor en serio”, tal y como él mismo se definió toda vez que empezó a cumplir con la media de sesenta kilómetros semanales. No es que su lectura esclareciera, una a una, todas mis dudas, aunque sí me permitió comprender que lo que, habitualmente, empieza siendo un instrumento para mejorar la salud física y mental, (en su caso para mejorar sus hábitos de escritura) termina derivando en una actividad esencial de quien se ve infectado por el germen. Entendí también que correr es solo otra faceta más de la lucha que cada individuo mantiene contra sí mismo y en la que el tiempo juega el papel de juez insobornable, aunque sean las sensaciones; la de incertidumbre antes de la carrera, la de flujo durante y la de satisfacción, una vez finalizada ésta, los principales alicientes para seguir sufriendo y disfrutando.

 

Pese a que gocé de su lectura y aunque, por momentos, durante la misma, logré ponerme en las zapatillas del autor, siento que la de Murakami, por especial que sea su figura para los que adoramos su prosa fantástica, es solo una experiencia más. De ahí que anoche dejara bajo mi cama las deportivas. De ahí que ahora, después de poner punto final a esta columna, me disponga a salir a correr. Hoy, seguro, al adelantarlo, en vez de hacer un alarde de juventud me situaré junto a él e interrumpiré por unos minutos su soledad. Y charlaremos. Sobre su bendita locura y la de tantos otros. Quizá él tenga la respuesta.