Una rara lección

Los personajes públicos poseen una visibilidad indudable que hace de ellos referentes sociales. Cuando actúan, con frecuencia sus tareas desarrollan ciertas inercias de manera que los efectos de su exposición se amplían. En la sociedad mediática en que vivimos son objeto de atención. Los paparazzi de distinto calado, al menos desde que Federico Fellini dio vida a esa figura, y las redes sociales se ocupan de mantenerla viva.

Dentro del histrionismo inherente a la exhibición de su función cotidiana hay una faceta especialmente apreciable que es su carácter ejemplarizante. Su comportamiento da cabida a un número importante de matices y de interpretaciones de su quehacer cotidiano que terminan configurando una imagen y un estilo que a la postre queda grabado en quienes somos observadores silenciosos. De entre ese conjunto de imágenes y de palabras se da una jerarquía que termina dibujando un perfil. A veces es el poso que deja toda una vida, otras es un destello de algo que se da efímeramente.

Quienes actúan en la escena pública se mueven en actividades de corte muy diferente. Si bien hay un denominador común que es la voluntad de querer o de aceptar, e incluso de buscar, exponerse ante los demás, hay una división radical entre quienes son sujeto de una labor de representación y el resto. Los y las representantes conllevan en su función una tarea de rendición de cuentas que deben satisfacer, sea permanentemente o en algún momento concreto, como ocurre en el caso de la actividad política con la reelección. Sin embargo, su carácter de modelos sociales se mantiene a lo largo del tiempo, aunque tienda a olvidarse por pura negligencia.

Resulta preocupante que quien libremente opta por una vida pública ignore esta circunstancia. Los ejemplos son tan numerosos que no vale la pena insistir en ello. De este modo, se incorpora a su actuar el sesgo de la irresponsabilidad que tanto contribuye a minar la confianza de la gente en este asunto concreto de la vida pública.

No obstante, hay momentos alentadores que deben subrayarse. La pandemia ha dejado atrás montones de noticias que podrían haber tenido un mayor impacto, pero que fueron devoradas por la incierta realidad. Entre ellas tengo registrada una especialmente relevante, porque supuso una indudable lección de responsabilidad, de un político que por su notoriedad no quiero que se olvide. A finales de agosto de 2020 Shinzo Abe, que estaba a punto de cumplir ocho años como primer ministro de Japón, dejaba la política con una escueta declaración: “Mi salud no es la adecuada, y una mala salud no puede llevar a decisiones políticas equivocadas”. Era una manifestación que evidenciaba una actitud honesta en el seno del conflictivo y competitivo mundo de la política que ponía el interés general delante del particular, así como confesaba un asunto íntimo. Una lección, como pueden encontrarse otras, donde coinciden la ética de la responsabilidad con la de la convicción que, particularmente hoy cuando abunda el egotismo narcisista irresponsable, hay que poner de manifiesto.