Identidad y diversidad, tesoro inmarcesible

Las identidades múltiples están ahí. Suponen un fluido imparable en la vida cotidiana que unos contemplan con prevención, otros alaban y la mayoría ignora hasta que le toca alguna fibra sensible. En términos demográficos más gruesos caminan del lado de los movimientos de población, como siempre sucedió, pero también vienen de la mano de profundos y amplios cambios culturales que paulatinamente se han ido asentando. Estos últimos dinamizan patrones de existencia heterodoxos y, por otra parte, amplían la empatía entre las personas, los patrones de reconocimiento y las pautas de la tolerancia. Al final, el galimatías en que vivimos se nutre de una indudable riqueza, aunque no todo el monte sea orégano porque la pulsión de quienes defienden a capa y espada la homogeneidad y, en definitiva, la pureza de sangre permanece vigente. La abuela a quien cuida la emigrante peruana lo sabe bien tras los primeros meses de convivencia y haber tomado conciencia del valor de lo ajeno y, sobre todo, de la diferencia.

Mi amigo es profesor de la Universidad de Salamanca, una institución con un pedigrí muy particular en lo referente a su internacionalización. Durante el habitual paseo que emprendemos cada martes me cuenta que todos los años pregunta a los estudiantes por su procedencia, sus estudios de base, sus intereses. Este año, me dice, “ocurrió algo nada anecdótico. En 33 estudiantes había 21 nacionalidades (de ellos) más de media docena no sabían decir con precisión de dónde eran: Crecí en Bélgica, pero nací en Francia y he estudiado en Estados Unidos. Soy argentino, pero he vivido los últimos diez años en Alemania. Mis padres son de Francia y Alemania, pero yo he estudiado en Inglaterra… Me encantó”, añade con complacencia. La pregunta "de dónde son" se ha transformado con un dónde global, porque su identidad ya no radica en dónde, como no radica en un género y seguramente tampoco en una profesión con la que las generaciones anteriores se habrían autodefinido sin más problema, concluye.

Siempre he mantenido que, además de su historia - ¿o quizá por ella? - el activo más importante de esta universidad, que es también el de otras como la de Granada, es que en algunas clases o en ciertos programas la heterogeneidad de su estudiantado constituye su activo más preciado. No lo somos el profesorado, ni la propia oferta académica, tampoco lo es la tersura de la ciudad, económica y segura, aunque todo ello ayude. Es el colectivo plurinacional que concurre a las aulas, la rica perspectiva vital que proyecta, la permanente posibilidad de confluir lo heterodoxo que desborda estrictamente lo nacional como algo ligado a una mera cuestión administrativa. Todo ello da cabida a las diferencias en órdenes de la vida variopintos que ponen patas arriba visiones canónicas del orden preestablecido que muchos llegan a considerar como inamovible. Ese sutil impulso es el que vivifica la vida universitaria dándole un componente de una riqueza sin par y que a veces se decanta sin darnos cuenta.