Ser viejo

La mañana del pasado miércoles tuve la suerte de poder asistir (ventajas de estar jubilado) a la conferencia impartida en la Hospedería de Fonseca por un pensador francés llamado Pascal Bruckner. Me interesaba por dos razones, la primera, que en la actualidad estoy cursando 3º del Grado de Filosofía en la Universidad de Salamanca, la segunda porque es un hombre que se acerca de forma muy acertada, en mi opinión, a la vejez, sus problemas y desafíos sociales, y uno se encuentra ya inmerso en ella.

Ingmar Bergman, guionista y director de teatro y cine sueco afirmaba que: Envejecer es como escalar una gran montaña: mientras se sube las fuerzas disminuyen, pero la mirada es más libre y la vista más amplia y serena. Lo cierto es que algo hay de esto, pero creo que nos falta aprendizaje para lograr esa mirada amplia y serena de la que habla Bergman.

Porque el caso es que si dividimos la vida en la tres edades tradicionales (aunque últimamente se oye mucho hablar de una ‘cuarta edad’ de límites difusos), podríamos decir que durante la primera – infancia, adolescencia y juventud – se nos enseña, al menos tratan de hacerlo, para vivir y ser productivos en la segunda, la más larga, pero durante esta ni nos enseñan ni tratan de hacerlo para cuando cruzamos el umbral de esa mal llamada ‘tercera edad’. De este modo el necesario aprendizaje queda a criterio de cada uno con resultados dispares.

En muchas ocasiones nos conformamos con poner en pausa la vida y pasar a representar ese ‘personaje’ singular de anciano que se nos quiere asignar socialmente para lo cual, y de forma repentina, nos vemos obligados a abandonar el de ciudadano maduro productivo que hemos venido representando durante décadas y detrás del cual no llegamos a identificar muy bien lo que había. Pero también se nos dice que entrada la vejez (¡me encanta la palabra viejo!) es un buen momento para hacer balance de lo vivido, ¡cómo sí fuera el único momento en que debemos hacerlo! Pareciera que ya todo estuviera hecho y sólo nos quedara esperar plácidamente el inevitable final para el que nadie, tampoco nosotros mismos, nos ha preparado.

La esperanza de vida es cada vez mayor, pero las sociedades modernas no están adaptadas para recibir a sus viejos, y viejas claro está, da la impresión de que los avances sociales, científicos y sanitarios, sólo hubiera prolongado los años de vejez. Pero lo cierto es que los viejos tenemos una presencia creciente en la vida social, en la política, en la económica, en la formación de las futuras generaciones, no porque seamos más listo, pero sí porque tenemos algo de lo que ellas carecen: experiencia. Los maduros productivos no prestan atención a todo esto ignorando que lo que tienen, lo que disfrutan en su realidad actual es, para bien o para mal, en una buena parte heredado. En las sociedades modernas parece que la vejez es un problema cuando en aquellas que calificamos como menos avanzadas esto no sucedía.

El hecho de llegar a viejo no viene, al menos no debería venir, acompañado de renuncias a aprender, a cambiar de opinión, de religión, de equipo de fútbol, de pareja. Ser viejo es haber completado ya varias etapas del camino y eso tiene su mérito, aunque algunos lleguen a ser viejos de espíritu mucho antes de cumplir los años necesarios. Ser viejo es poseer y aprender a disfrutar de algo de lo que hemos disfrutado poco en nuestra edad productiva a pesar de ser lo más valioso que la vida nos ha dado: el tiempo. Lo mejor de ser viejo es haber llegado a serlo y renunciar a las renuncias, porque los viejos no somos historia, somos LA HISTORIA.

Javier Gomá, escritor y director de la Fundación Juan March, escribió: El anciano es libre para practicar el puro arte de la vida sin servidumbres. Artista de la vida es quien por principal ocupación cuida de sí propio y de los demás: amor, amistad. Y puede hacerlo con una benevolencia nueva que nace de la aceptación de las cosas y de uno mismo, roto ese espejo puesto por la sociedad que nos apremiaba a ser útiles[1].

Hasta los 30 años, el ser humano no tiene edad, solo la eternidad por delante. Los cumpleaños son formalidades divertidas, pero llegan los 50, y es esta la edad en la que la brevedad de la vida comienza de verdad[2]; son palabras de Pascal Bruckner. Yo añadiría… y hay que decidir entonces qué queremos terminar siendo, porque lo que fuimos ya es pasado y no es lo mismo llegar a ser viejo que envejecer. Lo primero es un estado de ánimo que se puede dar – en positivo o en negativo - a cualquier edad, mientras lo segundo es, sencillamente, el deterioro natural e inevitable de un estado físico.

 


[1] https://elcultural.com/que-significa-ser-viejo-en-nuestros-dias

[2] 'Un instante eterno', publicado por Siruela