Viernes, 23 de octubre de 2020

De toda la vida

De derechas de toda la vida, de izquierdas de toda la vida. Quién no ha escuchado esta expresión en alguna ocasión al decir de una persona. Nuestras creencias, nuestro “como somos”, suele anclarse en nuestras vidas y determina nuestra existencia en la creencia de que somos lo que pensamos. Pero los pensamientos cambian y no pensamos de la misma manera que lo hacíamos en la niñez, la pubertad, la juventud, la madurez y la vejez, vamos cambiando y sobre todo vamos relativizando los principios o planteamientos que inicialmente parecían la base y fundamento de nuestra esencia vital, que lo éramos y somos.

[Img #467072]Fui educado católico y de derechas. Durante toda mi vida con derecho a voto he militado en un partido de centro-derecha (AP y PP). He pertenecido a sus órganos de gobierno y he acompañado a muchos de los dirigentes en sus carreras políticas. Al mismo tiempo formé parte de la Iglesia Parroquial a la que pertenecía, posteriormente a la Diocesana donde colaboré con Obras Misionales Pontificias, Pastoral Vocacional y Coordinadora de Grupos Juveniles Cristianos. Fui educado como un perfecto católico y como un perfecto conservador. ¿Qué queda de todas estas experiencias?

A lo largo de mi vida he atravesado diversos avatares, muy diversos. He atravesado muchas crisis personales, económicas y afectivas. He experimentado el miedo, la ira, la sorpresa, el hartazgo y la tristeza de una manera muy concreta y determinada, muy singular. He traicionado todo lo que creía ser, he conculcado los principios de mi propia educación. Después de muchos años, cumpliré hoy 50 años (15 de noviembre), les puedo afirmar que no hay nada en este mundo “para toda la vida”.

La Ley de la Impermanencia nos enseña que todo en la naturaleza es perecedero e impermanente. El día, la noche, la semana, el mes, los años, las estaciones…todo evoluciona y cambia y nosotros también. La resistencia al cambio, el pretender ser el mismo durante toda nuestra vida supone un desgaste energético brutal impropio de nuestra naturaleza que, dicen los científicos cambian cada cinco años, sí, al parecer cada cinco años no queda ni rastro de lo que somos, hemos cambiado todas las células del cuerpo. Más nuestra mente pretende permanecer y provoca la tiranía de la defensa de lo que creemos que somos frente a lo que realmente somos.

Si algo es consustancial al hombre es el cambio y quien se resiste al cambio tendrá en su vida un grandísimo reto por delante: Permanecer. Ni más ni menos que ir contra su propia esencia.

El equilibrio entre lo que debo de conservar y lo que debo cambiar lo denominamos SABER FLUIR, sin resistencias, deseos o apegos, con la confianza puesta en que lo que tiene que ser será, con el abandono propio de quien sabe que está en manos del mejor, que tiene como aliado al invencible y que no es otro que el AMOR (el amor esencial de que estamos hechos). Solo quien confía en el AMOR que es, encuentra el valor de lo impermanente, de lo único que perdura, de lo que no se agota, de lo que no tiene límites, de lo que no se cansa, de lo que siempre existe.

Hoy puedo decir que lo que permanece, que lo que queda, contestando a la pregunta que antes formulé es, un gran agradecimiento a todo cuanto en la vida pasado experimenté (incluso lo más doloroso) y un gran AMOR por lo que en el ahora representa mi presente, con un gran esperanza en el futuro. Encontrar el AMOR que somos, pues hemos sido creados a imagen y semejanza de ese AMOR, somos hijos de ese AMOR, es la aventura que todo ser humano tiene por delante en la vida y no otra.

SIEMPRE ADELANTE