Política y universidad

Max Weber definió la política como la aspiración a participar en el poder o a influir en la distribución del poder. Tal conceptualización permite ampliar el término a situaciones que aparentemente no tienen nada que ver con la acepción más habitual del mismo referida al sistema político. Aquí, el juego partidista y la vinculación a un marco más amplio constituido por el estado desempeñan un papel primordial. No obstante, en otros contextos se utiliza coloquialmente refiriéndose, por ejemplo, a la política de la empresa.

El sociólogo alemán amplió su idea al precisar que quien hacía política aspiraba al poder como medio para la consecución de otros fines o al poder por el poder. Todo ello se puede aplicar a la universidad española. Además, en ella la denominada política partidista tiene en general escasa cabida, aunque una vez escuché a un alto cargo del primer gobierno de José María Aznar que era una anomalía que por entonces no hubiera ni un solo rector de su partido.

La organización del gobierno de la universidad tras el desarrollo de la Constitución de 1978 introdujo mecanismos políticos clásicos en los que destacó el reconocimiento de un soberano, configurado de manera ponderada por el profesorado, el personal de administración y servicios y el estudiantado, que elegía al órgano unipersonal rectoral cada cuatro años. La liza electoral, habitualmente sin el auspicio de los partidos políticos, se convirtió en el único eje legitimador.

Ello, sin embargo, no dejó de incorporar prácticas y arreglos, así como hábitos y comportamientos, gestados en el sistema político. La campaña electoral, quintaesencia de la política profesional, se incorporó al campus con el rosario de sus prácticas. Promesas por doquier en función del grupo afectado, gestos grandilocuentes, fotogenia edulcorada y debates banales entre las candidaturas llenaron el ambiente preelectoral. Como en aquella, quienes buscaban la reelección usaron las prebendas del poder que mantenían para consolidar la lealtad de sus clientelas. La propaganda manida fue el modo habitual de comportarse y se impuso la lógica amigo-enemigo

La universidad se alejó del ideal de una comunidad inclusiva en la que predominara un espíritu de excelencia, colaborador y solidario. Las decisiones acerca de su futuro se tomaron de acuerdo con los intereses de los conmilitones del poder que terminó siendo un fin en sí. En el muy discutible mejor de los casos se respetó la lógica del sálvese quien pueda.

El uso torticero de indicadores de supuesto éxito no dejó de ocultar la infausta decadencia que la endogamia venía produciendo desde hacía años y la ausencia de un verdadero plan estratégico a pesar de las apariencias. Tampoco los índices sirvieron para apuntalar los puntos fuertes de la institución pues si eran díscolos para con el mando único eran inmediatamente ninguneados. Ese estado de las cosas parecía ser grato a todo el mundo pues, se decía, no había otra alternativa para gobernar un universo tan complejo. A fin de cuentas, se añadía, era cuestión de seguir el dicho de mejor no meterse en política.