Arde la tierra

Volcanes y otros desastres de la naturaleza

Ésa es la noticia de estos días: el volcán de Cumbre Vieja, en la isla de La Palma, Canarias. Acontecimiento maravilloso y preocupante a la vez. Se presentía, se esperaba. Pero no se quería ni se esperaba que fuese a terminar el enjambre de terremotos en la explosión de un volcán, con la inseguridad y el miedo que el desconocimiento del proceder de estos fenómenos proporciona.

El domingo, día 19, a las tres y doce minutos de la tarde, hora canaria, con presencia de algunos periodistas y técnicos, llegó la explosión del volcán con fuerte ruido, con manifestación de humo, de gases y de fuego que empezó a arrasar las tierras de alrededor con el progreso imparable de ríos de lava incandescente, que empezaron a llevarse por delante todo lo que encontraban a su paso.

Ya habían dado las autoridades la alerta, y se empezaba a evacuar a los animales y a las personas no válidas, cuando llegó la explosión del volcán y tuvieron los vecinos que salir precipitadamente, sin poder preparar lo mínimo que pudieran pensar en llevarse. El lugar de acogida estaba preparado. Y allí han permanecido los que tuvieron que desalojar, hasta ahora. Ahora parece que empiezan a pensar en alojarlos en hoteles.

No deja de haber curiosos y arriesgados que, a pesar de las advertencias de las autoridades, se aproximan a las bocas del volcán o a los lugares por donde avanzan los ríos de lava. Obstaculizando en muchos casos los estrechos accesos que convendría dejar libres para llevar a cabo las faenas de prevención o de evacuación rápida improvisada.

Las dudas ahora están en cuántos días estará expulsando lava el volcán. Se habla de que puede ser entre veinte días y ochenta días, pero ése es sólo el cálculo estadístico de la duración de otros volcanes de los que se tiene conocimiento.

Ahora hay que pensar en la atención inmediata de los evacuados: alojamiento, alimentación, ropa de vestir, etc. Pero también hay que ir pensando en la reconstrucción de las casas dañadas, por el momento unas doscientas arrasadas pero que pueden aproximarse con el tiempo a las mil. Hoy los edificios dañados son ya más de trescientos.

Y luego hay que pensar en la ruina de los sembrados y las plataneras, así como en las pérdidas de turistas que serán abundantes por el momento y que sólo se podrán recuperar cuando se recobre la seguridad y la improbabilidad de nuevos daños.

El presidente del gobierno se hizo presente inmediatamente y ha ofrecido las ayudas necesarias para la reconstrucción. Y lo mismo ofrecen todas las autoridades insulares. Ojalá que las promesas no se queden solamente en eso, como suele ocurrir tantas veces.

El episodio del volcán nos lleva fácilmente a recordar el terremoto de Haití. También aquí se han reiterado las promesas de apoyo y reconstrucción, pero puede ocurrir como en el anterior terremoto, cuyos destrozos están esperando todavía la llegada de las ayudas prometidas.

Y la sugerente protesta de la tierra en la hermosa isla de La Palma, nos alerta sobre otros acontecimientos de la naturaleza, que nos están sobresaltando por todo el mundo, algunos muy ligados al amenazante cambio climático.

Pensemos en las danas o inundaciones, también en España pero, sobre todo, en las lluvias torrenciales de Alemania y Bélgica. O las extraordinarias olas de calor, en torno a los cincuenta grados, de Estados Unidos y Canadá. O la inmensa nevada que sufrimos en Madrid y que, lógicamente, produjo un buen monto de pérdidas económicas. Se podría hablar también de los gravísimos incendios que hemos padecido.

De la pandemia del covid-19 para qué hablar. Y todos estos fenómenos nos están alertando acerca de las limitaciones de la existencia humana. Y, por otro lado, son una llamada de atención sobre la necesidad de poner en marcha una auténtica solidaridad con todos los humanos, estando de sobre aviso especialmente para con los países pobres, y con los refugiados o los que huyen precisamente de las amenazas de las múltiples inclemencias climáticas.

Arde la tierra, y se rebela en las múltiples manifestaciones de desastres naturales. Hemos de prevenir lo prevenible, que sin duda es mucho, y abrirnos, sobre todo, a la solidaridad mundial.