Desde la atalaya

«Desde distintos puntos de vista dos hombres miran el mismo paisaje. Sin embargo, no ven lo mimo.

La distinta situación hace que el paisaje se organice ante ambos de distinta manera»

Ortega y Gasset

           La frase que sirve de frontispicio para esta columna fue formulada por uno de los más grandes pensadores españoles del siglo pasado, don José Ortega y Gasset, y la empleo –con cierta habitualidad– para hablar de la importancia de la perspectiva como componente de la realidad. En este caso, no se me ocurre una cita de autoridad más apropiada para adelantar la cuestión expuesta en las siguientes líneas.

            A pesar de que siempre he mantenido un contacto directo con lo que ahora llamamos mundo rural, hace relativamente poco tiempo que incrementé el vínculo al fijar mi residencia en un pequeño pueblo. Desde él me traslado a diario para cumplir con mis obligaciones tanto laborales como de otra índole. Aunque –personalmente– me siento privilegiado en muchos aspectos que ofrece la vida en este entorno, a menudo asoman dificultades inimaginables para los urbanitas. Los ejemplos son múltiples y diversos. Por destacar algunos –tan habituales como significativos– cabe subrayar el problema de las telecomunicaciones (poblaciones sin cobertura móvil o –muchas veces y en el mejor de los casos– sometidas al monopolio de una compañía de telefonía), las deficiencias en la atención sanitaria  (las distancias a los centros hospitalarios resultan insalvables ante ciertas urgencias), las carencias en servicios básicos del sector terciario como el suministro de alimentos o la actividad de las entidades bancarias e incluso –si sacamos punta al lapicero– la asistencia religiosa. Estos son –tan solo– un ápice de los escollos con que frecuentemente nos topamos los habitantes de la España despoblada. Las ventajas, en las que no me detengo, son otras que –desde mi punto de vista– superan con creces a los inconvenientes. Sin embargo, en el fondo de la cuestión, gran parte de las trabas existentes responden a que nuestras vidas, las del mundo rural, son dispuestas desde y para la metrópoli.

            En el desarrollo de la idea anterior, la denominada “España vaciada” tiene muy difícil fijar su población –fíjense que ya no les digo incrementarla– si sus hilos continúan tejiéndose “sin pisar el barro”. En el siglo XXI las prácticas sociales son evidentemente urbanas y –en consecuencia– los individuos luchamos por un espacio en torno a los grandes núcleos poblacionales durante la semana laboral, para salir en estampida a disfrutar del ocio en el medio rural el fin de semana y los periodos vacacionales. De acuerdo con esta dinámica, desde la ciudad se legisla y se establecen los estándares que rigen nuestra cotidianidad, sin pensar en aquellos para los que estos lugares no son –al menos con exclusividad– un escenario para el ocio. Quizás el paradigma se encuentre en el campo, medio de subsistencia para ganaderos y agricultores que desde los despachos –disposición tras disposición– se pretende transformar en un soporte de “experiencias”, mediante la proyección de una estética insoportable con la que se relega su función al divertimento del paseante. La imposición indirecta de un modus vivendi metropolitano impulsa la despoblación y escinde el verdadero mundo rural, lo que se potencia con la privación de servicios y el ultraje de sus prácticas, que se convierten en “políticamente incorrectas” o quedan excluidas por recodificaciones normativas.

Así, sin remos y contracorriente, se antoja sencillo vislumbrar un futuro –no muy lejano– en el que la brecha entre mundo rural y urbano acabe por sepultar al primero. Los pueblos requieren servicios asistenciales que cubran las necesidades básicas de sus ciudadanos, telecomunicaciones que le posibiliten insertarse en la administración actual, carreteras transitables que disminuyan las distancias, disposiciones normativas que piensen en su día a día, etc. Para ello, hay que cambiar los zapatos por las botas, no solo en la visita para la foto, sino en el diseño y seguimiento de las políticas públicas que nos atañan. Porque, a fin de cuentas, todo parece distinto cuando se observa desde la atalaya.