La voz de los pobres

Yo afirmo que los pobres salvarán al mundo, y que lo salvarán sin querer, a pesar de ellos mismos, que nada piden a cambio de esto, sencillamente porque no sabrían decir el precio del servicio que hacen... Repito que los pobres salvarán al mundo

Georges BERNANOS

 

Jesús no sólo está de parte de los pobres, sino que comparte con ellos la misma suerte. Esta es una importante lección también para sus discípulos de todos los tiempos.

FRANCISCO

Debemos situar la escena en una comida antes de la muerte de Jesús, en la casa de Simón, un leproso, un pobre en toda su expresión para la época. Una mujer realiza un gesto, no dice ni una sola palabra, derrama sobre la cabeza de Jesús un caro perfume de nardo, anticipa la unción que un condenado a muerte nunca tendrá. Con este gesto, condensa toda la vida de Jesús, su bautismo, el anuncio de su sepultura y la misión de la Iglesia en la evangelización.

Jesús se encuentra comiendo en casa de un leproso, según la ley judía es un “impuro” y no puede estar en contacto con nadie, su destino es vivir excluido. Jesús no le gustan las exclusiones y se le remueven las entrañas y el corazón ante los más necesitados de su tiempo. En casa de un pobre y consciente de que su muerte estaba cerca, Jesús recuerda a los comensales que el primer pobre es Él, es el más pobre de los pobres, el que representa a todos los pobres, marginados y excluidos. Es el único que entendió el gesto profético de una mujer, posiblemente como otras muchas marginadas y excluidas de todo lo importante de la sociedad, pero participará, como otras muchas, del momento culminante de su muerte, crucifixión y resurrección.

Son los pobres y las mujeres marginadas los que evangelizan el mundo porque son los primeros que dieron y dan crédito a las palabras de Jesús. Esa mujer desconocida, ha sabido ponerse ante lo nuevo del mensaje, ante el camino de Jesús, para decirle con su gesto que le entiende y que confía en él, ofreciéndole lo más grande que tiene, un signo de reconocimiento mesiánico. Lo que Pedro no supo hacer, lo realizará una mujer sin nombre, acompañar a su maestro, ofreciéndole su ayuda más intensa en el momento de la prueba. Esa comunión entre Jesús y la mujer, en contraste con la visión escandalizada de los otros comensales, abre un camino fecundo de reflexión sobre el vínculo inseparable que hay entre Jesús, los pobres y el anuncio del Evangelio. El rostro de Dios que Jesús nos revela, es el de un Padre para los pobres y cercano a los pobres.

Los pobres nos dan aquello que no han podido dar ni las revoluciones, ni las ideologías, ni los progresos científicos: la humanización de nuestro mundo para que todos tengamos sitio, un hogar para habitar la solidaridad y la justicia. Escuchar a los pobres para prestarles nuestra voz para sus causas, prestarles una atención amante, que nos preocupe su realidad para aliviar su marginación y exclusión. Nuestra mirada amante deberá abrir las ventanas del alma que reclama todo lo humano y nada resulta ajeno. Escuchar y mirar a los pobres es ver y palpar a Jesús en persona, son sacramento de Cristo, representan su persona y remiten a Él. El grito de los pobres y su desesperación nos interpela a una mirada de misericordia, más eficaz y comprometedora.

No podemos negar que el COVID-19 ha disparado la pobreza, no solo en nuestro país, todavía más en los países más vulnerables.  Al parón de la economía y el desempleo masivo que ha provocado la pandemia, debemos añadir, las situaciones de precariedad que vienen de la anterior crisis, con un coste social tremendo. No debemos olvidar que la justicia social en estos años ha brillado por su ausencia, provocando numerosas brechas en nuestras sociedades. El orden económico mundial se alimenta de la pobreza y de la mano de obra barata. Esos grupos dominantes de la economía mundial, bien sean empresas, fondos de inversión o países ricos, no quieren asumir ningún tipo de responsabilidad económica, social, ecológica que vaya más allá de rentabilizar sus propios intereses.

A todo esto, debemos añadir, que muchas personas no quieren mirar el sufrimiento de los más pobres, les resulta insoportable la exclusión, la marginación y la miseria de los demás. Muchos quieren defender su pequeño paréntesis de felicidad espontánea evitando toda relación con los que sufren, con los necesitados. La cercanía de la miseria nos incomoda, privatizamos nuestra vida y cortamos toda relación con el mundo de la pobreza y la exclusión, haciéndonos cada vez más insensibles. A medida que aumentamos la riqueza nos refugiamos en los recintos de las seguridades, y casi sin darnos cuenta estamos creando marginación, aislamiento y soledad que nos lleva a una creciente indiferencia ante los más necesitados, levantando no solo fronteras físicas, también fronteras del corazón. Desde esta lejanía, la limosna nos tranquiliza para seguir viviendo con nuestra conciencia.

Los creyentes no podemos encerrarnos en nuestra vida individualista, en el desencanto, en el abandono de responsabilidades en la jerarquía. En el proyecto del Reino, desde el antiguo Testamento, los protagonistas son los pobres: viudas, mujeres estériles, mujeres extranjeras o incluso algún niño, los que no contaban en la sociedad. Jesús continúa en esa línea, el Reino se construye con un vaso de agua, con una pequeña moneda, con pocos panes y dos peces, o con viudas y leprosos.

Desde esta realidad, debemos valorar que lo poco que podamos hacer, si entregamos nuestro corazón, está construyendo el Reino. Solo los pobres pueden hacer lo que la mayoría hemos olvidado, dar algo más que lo que nos sobra. Muchas veces damos nuestro dinero, pero no nuestro tiempo y descanso, nuestra ayuda personal, que puede ser poco, pero a veces, suele ser lo más necesario. Son los propios pobres los que desenmascaran nuestros discursos y ponen al descubierto nuestra mezquina caridad.

Debemos resistirnos a que todo siga igual, debemos mirar desde los ojos de los pobres y los necesitados, ver la vida de manera nueva, desde los desheredados y excluidos de nuestra sociedad. Con ello podemos comenzar a entender nuestra existencia desde la solidaridad y el esfuerzo por humanizar el mundo. Amar al pobre es amor a Dios, es la clave de todo lo bueno y lo distintivo de ser cristiano. La grandeza es ayudar a otros a vivir de manera más humana, es el momento de la globalización de la solidaridad, de una nueva civilización del amor, que sea una comunión en la diversidad y la construcción de una fraternidad que hagan posible la justicia y la paz con todos los hombres.