Llegan y se marchan

Entran al edificio ateridos de frío, cargando las mochilas que les encorvan la espalda, libros, cuadernos, haces de bolígrafos y rotuladores, el bocadillo embutido a toda prisa y la legaña puesta. Avanza la mañana a golpe de timbre y el sol calienta la pista donde golpean la pelota con toda su saña mientras alguno se desliza atravesando la puerta prohibida, los mayores detrás de la verja, inclinada la testuz sobre el móvil que no les dejamos usar dentro del recinto. Ese cielo de azul estirado engaña y al sol se calientan los coches, las cabezas inclinadas, bendición bienhechora. Queda media mañana y acusan el cansancio, el aburrimiento y entran en estampida, sudados, desordenados, envueltos en ruido, los mayores, siempre con desgana, retrasados, perdonándonos la vida. Afuera, en el patio desierto, la corneja y los gorriones se disputan los restos de un bocadillo arrojado a la arena, y en la pista, el balón rueda abandonado a su quietud junto a la portería. Se agradece el silencio y de la clase de música sale un murmullo de notas mal cosidas, un jirón de lana de colores, un punteado de pasos que corren al baño entre risas.

Envueltos en sus plumíferos, polluelos del otoño que se va enfriando a medida que pasan las semanas y se acercan los exámenes, salen de nuevo, a empujones, riendo y arrancándose la mochila torcida, barruntando la tarde, la comida, haciendo corrillos donde se quieren y se detestan a gritos. Alguno se entretiene bajo la portería, no quiere ir a casa o sueña con los goles que no mete. Aquellos que llevan la llave colgada del cuello a quienes no se les espera a ninguna hora porque el piso está vacío y el plato en el microondas, amagan un partido, las mochilas y los anoraks en confuso desorden.

-¿Es que no tenéis casa? ¿Es que no tenéis hambre?

Los hay que no desean separarse del ovillo afectuoso que llena la calle, que se apresta a cruzar el semáforo sin mirar, rebaño que ríe, la casa como espacio incomprendido, el grupo, la montonera, amor de iguales donde sentirse diferente. Los hay que quisieran alargar la dulce compañía, pero van llegando al portal, desgajándose a medida que pasan las calles, y queda uno, el que vive más lejos, solitario y desorientado que aviva el paso, llama al interfono y desaparece en un portal cualquiera. Día tras día, cotidiano mantra.       

 

Fotografía: Fernando Sánchez Gómez.