El arte de mirar 

La niña bonita siempre tuvo vocación de hura. Deseo de enroscarse en el espacio cálido de su recreo, resguardada de toda perturbación. A la niña bonita no le hizo falta un confinamiento para su amor por la reclusión gozosa, la cerca protectora de su anhelo. Habitar su estancia ha sido siempre voluntad de su gozo y siempre ha tenido encarnación gatuna, deseo de lamerse la pata bien arropadita alrededor de sí misma sobre la cama... Sin embargo el mundo exterior es cruel e impositivo y hay que salir para ir a clase, hacer recados, visitar a la abuela e incluso, dar gusto a la peripatética de su madre… habitar la clausura es un lujo de ciertos ratos y hay que echarse al hombro la mochila, meterse las llaves en el bolsillo de ese anorak que hace las veces de manta protectora y salir al exterior con deseo de regreso. La niña bonita es una ermitaña que se sumerge en el mundo haciendo un mohín de rechazo.

Sin embargo… qué hermoso es el mundo exterior una vez que llegas al parque de los patos y empiezas a sumar anécdotas que contar luego en casa, cuando la tarde cae, cada vez más temprano, tras los cristales de la terraza. Y recuerda al jubilado que conversa con el cisne del estanque advirtiéndole que ya no hay más pan ante los graznidos desaforados del animal que, fuera del agua, el largo cuello erguido parece responder al caballero con sus airadas protestas. Los aledaños del parque dan para mucho, en el terreno donde juegan los perros, que son más numerosos que los niños, el bebé desde la sillita le tira el chupete al perro que se lo trae en la boca mientras la madre, distraída, sigue hablando por el móvil ajena a los tejemanejes de sus dos criaturas. Los niños, con su mirada profunda, empujados de un lado a otro, cruzan con los viandantes un mensaje secreto como los perros a los que tiran demasiado de la traílla y a los que la niña bonita envía mentalmente todos los ánimos. Niños y canes parecen cruzar el espacio del parque que ella atraviesa antes de internarse en el dédalo del centro de la ciudad para acabar en el aulario donde se amontonan los alumnos de primero, condenados al peor horario y a la desazón de ser novatos al menos hasta el comienzo del segundo cuatrimestre.

-¿Qué has visto hoy?

La calle llena de gente que se aparta al pasar con esa nueva normalidad de burbuja, ha tenido alas de tórtolas americanas sobre la estatua quieta de Agustín Casillas. Y ella, que jamás hace fotos a nada, se detiene a guardar la querencia pajarera por las damas inmóviles, el adorno de plumas de la mujer que guarda la entrada al jardín de la alegría. A mi hija nada le gustaba más, cuando era niña de parques y de columpios de colores, que subirse a la ballena de hormigón que nos legara el artista salmantino para solaz de niños y mayores, ahí donde nuestras infancias tuvieron su patio de recreo en el centro de la ciudad provinciana. De ahí el saludo cotidiano a la dama junto a la que pasa todos los días, a la intemperie de los elementos, de los pájaros y de todas las aguas. Y las aves, quietas y confiadas, se dejan hacer posadas en la rama de la estatua. Y qué bello es salir, le digo yo a mi particular amante de la clausura…

 

 

Fotografía: Fatema E. Alonso.