El silencio del vino

Esta mañana, me he atrevido a bajar a la bodega de mi casa. En la bodega de mi casa, ya no habitan las cubas ni los cubetos ni los barreños ni el medio cántaro, ni la cuartilla ni el candil, que nos avisaba del tufo mortal o dióxido de carbono, que emanaba de la fermentación del mosto, y desplazaba el oxígeno tan vital; en la bodega de mi casa, sólo queda la bisnera y el lagar, por cierto, un buen lagar de piso y zócalo de cemento, de forma circular: una obra de arte de antaño. Y, en la bodega de mi casa, me encontré con un silencio y una soledad profundos; el mismo silencio y la misma soledad de siempre; aquel silencio y soledad impuestos por Noé, para que se desahogara el vino, que nace llorando, con lágrimas pegajosas a sus anchas; el mismo silencio y la misma soledad, que acompañan el vino durante su crianza  y envejecimiento,  y que se sume, por siempre, en la oscuridad callada de la bodega.

En la bodega, no se oye ni una mosca. El vino, cuanto vino ya, no respìra ni carraspea por no romper el silencio. El vino necesita el silencio para meditar y proyectar la manera de hacer feliz a los hombres, y de echarles una mano en los sinsabores que les depara la vida. Solo unas bujías rojas, pendientes del techo, lo acompañan; y el ambiente, que lo envuelve, es de soledad y aroma.

“¡Plácido caldo, temeroso de herir y sanador de tantas heridas y penas! ¡Compañero del alma!”

Macotera fue pueblo de vino desde la época medieval. Macotera fue la despensa vinícola de la tierra de Alba por la calidad de sus caldos, por su mercado y por su influencia a la hora de fijar los precios en todo el territorio ducal. Los jerónimos de Alba tenían, en Macotera, su bodega, (calle Honda), que  abastecía de vino a toda la comunidad religiosa.

La jarra y el barril sobre la mesa, el pellejo, el barreño y la cuba grande en la bodega fueron los recipientes que animaban la tertulia y la fiesta con su contenido. Y, al ser, con el tiempo, más vecindario en el pueblo, hubo que plantar muchas más cepas para calmar tantas ansias.

Si en el siglo XV, Macotera producía vino, hasta vender su remanente; en el siglo XVIII y siguientes, Macotera fue la bodega abastecedora de todos los pueblos del contorno. El 14,63% de su término estaba destinado a viñedo. En 1752, se excavaban setecientas noventa aranzadas de viña, y, a esta superficie, había que sumarle las ciento cuarenta aranzadas que teníamos arrendadas los macoteranos en el despoblado de Fresnillo, la famosa “Marrá”. (Una aranzada era una huebra de viña)

Cada aranzada mantenía cuatrocientas cepas. De cada aranzada, se obtenían seis cargas de uva si era de primera calidad; cinco, si de segunda y tres, si de tercera. De las 790 aranzadas de viñedo del término de Macotera, cien huebras se las incluía en el grupo de primera clase; cuatrocientas, en el de mediana, y 290, en el de categoría inferior. De cada carga, se conseguían tres cántaros de mosto y éste se pagaba a tres reales el cántaro. (6 maravedís la media azumbre o litro).

Según estos datos, que nos proporciona el Catastro de Marqués de la Ensenada, Macotera producía 10.410 cántaros, más los 2.100 procedentes del despoblado de Fresnillo; un total de 12.510 cántaros. Cuarenta cántaros y medio por vecino. Entonces, Macotera tenía 309 vecinos, mil ciento cincuenta y cinco habitantes.

La zona vinícola estaba distribuida en 21 pagos, y disponía, por lo visto, de 21 cabañas y de 21 viñaderos (guardas de viñas). Cuidaban éstas durante el día y, desde el 1 de agosto hasta la finalización de la vendimia, permanecían en su cabaña sin poder acudir a casa, salvo, “el domingo a yantar o el viernes a cenar.

Y, después de este relato, “bien vale, como creo, un vaso de bon vino”.