Jueves, 13 de agosto de 2020

A kind of magic

[Img #234934]

Qué tal, cómo estáis. Imagino que con muchos columnistas con los que comparto cartel no se hicieron necesarias las presentaciones, pero por conocido que sea en mi casa, principal fuente de lectores de todo escritor novel, siento que debería dar, al menos, un par de indicaciones. Mi nombre, el importante, con el que me conocen en los bares, es Juanjo, y de entre todas las credenciales reunidas hasta la fecha, dado que voy a importunarles hablando de deporte, creo que les interesará saber que soy entrenador superior de baloncesto. Oficialmente en prácticas, corrijo. Siempre en prácticas, de hecho. Como todo el mundo. Bienvenidos.

A propósito de mi primera e indiscreta irrupción en este espacio de encuentro que siempre ha sido, y debe seguir siendo, la prensa, y para que nos vayamos conociendo, mi cuerpo me pide indagar en las motivaciones que me impulsan a escribir sobre el deporte y sus protagonistas. Elixir de recurrentes ensueños juveniles y profesión, en cambio, para unos pocos, muy pocos, privilegiados; el deporte se ha convertido en un complemento indispensable de la vida corriente de muchos ciudadanos, quienes, en muchas ocasiones, no encuentran mayor aliciente o expectativa que la de poder disfrutar de un buen (o mal) partido de fútbol, baloncesto o balonmano. O de una carrera de motos o coches. O de una vuelta ciclista. O de todo lo que ello significa, que es, al final, lo que importa.

 

Cierto, a veces el deporte es sólo el pozo en el que volcamos nuestras frustraciones y el deportista, no mucho más que una diana a la que apuntan nuestros dardos cargados del veneno que escancia, sobre ellos, la rutina. Pero es mucho más. Y no hablo sólo de la identificación casi mística con unos colores o de la percatación narcisista de que ese Nadal, o esa Mireia Belmonte, no son más que uno mismo si uno mismo se hubiera entrenado como ellos, desde pequeñito.

 

Que va, es mucho más, me repito. En la lucha el hombre se hace más hombre y encuentra sentido a la propia lucha. En el triunfo aprende a sobrellevar la gloria, equivalente en gramaje, aunque no lo crean, al peso de todas las derrotas juntas. A ambas, victorias y derrotas, nos invitaba Kipling, en su inmortal poema “IF”, a tratar de impostoras porque creía, desde su elevado concepto del ser humano y la naturaleza, que lo que da significado a la existencia es, por encima de los eventuales logros, el esfuerzo.

 

Lucha, por cierto, que nos enseña no sólo el primogénito fútbol que, en virtud de su mayorazgo, condena al resto de hermanos a trabajar como colonos la tierra, sino también la que muestra el remero en el Támesis, el regatista ante los embates del mar o el alpinista, mientras reza, aunque no crea en Dios, para que no se le venga abajo la montaña. Y tantos y tantos otros, aunque su desempeño no sea tan épico. De ahí que esta columna nazca con vocación polideportiva. Por amor y por justicia.

 

Desde este espacio intentaré expresar lo que me provoca la contemplación de todos esos esfuerzos tratando de ver más allá de lo que nos enseñan las cámaras que no es otra cosa, a fin de cuentas, que el retrato del “después” que se compara con el “antes” y con “el otro”. Así, aunque no tengamos forma de conocer cómo fue, paso a paso, el camino, trataré de leer entre las líneas de las marcadas arrugas del atleta, o en los amoratados y pálidos tonos de las ojeras del nadador, lo que se esconde tras esas dos impostoras “kiplingianas” sobre las que tantos juicios apresurados gustamos hacer.

 

Y bueno, no sé si llamarlo arte o reservar aquella denominación a imitaciones menos agrestes de la vida. En cualquier caso, lo reconozco, me he emocionado leyendo pasajes de novelas, observando pinturas que hablan o escuchando valses y danzas, pero nunca tanto como cuando Nadal venció a Federer en la final de Wimbledon de 2008 con la central del All England Club en la más absoluta penumbra. O como cuando Iniesta conectó un, por lo demás, vulgar derechazo a la red de los holandeses cuando el destino de los sueños de varias generaciones (incluida la de mi abuelo, que tenía entonces 102 años) parecía avocado a dirimirse en una tanda de penaltis. O como cuando Severiano Ballesteros murió y pude constatar, con ello, lo querido que fue allende nuestras fronteras por hacer del golf A kind of magic.

 

Esa misma magia es la que siento cuando practico y sigo el deporte y la que después me impulsa a sentarme a escribir. Todo lo demás lo hacen mis dedos, independientes de su dueño, como ahora, que sin mi permiso han decidido escribir GRACIAS. Pues eso, gracias, y, si comparten la pasión ya lo saben, hasta la próxima.