Fernando Echevarría (en memoria)

Fernando Echevarría (1929-2021) | Foto: J.L. Puerto

Este mismo pasado cinco de octubre, un digital portugués anunciaba: “murió el más filosófico de los poetas portugueses”. Aludía nada menos que a Fernando Echevarría (1929-2021), autor de una obra vastísima y de una coherencia ejemplar.

Noventa y dos años de vida son muchos. La de Fernando Echevarría fue ejemplar, pues, aparte del oficio de existir o, mejor, dentro de él, creó a lo largo de seis décadas una hermosa obra, en la que resuena, con una plena expresión de existencia, un pensamiento occidental, con raíces clásicas y medievales, que él tenía asumido y hecho vida en sí mismo.

Fernando Echevarría nació en Cabezón de la Sal (Cantabria), en 1929. Hijo de padre portugués y de madre española, estudió humanidades en Portugal y filosofía y teología en España, en concreto, en la ciudad leonesa de Astorga. Exiliado en París desde 1961, desde entonces ha residido en la capital parisina, alternando tal residencia con la de Oporto –donde acaba de fallecer–, en concreto con la de Foz, en la hermosa desembocadura del Duero.

Nosotros, además de la fortuna de contar con su amistad, somos traductores de su obra. Publicamos, en edición bilingüe, una ‘Antología poética’, publicada en 2011, en Torrelavega (Cantabria), por Quálea editorial, formando la octava entrega de su colección poética.

Fernando Echevarría inició su obra poética con la publicación, en 1956, del libro titulado ‘Entre dos ángeles’. Y, desde entonces, hasta sus últimos días, ha ido creando, sin prisa pero sin pausa –como diría Juan Ramón Jiménez–, libro tras libro, una deslumbrante obra, que revela al ser humano en el mundo.

Se trata de un canto continuo y sostenido que apunta siempre al centro, a lo esencial, a lo humano universal y a lo cósmico. Es una poesía que apunta siempre al misterio, a esa segunda realidad que se esconde en todo aquello que vivimos, que sentimos, que contemplamos..., en todo aquello cuya superficie se nos manifiesta. Y, a partir de esa física, de esa captación sensorial del mundo, la poesía de Fernando Echevarría apunta a una metafísica, pues es una poesía de clara estirpe metafísica.

Y, para plasmarnos tal metafísica, utiliza un lenguaje denso e intenso, de una gran carga mental y emocional; siempre dentro de una contención, que evita cualquier onda expansiva. Y tal contención lo lleva, en el ámbito métrico, por ejemplo, a su gusto por utilizar el verso regular o el molde estrófico, como una brida que sujetara y domara cualquier desmesura en el decir; de ahí que, en no pocas ocasiones, se sirva, por ejemplo, de la estructura del soneto.

Pero no es el momento de analizar su poesía. Sí lo es el de leerlo. Y, en este momento, en que su vida ya es cumplimiento pleno, de recordarlo, como una de las grandes figuras de la poesía portuguesa contemporánea.

Recurrimos a las palabras de Adília César, para evocar la importancia de la obra poética de Fernando Echevarría: “En este reino de la creación … surgen iluminaciones en los caminos del entendimiento poético, que son imprescindibles para la supervivencia espiritual de la humanidad. Fernando Echevarría es una de esas iluminaciones, un pasaporte hacia el ámbito de una estética del lenguaje que difícilmente encuentra un brillo paralelo.”

En esa supervivencia espiritual de la humanidad, la poesía tiene un importante papel y, dentro de ella, la del poeta portugués Fernando Echevarría, en cuya memoria escribimos estas palabras.