La biblioteca despierta (II)

Muchas personas estarán en desacuerdo conmigo. Mi pensamiento no coincide en un aspecto cotidiano y básico del grueso de mis amistades y conocidos. El orden generalmente no se tiene en cuenta para el día a día. Acaso de un modo lejano se alcanza a vislumbrar como algo deseado a la hora de acometer una empresa profesional u otra cosa de cierta relevancia. Ahí sí se piensa en ese orden y se enumeran algunas de las partes según deben hacerse. Mas cuando llega el momento de ponerse manos a la obra lo habitual consiste en sacar el compromiso como sea.

Hace unos momentos platicaba con una amistad. Ella me escuchaba hablarle sobre el prejuicio en torno a la idea de establecer un orden en nuestro quehacer cotidiano. Le puse ejemplos. Cuántas veces no nos hemos levantado tarde, o hemos andado malhumorados, irritables en el transcurso del día; o cuántas veces no en el momento de ponernos manos a la obra en el trabajo deseamos contar con unas horas de descanso más, tratándose del día lunes tras un fin de semana sin compromisos.

Lo normal hoy por hoy consiste en darle al teléfono móvil a tope, muchas veces viendo solo tonterías, que nos llevan a más tonterías, hasta que esas tonterías se nos imponen como una losa y nos sepultan en su tonteriedad. Y así siempre. A esta amistad le dije que más de uno se reiría de mí, y me clasificaría en el cajón de las cosas viejas y no actuales. Hace no mucho, en otra conversación, otra amistad se rio cuando le hablé de mi gusto por hacer las cosas de ese modo más o menos reglado, incluso en vacaciones.

Antes de seguir adelante en esta columna sabatina, haré una aclaración. El orden señalado no responde a ninguna asesoría espiritual, ninguna persona de ningún orden religioso me asesora sobre cómo expresarme existencialmente y esencialmente en el mundo. Yo solo me apaño, tirando de aquí, allá y acullá lo más preciado en relación con mi inmadura experiencia y mi parca capacidad de discernir qué onda. Soy católico, esa verdad en mi corazón me rige, pero luego yo camino por donde voy cuando acudo a alguna parte. Mi pecho acoge esa confesión así como acoge otras tantas más, en ocasiones contradictorias o irreconciliables fuera del campo semántico del amor.

Los libros de mi casa comienzan a ofrecer una imagen cada vez más clara y diáfana. Cada libro —y cada pasaje de ese libro— se ofrece cual un jugoso fruto al alcance de la mano al recorrer los sucesivos libreros y burós donde descansan en su sueño dormido. Las maderas respiran un perfume invisible y discreto. Las repisas presumen contadas motas de polvo como el cielo de la noche lo hace con las estrellas y los planetas. Cada conjunto organizado por materias y valores sentimentales de uno dejó de ser un compartimento estanco como los de los supermercados y en cambio ahora las secciones se comunican entre sí y se hacen eco mutuamente. Mirando un tomo de poesía peruana, por ejemplo, su disposición en el hogar por los ejes de la altura y la cercanía refleja un recuerdo unido a su forma de haber llegado a mis manos.

Este orden a su vez contagia con su gracia y buen ánimo el desorden. Las cosas que se van dejando por descuido en esta u otra repisa, en la esquina de una estantería porque en ese momento llamaron a la puerta o sonó el timbre de algún aparato electrodoméstico encuentran en el orden de su sustento las tablas de una representación artística hecha para la contemplación. De noche, cuando el sol acuesta su cabellera furiosa en el seno de la luna, el velo de esa luz plateada e intangible descubre una uniformidad constante en los lomos de los libros y los impregna de cierto halo celestial. Los estuches de los volúmenes, los dorados con hierros, los nervios abrazando el lomo de ejemplares honestos y disciplinados, la pobreza rústica de otras encuadernaciones, todas esas voces se conciertan en un coro a la espera de una mano sobre ellos.

La biblioteca despierta y abre sus ojos. Habla. Aconseja. Le confiesa a la claridad de la luz y la intangibilidad del tiempo unos secretos no conocidos todavía, compartidos con el hombre que vela por ella y le presta su voz para escuchar la suya. La biblioteca en otras noches seduce, aterra, enmudece. Hace apenas unos días, moviendo unos tomos enciclopédicos encontré un poema publicado en la revista de un amigo a quien dejé de frecuentar por diferencias en ese entonces irreconciliables, imperdonables, diferencias el día de hoy ridículas y con el respeto de los niños pueriles e insustanciales. El manuscrito de ese poema lo había dejado en la página 1678 del Nuevo Diccionario Enciclopédico, Grijalbo (1986), en la entrada dedicada a un filósofo alemán. Lo reproduciré abajo por su íntima relación con lo escrito renglones arriba. Había olvidado cómo desde hace tiempo ya había comenzado a pensar en estos disparates.


[VII]

   Yo creo en el orden de las partes,
el concierto previsto en su escala
que acerca a nosotros el destino
al tiempo de nombrarlo en el inicio.

   Lo nuevo se descubre en lo antiguo,
el tiempo del pasado apenas viene,
se crea el futuro en el recuerdo
de aquello que esperamos todavía.

   Yo espero la cosecha de mi siembra
paciente sin semillas mas con versos,
que leo en el libro de mi noche.

   Reescribo esos sueños no escritos
en parte conocida de internet,
mi pluma me recrea con su verbo.

 

Xalapa, Veracruz, México
2 de octubre de 2021
Juan Angel Torres Rechy
torres_rechy@hotmail.com