Ir, volver, volver a irse

Ya ni sé cuántas veces he intentado explicar la diferencia entre el emigrante que se tiene que marchar de su tierra buscando un futuro mejor y la expatriada que soy, que me fui porque me dio la gana cuando no se iba nadie; entre otros motivos porque siempre fui un tanto aventurera, enfermedad de la que me he curado con el tiempo. En los años noventa, cuando yo me convertí en expatriada, insisto, por voluntad propia y sin tener que escaparme de ningún conflicto bélico, el paro juvenil no era ninguna broma. Las prisiones, delegaciones ministeriales y oficinas de correos estaban llenas de licenciados en filosofía o historia que trabajaban en ellas; las oposiciones contaban los aspirantes por decenas de miles y la economía tampoco estaba para muchas alegrías después de la guerra del Golfo, pero al menos había una esperanza de futuro y las oportunidades no faltaban para los que estábamos dispuestos a coger la maleta e instalarnos en otra parte. Ahora la cosa se ha puesto bastante más fea y a tenor de lo que veo y me cuentan, para los jóvenes españoles, la diferencia entre expatriado y emigrante es mínima o inexistente: los que se van lo hacen porque no les queda otro remedio. O al menos no les queda otro remedio mejor retribuido.

Yo ya cuento los años de expatriación por décadas. Años en los que me he hecho una adulta responsable, madre de familia y trabajadora más o menos bien pagada; las cosas me han ido bien, quizás bastante mejor de lo que me hubieran ido quedándome en la tierra que me vio nacer y, sin embargo, cada vez que vuelvo, siento un extraño pellizco en el estómago y me hago las mismas preguntas: ¿qué persona sería de haberme quedado? ¿Cómo me ganaría la vida? ¿Seguiría conservando esos amigos que sigo teniendo y que me dan la vida cada vez que vuelvo? ¿Vería Salamanca con los mismos ojos enamorados de ella con los que ahora la contemplo mientras paseo por el puente romano? Y al pasar delante de los colegios y ver a esos chiquillos que salen por la puerta mezclando el griterío con la merienda pienso inevitablemente en mis hijos: ¿serían los mismos?  ¿Qué futuro les esperaría? No hablarían tantos idiomas como hablan, pero quizás tendrían más claro de donde son; cosa que a ellos no parece preocuparles mucho por ahora, o no tanto como a su vetusta madre, que soy yo. En la antigua normalidad, cuando viajábamos en familia y algún taxista simpático nos preguntaba que de donde éramos y/o veníamos, las explicaciones eran interminables; porque en mi núcleo familiar venimos y somos de varios sitios y para una que es de Salamanca (servidora) el cosmopolitismo es casi una anomalía.

A esos niños que ahora cuentan en inglés antes que en español, y que estudian asignaturas modernísimas, muchas veces contemplando un ordenador en vez de un libro que les aburre y les obliga a pensar, les espera un camino sembrado no precisamente de amapolas. Muchos de ellos van a tener que optar por la expatriación sin el espíritu aventurero de los que la elegimos hace treinta años sino por pura supervivencia. ¿Seremos capaces de retenerlos en casa? Mal negocio es no intentarlo, habida cuenta que entre todos les estamos pagando una educación pública más que buena y que estudian por módico precio (que sí, que es módico, les aseguro) en unas universidades también más que competentes. ¿Conservaremos nuestros jóvenes médicos pagándoles miserablemente como ahora? ¿O les enseñaremos la puerta de los hospitales americanos donde les van a recibir como una bendición mientras nuestros enfermos esperan cual Penélope tejedora, una fecha para operarse de un juanete o de algo más gordo? ¿Seguiremos actuando como el país joven que éramos sin darnos cuenta que somos un país envejecido? Porque el país envejecido puede dejar que se le escapen los futbolistas, los camiones de aceite, las obras de arte efímero, las sedes de cualquier campeonato deportivo o el actor de moda, pero no puede dejar que se le escape el talento; sobre todo cuando el talento tiene menos de treinta años porque ese, difícilmente vuelve más que de vacaciones.

Cuando la pasada semana paseaba sin descanso por las calles empedradas de Salamanca, y contemplaba a esos pocos niños que van quedando y a los muchos jóvenes que las llenan porque aún tenemos una Universidad que nos sirve de reclamo, ganas me daban de contarles que una cosa es irse y otra más fácil y más placentera, volver. Pero que el irremediable destino de todos esos que nos fuimos y volvemos todo lo que podemos, es irnos de nuevo, y esto no es un juego de palabras.