Martes, 23 de octubre de 2018

Quién sabe

Mientras nos relamemos tras el último documento que acusa a la Infanta, o fingimos escandalizarnos con la penúltima cuenta hallada a nombre del Tesorero, y la bien engrasada máquina de entretener nos regala un cura con revólver, un ‘escrache’ oficial, el paseo del Juez o el tropezón de la Secretaria, la invisible mano de un poder con minúsculas, por no hacerse notar, sigue redondeando, lijando y puliendo la esfera perfecta de un proyecto de realidad a su medida, una realidad que lucirá espléndida, brillante, compacta y obligatoria durante los próximos decenios. En ese taller oculto en que se encajan las costumbres tradicionales, incluso la bestialidad, con los proyectos particulares de plusvalía, incluso el robo descarado, también se atornillan los bajos instintos de la masa -la venganza, el odio al diferente- a los lugares comunes con que se les regala el oído -la justicia, el patriotismo-, y el insulto se disfraza de necesidad en apetitosa papilla que funde el nombre de los derechos con la naturaleza de las imposiciones. Allí los peones de la cadena de montaje (diputados, ministros, alcaldes…), convenientemente situados en los puestos precisos de la bien iluminada factoría decorada con imágenes de la democracia, cada uno en su nivel pero todos alimentados y aturdidos por las migajas de lujo y moqueta que hacen salivar sus egos, realizan su labor de ajuste –reuniones, plenos, propuestas, presupuestos, debates…- cuyo sentido desconocen y cuya primera utilidad es la liquidación de la igualdad, que no perciben porque ya creen ser diferentes.

Las herramientas son la tergiversación del lenguaje y el vaciado del sentido de las palabras, la imposición de las creencias religiosas y la obligación de seguirlas, la justificación legal de la injusticia, la consagración de la impunidad con el descaro de la desigualdad, el desprecio de la crítica y la persecución de la protesta. El premio, una bandera.

Algún día, pronto, en la cola del pan o en el rezo de la mañana, tal vez alguien susurre que la Secretaria ha blandido un revólver ante la Infanta, o que el Juez, que ha sido nombrado Tesorero, ha tropezado. Quién sabe.