Bondad inteligente

     Hay días, según el refrán, en que sería mejor no levantarse: En otros se reconcilia uno con la Humanidad, si es que estaba enfadado con ella, cosa no muy racional pues “la Humanidad” no existe y, en todo caso, no es sujeto de derecho. Lo que sí existe, los que existimos, somos los seres humanos concretos y particulares, con cara y ojos y corazón. Lo de la cara no está muy claro desde hace dos años, sino medio tapado por la mascarilla, que deja a la vista, según dicen, lo más hermoso del ser humano, que son los ojos y la frente.

     ¿Qué haría Vd., qué haría yo, si me encontrara en la acera un fajo de billetes de banco, dos mil euros en total? Pues bien, la semana pasada perdí algo más de dos mil euros: perdí un audífono de penúltima generación que a mí me costó más de esa cantidad. Es la tercera vez que lo pierdo; las dos primeras lo volví a encontrar en un caso al cabo de un par de horas y en el otro, pasados casi dos de días con una noche por medio. Cierto es que no había muchas probabilidades de que alguien se lo hubiera apropiado, por los lugares donde lo perdí, en el jardín de una residencia universitaria y en el Coro de la Iglesia de San Martín. Ignoro si hay un mercado negro de compraventa de audífonos como lo hay de teléfonos móviles “perdidos” o ayudados a perderse; o un lugar de compraventa de audífonos usados, como los hay de oro y joyas o de obras de arte. Algunos de estos productos circulan en mercados extremadamente regulados y en otros casos su trasiego se parece más al del mercado negro, ilegal, por supuesto.

     Las dos primeras veces en que lo encontré, tuve que recurrir a técnicas de observación detectivesca y a aplicar un principio de la Epistemología moderna, que podría enunciarse más o menos así: “sólo podemos ver una cosa, si la vemos antes en nuestro interior”, o más sencillamente “sólo podemos ver fuera lo que tenemos dentro”. Para aplicarlo sometí a examen ocular el otro audífono –dos orejas, dos audífonos- fijándome en el tamaño, el color, los brillos metálicos, las formas curvilíneas y la marca comercial, grabada en letras minúsculas. Fue cuestión de paciencia y de método, pero los encontré.

     La tercera vez fue más complicado, pues lo había perdido en el trayecto que va desde el ascensor de mi casa hasta el altar de la iglesia de San Martín, incluido el suelo de una cafetería donde entré breves minutos, es decir, lugares muy transitados donde hubieran podido pisarlo y romperlo sin darse cuenta, o encontrarlo y llevarlo a Objetos Perdidos de la Policía Local, o vaya Vd. a saber qué…

     Me di cuenta de que me faltaba al empezar la misa, pero procuré terminarla con dignidad y sin prisa y, acto seguido, me puse a la búsqueda del aparatito, sin encontrarlo. Cierto es que lo busqué mal, con poca inteligencia, como más adelante se verá, y con el corazón un poco cabreado por causas que no vienen al causo, que diga al caso.

     Me di por vencido no sin antes habérselo comunicado a María, la mujer que cuidó a mi madre y a mi tía enfermas, hasta que fallecieron, y que luego me ha cuidado a mí cuando he estado pachucho y bien pachucho y a la que estaré eternamente agradecido. Pues bien, ella buscó mi sonotone, o sea mi Phonak, con inteligencia y bondad…y lo encontró enseguida, aunque no fue ella la primera en encontrarlo...

     Esta fue su hipótesis de trabajo y su argumento puestos en práctica: a ver, Antonio ha buscado el audífono por el suelo y no lo ha encontrado; si hubiera estado en el suelo lo habría visto, como lo vio las otras dos veces. Por lo tanto, no debo buscarlo solo en el suelo sino en otra parte, porque tal vez alguien lo ha visto y lo ha dejado en un lugar donde no puedan pisarlo pero donde pueda ser visto con facilidad, así que voy a buscarlo en las repisas de los escaparates, en algunas ventanas de semisótanos que dan a la calle; es decir, no voy a buscarlo tanto en el suelo, que también, sino más en sitios cercanos al suelo pero aislados de éste. Y ahí fue donde lo encontró, en la basa de una de las columnas de los soportales de la Plaza del Corrillo, que tienen cuatro pequeñas mesetitas triangulares donde el aparatito estaba a salvo de los pies y a la vista de los ojos.

     Este razonamiento tiene la doble calidad de la inteligencia y la bondad, pues tanto el o la que lo encontró, con bondad aumentada por el anonimato, como María que lo buscó más tarde, fueron inteligentes, pero su inteligencia fue guiada por el pensar bien de los demás y apostar por que harían lo que más me ayudara a recuperar mi carísima prótesis, salvándome del disgusto y del gran gasto no previsto.

     No son acciones heroicas para salir en el telediario, pero hablan mucho de la bondad y la inteligencia cotidianas que sienten y ejercen la mayor parte de mis conciudadanos. Gracias a María y a mi benefactor anónimo…o benefactora.