Los trabajos de Vulcano

Los pueblos antiguos no sabían explicar de forma racional algunos fenómenos que observaban en la naturaleza y para los que no tenían entonces suficientes conocimientos, por lo que creaban mitos e historias que les dieran algo de luz e hicieran estos hechos más comprensibles.

Para los romanos, Vulcano era el dios del fuego y los volcanes. Según la mitología, hijo de Júpiter y Juno, al nacer fue repudiado por su madre debido a su fealdad, y posteriormente fue engañado por su esposa, Venus. Trabajaba fundiendo metal para hacer armamento y armaduras que protegieran a los dioses. Su fragua estaba situada, dice la leyenda, bajo el Etna, que aún aloja en su interior un volcán muy activo. En Roma se construyó un santuario llamado Vulcanal en el que se mantenía un fuego continuo, habilitándose una zona en la que se quemaban las armas de los enemigos vencidos, realizando celebraciones y ofrendas para aplacar a los dioses.

En el año 79 después de Cristo, según datos históricos, el Vesubio, al Sur, entró en erupción de forma violenta dejando enterradas algunas ciudades durante casi 17 siglos, hasta que se descubrieron casi por azar.

Herculano, una pequeña localidad italiana, fue cubierta por cerca de veinte metros de lava que, al estar a tan alta temperatura y solidificar posteriormente, ha conservado paralizada la vida cotidiana de la época. Lo mismo sucedió en la vecina Pompeya, cuya población en el momento en que se activó el volcán se ha estimado en unas quince mil personas de las que se han hallado, en las excavaciones realizadas hasta ahora, unas dos mil fallecidas. Estas ciudades mantienen intactas las huellas de su forma de vida y su organización social y cultural: aceras y calzadas, alimentación, vasijas y utensilios domésticos, cocinas y hornos, indumentarias y tejidos, mobiliario, construcciones, mercados y negocios, monedas y joyas, tabernas, panaderías y comercios, baños y termas, lupanares, pintadas electorales y anuncios de espectáculos, animales domésticos, rastros de ruedas de los carros…

Hoy día la ciencia proporciona luz a los hechos. En las entrañas de la tierra hay un núcleo formado por grandes cantidades de níquel y hierro que se mantienen en proporciones justas junto a otros elementos. De pronto el planeta bulle por dentro, se conmociona y tiembla, una y mil veces, mostrando su enojo con miles de fusiones y movimientos.

La actividad volcánica se anuncia con intensas sacudidas internas del terreno, produciendo fallas, desequilibrios que necesitan recomponerse ocasionando seísmos que zarandean la superficie.

Su corazón arde impetuoso, saca su estufa de fuego al aire y traspasa la atmósfera con su columna de humo y gases, furia viva lanzada a kilómetros sin control, piroclastos, bombas incendiarias y lapilli.

El cráter es boca incandescente que vomita y se multiplica, es lava espesa, es impulso que empuja la colada que se desliza imperturbable, ajena a todo aquello que existe en la superficie; es losa ardiente que de pronto se enfría y se hace roca, es tremor y miedo, estertor constante, es caos, es trabajador infatigable que destroza a su paso todo lo que encuentra.

El volcán de la Palma alarga su lengua incandescente y viscosa haciendo todo lo posible por sepultar los sueños y el porvenir de la gente que trabajó con ahínco para arañarle frutos a la tierra.

Qué coger ó perder, qué llevarse de la casa propia antes de que el drama la cubra y la vuelva ajena, qué recuperar, cómo sobreponerse… Miran atónitos la furia de Vulcano deseando que frene su emisión, necesitando el descanso. Pero en el interior del corazón de los palmeros bullen con fuerza el tesón, la superación, el esfuerzo y la constancia férrea, la solidaridad… albergando una montaña llena de esperanza.