Ciudades episcopales

Llegó el obispo en una llameante mañana de verano. La ciudad se engalanó filialmente para alegría de su buen pastor. Alzó dos arcos de triunfo; uno más ahora que en otros principios de pontificados. Nadie se explicaba por qué se levantaron dos; uno de flámulas, de flores y de vasos de aceite, con los escudos de todos los arciprestazgos y parroquias de la diócesis, y en medio la tiara pontificia y la prelaticia y la breve leyenda: «Al ilustre y nuevo prelado». Otro arco de follajes de laurel, de palmera y olivo, del cabildo catedral, con una franja morada y letras de oro que decían: Benedictus qui venit in nomine Domini.

Así comienza Gabriel Miró su cuidado relato de la entrada del obispo de Oleza, trasunto de Orihuela, en la novela Nuestro padre San Daniel (1921), que tendría su continuación y desenlace en El obispo leproso (1926). Como en la Vetusta/Oviedo de Clarín, la urbe nace y crece en torno a la sede episcopal, y también alrededor de la mitra se desnudan y se esconden tantas tramas propias de un tiempo en el que los españoles que estudiaban se topaban en sus manuales de geografía con el mapa eclesiástico, plagado de nombres relegados hoy por hallarse fuera de la relación de las capitales de provincia. Apenas se salvan la eterna Compostela y la romana Mérida por habérseles concedido capitalidad autonómica, y esa Cartagena que nombra a su diócesis aunque la catedral fuese a parar a Murcia.

Mondoñedo, Tuy, Astorga, Calahorra, Santo Domingo de la Calzada, El Burgo de Osma, Tudela, Jaca, Barbastro, Tarazona, Albarracín, La Seo de Urgell, Solsona, Vic, Tortosa, Segorbe, Orihuela, Alcalá de Henares, Coria, Plasencia, Guadix… En todas ellas, en mayor o menor medida según los contextos, la cátedra del pastor fue configurando con los siglos la identidad de la población, a veces sustentando el privilegio, otras agitando el orgullo. Los devenires de la historia, frentes de conquista o intereses regios y nobiliarios, pesaron en muchas de las fundaciones de las iglesias locales. Empujó lo social y lo político, más si cabe, cuando se trató de elevar a cabecera de diócesis las que ya lo eran de provincia, o de corte. Cercano es el caso de Valladolid.

En ese nutrido elenco de ciudades episcopales españolas aparece la entrañable Ciudad Rodrigo, que después de más de un trienio bajo administración apostólica va a contar con obispo titular. Don José Luis Retana va a serlo también de Salamanca: dos diócesis vecinas y hermanas atendidas por un mismo pastor. La realidad pastoral de ambas iglesias ha sido estudiada a fondo por la Santa Sede antes de tomar esta decisión, que puede suscitar incertidumbre entre los diocesanos que reclamamos todo el tiempo al obispo en su sede. Si son dos, será mayor su esfuerzo por acompañar momentos de celebración y encuentro en una y otra, pero esto no puede confundirse con otros argumentos meramente políticos o mediáticos que han sido esgrimidos. A los ayuntamientos, diputaciones y consejos editoriales rara vez les preocupa la organización de la Iglesia, como tanto parece haberles interesado en esta ocasión, justamente cuando la llamada España vaciada vende, o cuando un motivo para desacreditar a la Santa Sede nunca les sobra. Si los seminaristas de diferentes diócesis se han ido agrupando, o las provincias de muchas congregaciones religiosas se han fusionado, o diversas comunidades conventuales han decidido irse a vivir juntas, esto no ha sido causa de especial revuelo. En cambio, la progresiva asociación de diócesis diferentes, seguramente razonable en el futuro por lo menguado de muchos presbiterios diocesanos, parece levantar más polvareda. Sin embargo, será un camino que podría recorrerse sin perder la riqueza del legado histórico previo ni la centralidad (y maternidad, sobre todo) de las iglesias catedrales, porque se trataría, sencillamente, de compartir la misma misión de la única Iglesia, ya peregrine en Salamanca, ya en Ciudad Rodrigo.

Como en la Oleza mironiana, aunque nadie los levante hoy, monseñor Retana habrá de pasar por dos arcos de triunfo. No porque rivalicen en esta ocasión los del Cabildo con los de las parroquias, sino porque entrará próximamente en dos ciudades episcopales distintas, con su tradición propia pero unidas por una idéntica comunión con la Iglesia de Roma. No será en una llameante mañana de verano, sino que el invierno acogerá su llegada, y ese frío del ambiente lo supliremos, no lo dudo, con la calidez de que somos capaces los diocesanos de Ciudad Rodrigo y los de Salamanca. ¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

En la imagen, mapa eclesiástico español previo al concordato de 1851, que suprimía, entonces sí, la Diócesis de Ciudad Rodrigo.