Miércoles, 24 de julio de 2019

Entre el cielo y la tierra. Anástasis.

[Img #89858]Junto a las murallas de Estambul, siguiendo la anarquía de las calles, en un desorden resistente a cualquier clasificación, nos encontramos con un lugar realmente bello y con una gran profundidad teológica en su representación pictórica y estética. Allí pudimos contemplar uno de los más bellos ejemplos de Iglesia bizantina que pueda contemplarse en la actualidad, el monasterio de Salvador de Cora (hoy sólo iglesia) o del Campo, ya que la iglesia estaba en un principio extramuros de la ciudad de Constantinopla. Después de santa Sofía, san Salvador es uno de los grandes espacios cristianos y artísticos de Estambul. Es considerado como el culmen de la teología iconográfica de la resurrección, junto al icono de la Trinidad de Andrej Roublëv.

 La primitiva iglesia estaba formada por una única planta cuadrada, con un nártex y un ábside semicircular. Teodoro Metoquita le hizo añadir el exonártex y el parakklesion, encargando también la decoración de mosaicos y frescos, que fueron realizados entre 1305 y 1320. El autor fue ministro de Andrónico II, un gran humanista, maestro Gregorás y uno de los mayores partidarios de la unión entre la iglesia católica y ortodoxa. Teodoro Metoquita, que se hace representar en el tímpano del nártex ofreciendo la maqueta del proyecto a la Virgen y con la cabeza cubierta por un gran gorro oriental que llevaba el distintivo de su cargo. Al restaurar el monasterio de Cora, incluirá un hospital y un comedor de beneficencia y se construirá su propio palacio al lado. Pero no queda nada del palacio, ni del monasterio, sólo la iglesia, hoy convertida en museo.

[Img #89861]La Anástasis (resurrección),  parece que está influido por los doce capítulos del descenso de Cristo a los infiernos, refundidos con las actas de Pilatos, dando lugar al evangelio de Nicodemo. Los pocos textos del canon, son escasos y difíciles de interpretar (1 Pe 3,19s.; 4,6; Ef 4,9; Rom 10,7; Mt 12,40; He 2,27.31). El Speculum historiale de Vicente de Beauvais y la Leyenda Dorada difundieron el relato del Evangelium Nichodemi en época bajomedieval. El descenso a los Infiernos, fue un tema de reflexión y de utilización en la liturgia medieval, sobre todo la Oriental, le concede un gran protagonismo en el oficio del sábado santo y en la liturgia dominical. Pero no faltan referencias al tema en Occidente, sobre todo liturgia galicana e hispánica son especialmente ricas en referencias al misterio de la bajada al infierno. El viejo rito hispano multiplica las menciones en las oraciones eucarísticas del tiempo pascual y en los ordines de la liturgia funeraria.

En estas obras finales de Salvador in Cora, se optó por el fresco, bastante más barato, pero con una gran riqueza cromática y un dibujo muy cuidado que reflejan una enorme emotividad. Expresan movimiento y hay una ausencia de frontalidad de otras épocas, con lo que muchos autores las han comparado, con lo que en ese momento estaba produciendo Guiotto en la capilla Scroveni de Padua.

El tema de conjunto de la iglesia era la salvación de la humanidad, que se manifiesta principalmente, en los milagros de Jesús, en el Juicio Final, y sobre todo en la Anástasis, que preside el ábside. Jesús con túnica blanca, rodeado de una luminosa mandorla, en medio de la oscuridad, toma de las muñecas Adán y Eva, sacándolos del Sheol, rompiendo las puertas del infierno y llevándolos hacia la vida.

[Img #89856]Un autor ortodoxo (O. Clement) comenta este icono: “Cristo desciende a los infiernos para destruirlos; es de una blancura relampagueante, pero ahora ya no está en el monte de la transfiguración sino en el abismo de la angustia y de la asfixia tenebrosa. Uno de sus pies, con un gesto de increíble violencia, rompe las cadenas de este mundo. La otra pierna, con un movimiento de danza, de nado, empieza ya a subir de nuevo, como el nadador que después de haberse zambullido en el fondo,  toma fuerzas para regresar al aire y a la luz. Pero es Él el aire y la luz. El aire y la luz son irradiados en su rostro en el fulgor del Espíritu Santo y ahí está su gesto liberador: con cada mano Cristo agarra al Hombre y a la Mujer. Y no por la mano, porque la salvación no se negocia, se da. Así, los arrastra fuera de sus tumbas. Ninguna sombra, todo rostro tiene la luz del infinito…, ninguna separación, todos los rostros son llamas del mismo fuego. Y la finalidad no es la de conseguir la inmortalidad del alma, porque inmortales ya son las almas en el infierno. Cada rostro es de esta tierra, pero de esta tierra que ya ha sido plasmada con el cielo…”

