Un día en la vida de Evaristo Martín, salmantino

Me fijé en él los primeros días de aquellos tiempos no lejanos de nuestras vidas confinadas dentro de casa. Excepto la hora de paseo, que  los propietarios de algún perro la multiplicaban  las veces que quería el dueño .

Me sorprendió de él la exactitud de sus paseos a lo largo de toda la larga jornada, de la mañana a la noche y el único camino elegido (que pasaba al lado de mi ventana). Siempre las mismas horas, siempre el mismo camino, siempre la ausencia de proximidad entre el diminuto perro, que seguía al amo a unos metros y la falta de cualquier contacto físico entre ambos.

“Evaristo no es un hombre es un zombi”, pensé alguna vez “¿Tendrá corazón? ¿Tendrá cerebro?”

Lo más sorprendente es lo que siguió al final del confinamiento en la vida de Evaristo Martín: ¡Siguió haciendo lo mismo cada día! ¡Como si el confinamiento no hubiera terminado! Mi mirada, un tanto obsesiva, siguió con discreción observando los paseos de E. Martín, con el afán de descubrir algún ligero cambio, algún juego con su supuesto compañero perruno, alguna variación sobre el itinerario o sobre la hora del paseo. O sobre su pobre y escueta indumentaria: los pantalones del desgastado chándal o la camiseta incolora de tanto sudor y sequía.

Como en lo que  podía ver de la vida del salmantino no pude percibir la menor variación, pasé a imaginarme las horas de su vida que no veía. Y descubrí que utilizando mi parca imaginación podía reconstruir las 24 horas de su vida, incluso su pasado, sin apenas temor a equivocarme: vivía solo, en un piso de una de las calles próximas al río; estaba viudo, o, más probablemente soltero de toda la vida. Ya estaba jubilado, empleado del ayuntamiento o vigilante o guardián de la finca de algún rico ganadero. Comía y cenaba cualquier cosa precocinada que compraba en la tienda de la esquina. El resto del día veía la televisión, partidos de fútbol y algunos concursos y bebía un par de chatos de tinto; no exageraba en la bebida. Estoy completamente seguro.

No tenía ningún amigo. Alguno que tuvo, ya se había muerto. Intercambiaba el saludo con los vecinos de la misma escalera, sin pararse más de dos minutos. “Hasta mañana si Dios quiere”, se despedían las vecinas. A una de ellas que un día quiso coger al perrito en brazos no se lo permitió: “Que luego se acostumbra…”, le explicó.

Hasta ese punto llegó mi imaginación. Todo lo demás sobre E. Martín eran agujeros negros: ¿Tendría el perro algún nombre? ¿Estaría contento o conforme con el ayuntamiento de la ciudad? ¿Y con el gobierno del país? ¿Alguna vez se habría bañado en las aguas del río?

Una mañana, mientras le veía cruzar el paseo, como cada mañana durante años, tuve la amarga impresión de que a Evaristo no le vería nunca en ninguna otra escena de la vida ciudadana: ni tomando unas cervezas con amigos, o con alguna amiga, ni riéndose en algún espectáculo, ni en una manifestación de protesta contra el cierre por reforma de todos los hospitales públicos de la capital.  

Nunca. Solo le vería paseando solitario, su solitario perro, por la alameda del río.

Su nombre y apellido ha salido de mi interior, en un intento de darle vida. Una vida corta y reposada: el modelo de ciudadano que casi todos los gobiernos del mundo desean tener.