La capilla del Hospital Clínico Universitario, una obra de arte en peligro

El impresionante mural pintado por el artista salmantino Genaro de No ha de salvarse del muy cercano derribo del hospital Clínico

Murales de Genaro de No en la capilla del Hospital Clínico Universitario. Foto de Ignacio Pérez de la Sota

         El derribo del hospital Clínico nos atenaza un poco el corazón a quienes hemos bajado al abrigo de sus cuidados a lo largo de los años, de las consultas, los ingresos, las muertes y los nacimientos. Historia nuestra, el Hospital Clínico, cuya grandeza nos parecía en los años ochenta impresionante y modernísima, vive sus últimas horas en el trasiego del traslado, en la incredulidad y en el deseo de que el enorme edificio blanco que le hace sombra, sea para bien… y en medio de sentimientos encontrados ante el derribo de esta emblemática parte de nuestra vida nos preguntamos ¿Qué pasará con las paredes, desconocidas, ocultas paredes que albergan una obra pictórica impresionante?

        La capilla del Hospital Clínico, funcional, diminuta, espacio de espera y esperanza, fue para el pintor y reconocido muralista salmantino Genaro de No un empeño especial. Había pintado ya un Vía Crucis en la capilla de Santi Espíritu donde se sujetó a las instrucciones del encargo y a diferencia de este, concebía los muros hospitalarios con toda la fuerza de su espiritualidad y creatividad desbordante. Y consiguió la libertad deseada para llenar las paredes con su relato, fiel a las catorce estaciones, pero no a la sucesión consabida del camino hacia la crucifixión. La suya sería una lectura originalísima, una experiencia desgarradora para envolver al que se refugia en la capilla del hospital de reconocimiento y esperanza. Y no solo se sirvió de su honda espiritualidad, sino que recurrió a un amigo jesuita con el que compartió su visión teológica mientras trazaba sus bocetos inconfundibles, paisajes arquitectónicos –su padre, del mismo nombre, es el arquitecto de muchos de los edificios salmantinos- de pura abstracción donde situar sus grandes manos, sus pies descalzos, su expresionismo feroz que inquieta al espectador por su majestuoso dominio del espacio. Nunca fue más libre De No que haciendo atravesar el muro con el inacabable madero de la cruz que sujeta el Cirineo reducido a manos como puños, paño de la Verónica que parece sangrar, ocultando los rostros, multiplicando las manos, situando a los personajes en un paisaje de desoladas espinas y cortantes barrancos y, sobre todo, acabando el Vía Crucis con la imagen de Cristo resucitado porque para él, no tenía sentido la Pasión sin la Resurrección.

        Aprendió Genaro en el taller de Montagut donde le quedó la impronta escultórica, el volumen que atraviesa el cuadro y atrapa al espectador. Retratista certero, muralista capaz de enfrentarse a cualquier espacio, De No sabía muy bien que la capilla de un hospital alberga el dolor –de ahí la madre dolorosa impresionante, las mujeres que claman, el madero que se alarga y sobre todo, las espinas que coronan de dolor a la figura vencida- y es espacio de consuelo, petición y esperanza confiada. Para la historiadora del arte Montserrat González, que escribió sobre esta obra desde la admiración y el sobrecogimiento: “Ninguna imagen nos parece más oportuna para la capilla de un hospital (…) El lenguaje pictórico y la contemplación de las imágenes de Genaro de No transforman el espacio físico en el campo de encuentro religioso, en ámbito de una realidad natural y sobrenatural. Vigorosa expresividad y magnífica factura, es una resimbolización de los momentos más importantes de la Pasión de Cristo, evocándolos en una serie de secuencias que nos llevan a revivir el camino de la cruz.”


        Cofrade del Nazareno, Genaro hacía el recorrido de la fe a lo largo del lienzo y del muro con la fuerza de su técnica, de su talento, de su originalidad portentosa y de su particular religiosidad. El hombre fuerte que sube a los muros para pintar las nuevas iglesias de los años sesenta y setenta fue, en los últimos años de su vida, un enfermo ejemplar que no cejaba en su empeño de seguir creando, transmitiendo su visión del arte y su forma de estar en el mundo, siempre generosa. Reivindicar su obra es una tarea pendiente de esta ciudad de grandes pintores, de tremendos escultores, de artistas cuya memoria se pierde a lo largo de los años… y preservar su Via Crucis debía ser un empeño de todos y no una cuestión burocrática de confusas competencias ¿A quién pertenece la titularidad de la capilla para pedir, rogar, asegurarnos de su conservación antes de que se proceda al derribo del edificio?

        Aquel que entra y sale de un hospital sabe que entre sus muros el tiempo tiene otra densidad. La vida otro peso, la esperanza se convierte en paloma encerrada mientras el enfermo asiste a la quietud y al ejercicio del dolor y la paciencia. Entramos y salimos rápidamente, alados y liberados de su hálito, y cuando más desesperados estamos… atravesamos esta puerta, una más y nos sentamos y sentimos envueltos por la obra de Genaro, madera que se sostiene con la fuerza de todo un cuerpo vencido por la enfermedad, visitantes que se quejan y acompañan, madre que oculta su dolor inenarrable. Las espinas, símbolo del dolor que se hacen nido sobre la cabeza invisible, hunden el cuerpo del condenado. Es la dolorosa visión, expresionista, de la enfermedad y de la muerte, de la más absoluta desolación al desnudo… y sin embargo, quiso el pintor siempre activo, siempre alegre, siempre animoso, original, generoso, buen conversador, infatigable curioso… entregarnos la esperanza. Una esperanza que se alza renacida, resucitada… y el Cristo deja su rostro en un difuminado que nos hace pensar en su espíritu ya más allá de la materia. La esperanza es una túnica blanca y una imagen que nos consuela, nos hace salir de la capilla con el corazón consolado. Abriga y cuida, conmueve y conmociona, admira y enseña… ¿Cómo pensar que puede ser destruida por la piqueta de un derribo quizás necesario?

        La obra de Genaro de No, obra que merece todo el reconocimiento que ahora es un buen momento para iniciar, tuvo en la realización de este Vía Crucis su particular epifanía. Fue un momento de iluminación convertida en muro que impresiona de nuevo al fotógrafo desde el más amoroso de los conocimientos, porque Nacho Pérez de la Sota es un amigo de la familia De No que conoció muy bien al artista y le supo siempre al quite de su paleta. Sus fotografías transmiten la fuerza de la obra y también, el eco del afecto, del reconocimiento, de la grandeza y de la necesidad de preservar una de las manifestaciones artísticas más originales de nuestra pintura religiosa. Que no haya derribo para el recuerdo de una obra insigne… y sobre todo, de un hombre admirable.

Charo Alonso

Fotografías: Ignacio Pérez de la Sota.