Toda experiencia religiosa, tiene su mejor expresión en la razón simbólica. Es cierto, es una labor de traducción de algo que nos transciende, de lo intraducible, de lo indecible. Pero es uno de los mejores medios para expresar la experiencia humana con lo transcendente. Un ejemplo de esto está, en la excelente interpretación de la bajada a los infiernos que nos realizó el J. Ratzinger, en obra Introducción al Cristianismo. En la revelación cristiana habla el Dios de la palabra, pero también el Dios del silencio. El teólogo interpreta como la bajada de Jesús a la soledad radical al afrontar lo más recóndito de la existencia humana, la muerte real. Nos recuerda que el silencio de Dios, es parte de la revelación. Estamos acostumbrados al Logos, Dios es palabra, pero con eso no hemos de olvidar la verdad del ocultamiento permanente de Dios, sólo si lo experimentamos como silencio, podemos esperar escuchar un día su palabra que nace del silencio. La muerte es la soledad absoluta, es una puerta por la que tenemos que pasar solos. Así se comprende que la palabra Sheol, en el Antiguo Testamento se utiliza tanto para designar la muerte como el infierno. No es el mundo del no ser, es el mundo de la muerte ¿Pero qué es la muerte? Nadie lo sabe. En el grito de Jesús en la cruz o en su pasión en el huerto, no nos habla sólo del dolor físico. Más allá de ese dolor físico, está ese abismo de la muerte, donde se vive la más angustiosa soledad, el completo abandono, donde no llega ninguna voz, es lo más alejado de la vida. Es la región de la angustia, donde el ser del individuo choca con lo imposible, la imposibilidad de ser, de la soledad radical.

El hombre en su esencia, no puede estar solo, necesita compañía, es un ser social. En su soledad más profunda, el hombre tiene miedo, no de algo, se angustia en su propia soledad, tiene miedo de su propio ser, al terror de la historia, a la inseguridad de su existencia. Miedo que no se puede superar con la propia razón. Sólo se puede vencer, con la presencia de alguien que le ama.  Si en su soledad y abandono, nadie pudiera dirigirle una palabra, una mirada, una mano tendida de amor, estaría en una auténtica soledad radical. Esa soledad, se podría perfectamente llamar infierno. Sólo hay infierno en el encerramiento en sí mismo, en los egoísmos y en los abandonos de sí. En lo más profundo de nuestra existencia mora el infierno, la desesperación, la soledad inevitable y terrible. En esa soledad, el amor, la palabra no pueden entrar. La muerte, es la puerta definitiva, donde ni palabra, ni amor son posibles de forma irreversible.

[Img #89860]En la cruz y con el grito terrible, “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado”, Jesús supera esa soledad radical e irreversible, la noche oscura y terrible del espíritu, el desgarramiento del corazón, la duda más profunda y la tremenda tentación de la desesperación. De su corazón surge una oración, el inicio del salmo 22, en el que Israel doliente, torturado y humillado le grita a Dios con desesperación su desgracia. En su pasión Jesús penetró en el abismo de nuestro abandono, bajó al sheol, a los infiernos, y llevó la palabra allí donde no hay voz. Con él lleva a Adán y a Eva, símbolos de la humanidad entera, la muerte deja de ser infierno  y ahora mora el amor y la vida. La bajada de Dios al silencio, al oscuro silencio de la ausencia, ya no conduce a la soledad y al sinsentido. Con la muerte de Jesús, se han abierto las puertas del Sheol, se han abierto los corazones, se han abierto las sepulturas, en ellos habita el amor y la esperanza.

Me dices que ansías

mi soledad

cuando soy yo el que ansía

la tuya.

Suponemos que en nuestras soledades

escuchamos voces llenas de secretos,

músicas turbadoras que nos llevan

el uno al otro.

 

Pero la soledad es una música

que duele:

nos araña la mente y nos llena

de sed el alma,

y nos aleja

y nos aleja

 

Antonio Colinas, “Signos de la piedra XIV” de u obra Canciones para una música silente. Madrid, Siruela, 2014.

[Img #89857]