Híbrido

Mi amiga es una observadora distraída de lo que sucede en su derrotero y tiene cierta afición a fijarse en las palabras que escucha hasta advertir aquellas que de pronto ocupan un espacio que solo gozaban en ámbitos exclusivos por ser patrimonio, en un extremo, de técnicos, y, en el otro, de sacerdotes. Además, se inquieta cuando se usan con una frecuencia insólita. Ahora esto le ocurre con el término híbrido que escucha por doquier en relación con los coches, la educación, el trabajo, la genética, los regímenes políticos, el precio de la luz, el sexo y la vida en general. Me dice que ya se ha habituado, pero que no sabe hasta qué punto es una forma más o menos sofisticada de ocultar la tendencia natural de las cosas. Pregunta, “¿no es la convergencia hacia la mezcla lo que define la naturaleza final de todo?” y, añade, “¿no es lo prístino un estado inicial demasiado primitivo e incompleto?”.

El asunto nos entretiene durante un buen tramo de la caminata que casi siempre hacemos juntos la tarde de los lunes. Al darle vueltas mi memoria se detiene en el recuerdo de una lectura añeja que revierte sin tener idea de por qué y sin saber a ciencia cierta si tiene que ver con el tema. En Alicia en el país de las maravillas el gato de Cheshire ejemplifica este carácter en un perfil muy sutil ya que al aparecer y desaparecer de forma imprevista la dualidad que representa es el colmo de una manera de vivir híbrida que me fascina. Frente al compromiso permanente de quien siempre está presente, la imagen del felino alude a una existencia dual que enfatiza la posibilidad de estar y de no estar, algo que es la quintaesencia de lo que a veces parecemos anhelar. Una perplejidad hamletiana que obvio abordar para no dar trascendencia a nuestro deambular lúdico.

Por ello guardo silencio. Tengo dudas de que en esa situación pueda encajar la palabra de marras, pero entiendo el afán en justificar nuestro permanente escapismo adaptándolo al término de moda. Llevar una existencia híbrida podría ser muchas otras cosas. No se trata únicamente de quien va de la ceca a la meca, es algo más complejo. Articula una propiedad que incorpora todo el galimatías que traen consigo las identidades múltiples que conviven detrás de nuestra fachada proyectando una realidad que es una mezcolanza análoga a la complejidad de la vida. Un perfil variopinto que a veces da vértigo, pero que en otras ocasiones resulta muy cómodo para sobrevivir como hace el camaleón. Cuando estamos en el tramo final y ya el sol se ha puesto, mi amiga, tras un suave carraspeo que sirve de excusa para reiniciar la conversación, me dice: “¿Sabes?, creo que en definitiva es una estrategia publicitaria. Se introducen palabras frescas para llamar la atención y envolver lo viejo en un aroma de novedad que de valor a lo aparentemente recién descubierto. A fin de cuentas, el vocablo mestizaje no vende”.