Amor a la Sabiduría o la sabiduría del asombro

Por el asombro comenzaron los hombres, ahora y en un principio, a filosofar

ARISTÓTELES

La verdad es a la vez la obra del ser y del comportamiento humano, que consiste en poner a la luz

LEVINAS

El tercer jueves de noviembre se recuerda la importancia de la filosofía, hoy más necesaria que nunca, en un mundo donde todo es efímero y parece caducar a la velocidad de unas horas. Es necesario estimular el pensamiento crítico e independiente y poder trabajar en aras de un mejor entendimiento del mundo, promoviendo la paz y la tolerancia. La filosofía es fundamental para construir un mundo más habitable, más libre, más justo. No piensan así nuestras autoridades cuando han eliminado la filosofía de las enseñanzas secundarias en nuestro país, por ello más que nunca dudamos de los poderes establecidos y el pensamiento dominante.

El Día Mundial de la Filosofía celebra la importancia de la reflexión filosófica y anima a las personas de todo el mundo a compartir su herencia filosófica entre sí. Cualquier materia enseña a pensar, pero es la filosofía la que nos lleva a un pensamiento crítico, esto le permite cuestionar todo lo establecido, incluso así misma, su contenido o su método. Quiere ir más allá del pensamiento establecido, de las ideas y creencias comunes. El filósofo y el pensador deben anhelar la búsqueda de la verdad, aunque regresen con las manos vacías.

La filosofía y el pensamiento no solo son necesarios en las aulas, es primordial que no dormiten en el limbo de la cotidianidad, aletargada en las rutinas y, que sean la voz crítica desde las grandes preguntas. Es necesario levantar la voz en medio de las sinrazones egoístas y narcisistas de tanta política mediocre. La filosofía, al igual que el buen pensamiento, es acertar en lo importante.

Pero el pensar no es tarea fácil, hilvanar el pensamiento es un proceso arduo y laborioso, se requiere habitar el silencio y desvelar el pensamiento desde la reflexión más allá de la mera opinión. La verdad siempre tiende a ocultarse y hay que aprender a buscarla, pero sobre todo amarla. Es el amor a la verdad el camino que nos aparta de los convencionalismos y nos ayuda a librarnos de las esclavitudes. Amor a las verdades en torno a la vida, la realidad, el mundo o la existencia. Nos recordaba nuestro querido Miguel de Unamuno, que la filosofía responde a las necesidades de formarnos una concepción unitaria y total del mundo y de la vida, y como consecuencia de esa concepción, un sentimiento que engendre una actitud íntima y hasta una acción.

Fue allá en la antigua Grecia donde empezó todo, Cicerón le atribuyó a Pitágoras el nombre “Filosofía”, el gran pensador, no queriendo pasar por sabio, se describía como amante de la sabiduría. El origen de su nombre está en la humildad y desde ella, se empezaron a preguntar por las causas de las cosas, así buscaron una physis, una naturaleza, un arché, un principio de donde todo surgiera.

Pero no sólo fue suficiente un principio, era también importante la pregunta por el hombre y por la Ética, más allá de todo relativismo y pluralidad de la Polis, se ponen las bases de la universalidad del bien, que se colocaba dentro del saber. Se empezará a pensar la libertad del individuo frente al determinismo del cosmos, donde la conciencia individual choca contra la fatalidad del destino.  Desde aquí surge la necesidad, anajké, que por su origen y por su destino hace inteligible el cosmos y se conectará con lo divino. Se comienza a pensar lo religioso y por medio del logos se accede a Dios, combinando la metafísica del ser y la estética, siendo Dios lo más hermoso y bueno.

Para poder ahondar en la verdad, debemos recuperar el asombro, que es lo que da sentido a la rutina, es la puerta del descubrimiento y, el descubrimiento sabiamente saboreado nos ayuda a profundizar en la vida y a vivirla con más plenitud. El asombro se despierta desde una mirada honda, raíz de lo auténtico, origen de la verdadera filosofía.  El asombro precede a la pregunta por todo lo que nos rodea: ¿Qué puedo saber? ¿Qué debo hacer? ¿Qué me cabe esperar? ¿Qué es el hombre?.

Esta verdad en nuestros tiempos está difuminada en “el imperio de lo efímero”, vivimos en una modernidad líquida donde todo vale, creando una “era del vacío”. Incluso un crepúsculo de los dioses o de los grandes relatos con los que intentamos explicar la realidad, celebrando el fin de las utopías, de las cosmovisiones o del moralismo. Todo ello atravesado por un exceso de información, un consumo compulsivo y un individualismo insolidario. Al posmoderno no le interesa la verdad, solo busca acuerdos parciales, temporales y siempre revisables, para lograr una convivencia que a veces tiende a ser mera supervivencia.

La posverdad es lo que queda de la verdad en los tiempos posmodernos. Pero esa renuncia a la verdad, también supone una renuncia a todo lo que es bueno. Nos recordaba Gilles Lipovetsky, que la obligación ha sido reemplazada por la seducción; el bienestar se ha convertido en Dios y la publicidad, en su profeta. En el ambiente se respira una aversión al deber moral y que incapacita para cualquier tipo de compromiso estable. Ese vacío dejado por el deber, contribuye a disolver el necesario autocontrol de los comportamientos y a promover un individualismo conflictivo.

En estos tiempos oscuros para la filosofía, en un mundo más preocupado por la economía y por la técnica, no quiere la profundidad y la hondura crítica, sino un modo refinado de dominio, una forma silenciosa de ajuste interior. Nuestra sociedad despliega toda una serie de individuos pasivos que consumen emociones, convirtiendo al ser humano en cosa, en consumidor compulsivo, mercantilizando las relaciones humanas. El ser humano se está replegando a la enfermedad de la indiferencia o del cansancio que no le deja pensar, no le deja buscar la verdad, arrinconándolo en un hondo vacío existencial.

No podemos abandonar el pensamiento y la filosofía, no solo debe seguir en el aula, también, en la cotidianidad de la existencia, planteando las preguntas fundamentales más allá de la satisfecha y sumisa conciencia. No podemos ser náufragos del asombro. Nos recordaba Platón, que, en el asombro, uno se sale de sí mismo y es capaz de situar el foco de atención en lo externo. Porque la filosofía no es más que la valentía de buscar respuestas a las preguntas más inquietantes y complejas. Es un conocimiento menos teórico de lo que se piensa, si la dimensión práctica de la ciencia es la técnica, la dimensión práctica de la filosofía es la configuración de la conducta humana: de las personas singulares y del colectivo social.