La lana colchonera y su vareo

 

Hoy, sábado, el cura Blas y su gente de Fuenterroble los saca a colación con su recua de burros y carros en la plaza Mayor y calles de Salamanca.

La mayor parte de la lana churra se lavaba en el río Margañán, mientras corría, pues se secaba en el estío; y, entonces, se elegían otros sitios como Alba de Tormes, Ledesma, Encinas y Huerta; hubo macoteranos que lavaron en el Manzanares, en Paredes de Nava, en Cerezo del río Tirón, cerca de Briviesca,  y  en Cívico de la Torre.

El río Margañán estaba muy solicitado; al atisbarse el otoño, cada lanero llevaba una banasta vacía al río y la colocaba en el sitio más propicio para montar el hato. Ese lugar era respetado, “como tierra sagrada”, por los demás. Cuando aumentaba el caudal del río, los laneros cogían sus carros, banastas y lana, bajaban al río y levantaban su tienda en la que guardaban sus enseres.

Se allanaba la arena y se apisonaba bien, pues había que vaciar sobre ella la lana sucia. Anteriormente, se había preparado el lavadero: se abría un pozanclo con una azada, se colocaba un palo de dos metros a lo largo de la orilla, separado unos centímetros, y se cubría el hueco con unas tortas de césped bien prietas, a este espacio se le daba el nombre de patera, sobre la que se apoyaba un pie mientras se lavaba; a medio metro de la orilla, se plantaba un tajo de patas altas, para estribar el otro. Cuando lavaban dos, se colocaba otro tajo a la misma distancia. Se sumergía la banasta cargada con dos vellones de lana y se iba meciendo lentamente durante un tiempo; después se elevaba, para que escurriese bien el agua sucia, se volvía a hundir y se removía bien de nuevo, y se daba por buena la lavadura. Se aplicaban dos aguas a las lanas churras; y tres, si era lana del tipo 5.

Para remover la lana en la banasta, se empleaba un hachuelo pequeño; esta labor había que hacerla con mucho cuidado y destreza para no romper el vellón. La misma operación de lavado se hacía con los acuellos, añinos y las cascarrias. Se llamaban acuellos, a la lana del cuello de la oveja, que se le cortaba en verano, para que se encontrase más fresca. Esta lana daba más rendimiento de limpia que de sucia; añinos, a la lana de los corderos, y cascarrias, a la lana de la parte de atrás de las ovejas, que se manchaba con los orines y excrementos del animal.

Antes de meter los menudos y las cascarrias en el río, se limpiaban de pajas y porquería en el zarzo.

Cuando se lavaban los añinos se esparcían sobre un lugar duro y limpio, se movía un par de veces al día para que secaran bien, se recogía con una rastra con púas y se metía en la saca. Otro tanto se hacía con las cascarrias.

Una vez lavada la lana, se sacaba la banasta fuera por medio de un zacho y se dejaba escurrir a la orilla. Después, se hacían unos surcos con la arena y, sobre ellos, se vaciaban las banastas unas a continuación de las otras. En el invierno, la lana se extendía en los vallados el día siguiente, para que se oreara bien; en el verano, se hacían dos tendidos: en el de la mañana, se esparramaba la lana que se había lavado el día antes por la tarde; y, en el del mediodía, la que se había lavado por la mañana. Se recogía, se envasaba en sacas y se trasladaba a las paneras.

 

El vareo


Preguntamos al vecino de Macotera, Pedro Martín Blázquez, de 72 años de edad, con domicilio

 la calle Cifuentes, 20, sobre el vareo de la lana de colchón.

-  ¡Cómo aprendiste y quién te enseñó el oficio?

Me enseñó mi madre, Felicidad Blázquez Sánchez, a los ocho años. Esto viene de herencia de mi madre y de sus hermanos, José María y Antonio (Los Pilatos). En Macotera, había 24 colchoneros entre padres e hijos. Se les conocía por el apodo: Catalán, Chaparros, los Quintos, los Guindines, los Cusinas, Virgilio Capucho y el hijo de Caridad, Quico. Y, todos ellos, últimamente, quedé yo. Al jubilarme, no ha quedado nadie del oficio.

- ¡Cuándo empezaste a trabajar solo?

A los 16 años, me cogí la manta y las varas y  recorrí los pueblos de la provincia hasta llegar a Tamames, Las Veguillas, etc. Me tiraba, en algunos pueblos, 15 días trabajando. Después, se hacían contratos con los hospitales y hoteles. Hacía seis colchones al día: tres, por la mañana;, y otros tres, por la tarde.

- ¿Cuánto cobrabas por el vareo de cada colchón?

Cuando empecé, recibía cuatro cincuenta pesetas por colchón y cincuenta céntimos, por almohada. Últimamente, llegué a cobrar 800 pesetas por unidad.

- ¿Cómo se ejecuta el vareo del colchón?

Se tiende una manta en el suelo y se vacía la lana en otra; se echa un poco de lana en la primera y se golpea hasta dejarla hueca. Así, sucesivamente, hasta que vareas toda la lana del colchón. Hecha la operación, se deposita, regularmente, la lana sobre la tela del colchón, se cosen las costuras de éste con una aguja gorda y, con otra de gran tamaño, se introducen por unos agujeros, abiertos sobre la superficie de las dos caras de la funda, unas cintas para que la lana quede bien distribuida en tramos uniformes, y así el colchón pueda ofrecer la máxima comodidad.

¿Dónde os hacíais con las varas?

Las varas las comprábamos en las tiendas. Las hay rectas y con vuelta. La madera es de castaño. Se rompen algunas al fallar el golpe, dar en el suelo o al coger alguna china.

- ¿Qué tiempo es el mejor para hacer los colchones?

Desde el mes de marzo hasta junio. El verano lo dedicábamos a segar y, en septiembre, se reanudaba la campaña.

- ¿Por qué ha decaído la profesión?

Al introducirse la fibra, el colchón Flex y el Picolín, han desaparecido casi por completo los colchones de lana. Aún existen algunos pueblos, en que se conserva el colchón de lana, como sucede en Peñaranda, Santiago y Alaraz. Esto lo trae la evolución de la vida.