Valentín Martín, sangre de tinta     

El colaborador de SALAMANCA AL DÍA hace de los Jueves literarios del ÁGORA DA2 una fiesta para presentar “De Madrid al Limbo”

Valentín Martín, escritor, periodista y colaborador de SALAMANCA AL DÍA. Foto de Carmen Borrego

         Yo a Valentín le conocí por amor a la poeta Montserrat Villar. Estábamos en un tiempo en el que iba corriendo de acto poético a presentación literaria tratando de llegar a todo y escribir crónicas como una desaforada. Y cómo iba a faltar a la presentación de un libro de la editorial Lastura que presentaba Montse Villar en Manolita, el reducto literario de Enrique Clavero. Lo bueno de Salamanca es que somos pocos y nos conocemos mucho, querernos ya es otra cuestión que va cambiando. Lidia y su editorial habían sido un descubrimiento en el bar de Menchu, el Carmen, en otro evento literario –hubo un tiempo en el que eran muchos y buenos- donde me admiré de su juventud y de su cantidad de libros publicados.

         -Es que soy muy trabajadora –dijo entre risas Lidia López Miguel.

         A la presentación del libro de crónicas “Vermut y leche de teta” acudí a toda leche, precisamente, y cuando fui a comprar el libro, Lidia me lo alargó con una frase maravillosa.

         -Cómo te lo voy a cobrar, si tú eres prensa.

         Y yo, que llevo toda la vida trabajando como periodista pero estudié filología y doy clases en un instituto, me esponjé cual gallina clueca, escuché a aquel señor de enigmática sonrisa y me fui antes de acabar el acto, que mi hija era pequeña y tenía un canguro con taxímetro. Recuerdo que me leí el libro de una sentada y cuando le propuse al distinguido señor –un atrevimiento porque se trataba de uno de los periodistas más importantes de la Transición- que escribiera columnas para SALAMANCA AL DÍA, le di el libro a Miguel Corral, el director, para que viera el regalo que le hacía al medio mío ¡Pero Charo! ¿Cómo va a escribir en el periódico este autor tan importante?

         Jueves a jueves, las columnas de Valentín levantaron un edificio donde todos habitamos. Los que le queremos y los que le querían, los que se hicieron adictos a sus recuerdos de niño anegado por el pantano y su pícara estancia en una Salamanca donde cada vez que salía a la calle Charo López se paraban el tráfico y el sistema circulatorio de los viandantes. A nuestro Valentín no le hacía falta, que ya los tenía, pero tejió una red de afectos nuevos en esta la Salamanca que dejó tras estudiar Magisterio y Humanidades para irse a los Madriles a hacerse periodista. Justo lo que no quise hacer yo, que Madrid me parecía muy grande y la filología muy bella. Valentín, que ha trabajado en los diarios épicos de la Transición, que ha escrito miles de artículos, casi cien biografías que se vendían a paletadas y numerosos volúmenes de cuentos, crónicas y poemas, Salamanca se le apareció no con la bruma del recuerdo del Seminario de Linares ni con el sosiego de los veranos en Santa Inés, sino con la fuerza y la genialidad de la poesía de Montse y Ángeles Pérez López, el amor de Miguel y Nacho y la magia de Gabriel Calvo y Gema. Y ese zumbido distraído que soy yo, claro, que me fui a su pueblo a entrevistarle para una charla que editaron tan mal que tuve ganas de tirarme al embalse de Santa Teresa, aunque nadie nos robó la magia de oír a Valentín en la salsa de su pueblo y hasta de vernos anegadas en ovejas… porque al volver del pueblito, conduciendo Carmen Borrego, la carretera se llenó de un rebaño que nos acunó en el atardecer bellísimo. Con Valentín y Teresa, las cosas siempre suceden a ritmo de realismo mágico.


         Desborda de letras como la carretera entonces de balidos, nuestro Valentín Martín, crónica de días y noches de una vida que ya en el crepúsculo, se vuelve al pasado para escribir sobre el niño que fue, el pueblo que le vio nacer y trabajar, la ciudad en la que se esforzó denodadamente por seguir sus estudios y marchar a un Madrid donde aprendió de Manuel Alcántara el oficio de periodista que le permitiría recorrer el mundo, golear noche tras noche un tiempo donde la vida se tecleaba con furia y la rotativa hacía la transición con valentía. Y Valentín, con su Olivetti comprada a plazos, su capacidad de trabajo, de letra, de amistad y de vivencia, supo que la retirada tendría el aroma de la literatura, amante peligrosa de los periodistas que saben de la columna sempiterna, del deseo de verso y libro donde hacer un haz de crónicas tan cercanas a Larra, tan crujientes a prosa de Azorín… y por eso se dedicó al ensayo, a la poesía, a esa literatura en fin con la que regresa, verano tras verano de música y página, al Santa Inés que se cubre de cultura como lluvia bienhechora bajo su advocación bendita. Y es entonces cuando la Salamanca distraída le mira de nuevo, la acoge en su seno de madrastra, le acuna, le quiere, le da motivos y pasa las hojas de los años y los libros con interés renovado, el mismo con el que le acogemos los amigos y lectores cuando nos hace el favor de visitarnos con un nuevo volumen bajo el brazo.

         Sabe Valentín de afectos y proyectos. De ahí que busque acomodo en los días de invierno en la Salamanca literaria de los fastos y los encuentros. Y los hace como le gusta, con los amigos, con la música como en su querido Libertad, guitarra y compromiso que le regala otro amante de la letra con sentido, Jimmy López Encinas, porque al llamado de Valentín venimos todos, cargados de ofrendas si se deja, invitados por su aire doctoral, su ecuánime gesto, y ahí iremos, en una tarde de frío y de lluvia dicen, más allá de los caminos del centro de la ciudad, en esa Salamanca que convierte las cárceles en centros de cultura y los barrotes en museo para solaz de quienes siguen viéndola culta y bella, que lo es, ciudad letrada, ciudad de Valentín para recordar a Aníbal, a Ullán, a Patino, a los amigos del autor que vivió en Madrid sin que le gustase, convertida la capital en centro de sus afanes.

         De Madrid al Limbo pasando por Santa Inés y por esta Salamanca de afectos y libros que recorre en sus páginas Valentín en un último libro que es un acto de amor a la música, a los amigos, a la literatura, a los nietos, a los recuerdos y a un presente que se empeña de despedida cuando los que le queremos lo queremos de ida y vuelta por esta carretera que une Salamanca Madrid y Santa Inés para hacer el recorrido feliz con Teresa y con el Valentín de todos los veranos. De ahí que este acto literario tenga más de beso y de abrazo que de ceremonia y seriedad, que somos muchos y queremos tanto a Valentín que leerle es abrazarle. Y ni siquiera el mal tiempo ni los afanes de un jueves de noviembre nos van a echar para atrás a la hora de acompañarle y agasajarle, decirle que cada letra es un poema y cada renglón suyo un ejercicio de ser en el mundo. Y como de Madrid al Limbo, de Salamanca al cielo y bien acompañado, querido amigo. Hasta el jueves que nos vemos libro mediante…

Charo Alonso.

Fotografías: Carmen Borrego.